Miguel Murillo Peña's Blog
February 15, 2017
Bety II
Es una noche tranquila en Troppo. Los habitantes están contentos con las cosechas: han sido abundantes y no van a tener que racionarla durante la época fría. Por ello están más joviales y generosos que en otras ocasiones, más dispuestos a pasar una noche escuchando la música del violín y de pagarme con ello, en especias o con un puñado de monedas. Con la posadera he llegado al mismo acuerdo que otras primaveras: una cama y alimento a cambio de tocar por las noches; durante el día tengo total libertad para descansar o seguir tocando en la plaza de Troppo.
Mientras toco el violín, un reducto de mi cabeza está centrado en la Noche del arte: el momento en el que un puñado de jóvenes de Troppo y las regiones próximas declarará su amor a quienes quieren que sean sus parejas. La celebración se corresponde con la noche más fría de la temporada, una noche donde los espectáculos son indispensables para conseguir crear el ambiente idóneo entre los jóvenes, una noche en la que, sin embargo, es difícil encontrar artistas dispuestos a soportar las bajas temperaturas, tocar casi a tientas o solo iluminados por la luz de la luna y tratando de domar las notas para que el frío no estropeé sus melodías. Una noche en la que, por suerte, debido a todos los riesgos que corren los artistas, los posaderos les permiten tocar en la plaza y no en sus locales. Es por ello una oportunidad para muchos artistas de mostrar su valor, conseguir algo de renombre y, aunque no sea una jornada en la que se gane apenas monedas, es un momento especial y bonito para toda la población, y a la larga, reporta beneficios por toda la gente que se acerca a la región a compartir unas jornadas en pareja. En esta ocasión, sí estaré durante la celebración.
Tengo aún dos jornadas enteras para observar a los jóvenes, ver cómo se relacionan entre ellos, quiénes titubean a la hora de hablar con sus amados o bailar con ellos. Siempre hay alguien que duda, que tiene miedo a dar ese paso y declarar su amor; nosotros, los artistas, debemos localizarles y ayudarles, tocar la melodía adecuada cuando estén juntos, crear un clima que facilite la situación, que les enamore y les haga recordar ese momento.
Esta noche apenas hay jóvenes en la posada, sí hay adultos y caminantes, pero a su edad, no creo que ninguno vaya a necesitar la música para la celebración. Sin embargo, no dejo de tocar el violín mientras veo cómo observan atentos los movimientos de mi brazo. Las distintas notas de las melodías surgen del roce con el instrumento, mezclándose, en ocasiones con el sonido propio de la posada y los comensales.
Espero a que la noche esté avanzada y comiencen a retirarse o embriagarse mis espectadores antes de aventurarme a practicar para la celebración: distintos sonidos se mezclan entre las melodías, composiciones breves donde el violín imita los sonidos de la naturaleza, transportándonos, durante los pocos segundos que duran, a un recóndito paraje del bosque. Mi cabeza bulle de actividad recordando las notas de las melodías más románticas mientras las toco con un ligerísimo margen de tiempo en el que improvisar si me olvido. Parto con ventaja, ya que al ser, por lo general, melodías de ritmo lento, puedo pensar con mayor rapidez que tocar y evitar errores.
Por suerte, a lo largo de la velada no cometo ningún desliz y veo disfrutar al público con mi música, con lo que consigo irme a dormir con el fardo lleno de monedas.
Despierto bien entrada la mañana. Después de tomar un desayuno frugal recorro los distintos jardines y caminos principales hasta llegar a la plaza. Espero sentada sobre un poyete, observando los distintos grupos de gente que pasan a mi alrededor hasta que saco el violín y dejo que la primera melodía fluya a tocar.
La gente se entretiene sentándose en las zonas donde aún queda césped, hablando entre ellos; entre los jóvenes veo tonteos, cómo se pican unos a otros antes de abrazarse o darse caricias apenas perceptibles, arrancando briznas de hierba o recogiendo los frutos y hojas caídos de los árboles antes de lanzárselos a alguien con disimulo.
Me sorprende la llegada de un grupo bastante numeroso: son más de una docena y, a ojo, hay casi tantos chicos como chicas. Pasan un par de horas en la plaza, hablando entre ellos y buscando calentarse con el frío sol de la época. Antes de marcharse, les veo agruparse y dejar algo en el suelo, uno de los chicos lo recoge y se levanta. Mientras sus compañeros recogen todas sus pertenencias, él se acerca a mí y deja un puñado de monedas a mis pies. No me da tiempo a agradecérselo, vuelve corriendo con el grupo y desaparecen por las callejuelas.
Vuelvo a la posada antes del atardecer, me aseo y descanso un rato antes de acercarme a la cocina y tomar algo de cena. Como esperaba, el espectáculo por la noche es mucho más tranquilo que en otras ocasiones: los pocos huéspedes no tardan en acostarse, aprovechando esta noche para descansar todo lo que mañana no van a dormir.
Por suerte, cuando la posada se queda vacía, puedo dejar el violín e irme a dormir. Me espera una larga jornada y, aunque mañana no vaya a hacer casi nada por el día, más me vale estar despejada y descansada para la celebración.
La mañana es bastante tranquila en la posada; aprovecho para revisar y limpiar los distintos elementos del instrumento. Durante la comida toco el violín a los comensales y consigo que la posadera me prepare algo de cena para antes del espectáculo. Hasta que no estoy en mi habitación buscando qué ropa ponerme, no soy realmente consciente de los nervios que tengo en mi interior. Me acerco a la ventana para practicar todos los ejercicios de relajación que conozco y ver cómo el sol desciende con lentitud por el horizonte. Cuando estoy preparada, guardo el violín en su funda y salgo de la posada.
Antes de que anochezca ya estoy en la plaza, vestida con mis mejores galas y terminando de afinar el violín mientras observo a un grupo de jóvenes iluminar el espacio con una retícula de farolillos dispuestos sobre nuestras cabezas.
Veo a Vivi agachado en el suelo mientras analiza el grosor de la capa de nieve y la dureza de la misma. Hace un surco muy superficial abarcando el espacio de todos los farolillos y una figura muy similar a un corazón en la parte en la que debo tocar yo. Cuando termina de trazar su cardiode particular, vuelve a agacharse y saca un par de saquitos de su capa. Observa los dos con atención antes de abrir el de menor tamaño y rellenar los surcos con unos polvos de color cobrizo. Me guiña un ojo al pasar junto a mí y me anima cuando me ve guardar la funda del instrumento y esperar a que anochezca.
Los jóvenes van llegando y formando pequeños grupos. Reconozco algunas caras con las que me he cruzado durante estas últimas jornadas, aunque la mayoría son desconocidos para mí. Localizo a uno de los grupos que estuvieron escuchándome ayer, están animados y hablando entre ellos, aunque noto la preocupación en uno de sus miembros: el muchacho que se acercó a darme unas cuantas monedas mira en todas direcciones como si estuviese buscando a alguien. Intento quedarme con su cara por si necesita un poco de ayuda durante la noche, aunque me va a ser difícil distinguirlos cuando todos van vestidos con los mejores trajes que tienen.
Cuando veo que el sol se oculta detrás de la torre de la plaza, tomo el violín y me coloco en mi sitio. Levanto la mirada al cielo y observo las distintas tonalidades del atardecer mientras regulo mi respiración para perder los nervios. Paso los últimos minutos repitiendo en mi cabeza los versos de las melodías que voy a tocar y cojo aire antes de que el sol desaparezca por completo.
Coloco el violín bajo mi barbilla y, en cuanto anochece, dejo que los primeros acordes surjan de él. Las primeras notas son algo temblorosas, aunque se disimulan gracias al sonido chisporroteante del fuego extendiéndose por los polvos de Vivi, quemándolos hasta marcar la plaza y mi posición con una tenue y cálida iluminación. Yo continúo tocando el violín, recuperando enseguida la seguridad y dejando que el arco se mueva sobre las cuerdas del instrumento, rozándolas con suavidad como ha hecho siempre.
Me permito observar a mi público mientras toco, tantas primaveras practicando hacen que las melodías salgan sin aparente esfuerzo, sin tener que sufrir por no recordar las notas. Los jóvenes conversan y bailan en pequeños grupos, aunque según avanza la velada la mayor parte de ellos se van desintegrando hasta dejar parejas besándose y bailando al son de mi música. Entre la multitud vuelvo a encontrarme con el muchacho de las monedas, está conversando en un gran grupo, aunque sigue mirando en todas direcciones, expectante y menos animado que sus compañeros.
No sé qué habrá echado Vivi en el suelo para iluminar pero, aunque la gente llega a la plaza y la abandona pasando por encima, la figura no pierde detalle ni intensidad, y no hay nadie que se queme con ella. El muchacho deja de buscar entre la multitud y su ánimo parece cambiar cuando una compañera llega al grupo y comienza a saludarles a todos. «A ver si consigo emparejarlos esta noche», pienso, mientras sonrío y me quedo con el vestido que lleva la chica.
Muchos jóvenes pasan a mi lado o se acercan a donde estoy para declararse. Escucho palabras sueltas de sus conversaciones, aunque las que más se repiten son los «Te quiero» que se dicen; algunos tienen más seguridad que otros al hablar y unos cuantos lo hacen con éxito, iniciando su relación con el romanticismo que proporcionan las melodías del violín. Veo las parejas que se forman, la dicha en sus rostros al poder compartir la velada con sus nuevos compañeros.
A partir de la medianoche ya hay una clara distinción entre el público, siguen quedando grupos, cada vez de menor tamaño, aunque la mayoría son parejas hablando y bailando igual que hacen los nobles en las fiestas de palacio.
Antes de tocar todas las melodías románticas que tenía pensadas busco a mi muchacho entre la multitud; al haber menos gente en la plaza tardo mucho menos en encontrarle que al inicio de la celebración. Le observo desde la distancia, baila y ríe con sus compañeros, pero apenas habla con su amiga. Desde mi posición, ajena a todas las relaciones que se producen frente a mí, podría decir que el muchacho es de los más tímidos del grupo, incluso de la plaza.
Le pillo varias veces mirando con cariño a su compañera y, en una de las ocasiones, él me pilla a mí. Mantenemos el contacto visual durante unos instantes, yo le miro con fijeza mientras toco el violín, intento hacerle algún gesto para que lo intente, aunque aparta la mirada y me deja con la incógnita de si me ha entendido o no. Por si acaso, decido guardarme un par de melodías para él y comienzo a repetir canciones, aunque en distinto orden al que las he tocado al principio.
Las horas pasan con una lentitud excesiva, en más de una ocasión estoy tentada de dejar el violín y descansar durante unos minutos, aunque sé que no sería nada profesional. Hoy es una noche de celebración y de amor para los habitantes, y de sacrificio para los músicos, pero es algo que ya sabía cuando decidí venir a tocar aquí.
La noche es muy larga y cada vez más gente abandona la plaza. Muchas parejas se marchan, cansados por tanto tiempo de fiesta y los grandes grupos del principio quedan reducidos a media docena de personas, aunque el grupo del muchacho, sigue manteniendo a casi todos sus integrantes.
Veo a Vivi acercarse a mí y por unos segundos temo que venga con intención de exponerme sus sentimientos. Por suerte, solo me anima y me indica que queda menos de una hora para el amanecer. Menos de una hora para que termine la Noche del arte y pueda bajar los brazos, para que pueda descansar. «¡Y el chico aún no ha hecho nada!», pienso, algo disgustada por él.
Cuando Vivi se marcha, pienso en mí, en él y en todo el sentido que tiene esta noche. A veces pienso que él sí siente algo por mí y, de verdad, espero que se dé cuenta de que no es así; no quiero que mi comportamiento le confunda y lo pase mal por una tontería. Yo tengo claro que entre él y yo nuestra única relación es el trabajo, y que si le ayudo o le doy cobijo es por las normas que rigen nuestro gremio. Siempre me pregunté por qué se llamaba la Noche del arte y no la Noche del amor, de la amistad o de los amigos cuando es una celebración hecha por y para ellos, pero tras estar casi medio día tocando el violín, entiendo el porqué de su nombre. La celebración de la unión de cara a la época fría, esa persona o personas en las que nos soportamos y con la que buscamos compartir, no solo los buenos tiempos donde todas las cosas salen y se solucionan sin ningún problema, sino también las épocas de escasez y frío, las épocas en las que de verdad sabemos cómo son las personas que nos rodean.
No sé qué me deparará el futuro, si encontraré a alguien que me haga sentir completa y feliz como parecían estarlo las parejas de la plaza, que me ilusione cuando vuelva a asistir a una Noche del arte, pero esta vez desde estando al otro lado. O si, por el contrario, no encontraré a nadie y termine mis días acompañada de la música de mi violín. A día de hoy, no es algo que me preocupe ni me quite el sueño; si llega, bienvenido sea, si no, me sentiré contenta por todas las parejas que se han formado hoy bajo el sonido del violín.
Salgo de mis pensamientos y agradezco todas las horas que le he dedicado al violín que me permiten seguir tocándolo mientras pienso en cualquier otra cosa. Me sorprendo al ver el cielo clareando por el Eurus, ya no queda casi nada para que amanezca y termine la celebración.
En la plaza ya casi nadie baila, la gente que queda está sentada sobre la nieve o en los poyetes, charlando unos con otros y algunos aprovechando para desayunar. Veo al muchacho y a su amiga sentados el uno al lado del otro, escuchando mientras alguien de su grupo cuenta algo.
Antes de terminar la melodía, la chica se levanta y comienza a despedirse de sus compañeros. La veo caminar en mi dirección hasta llegar al centro de la plaza y detenerse para buscar el camino que la lleva a su casa. En el poyete, el muchacho parece dudar, los que le acompañan están todos hablándole a la vez y él no tarda en levantarse y salir corriendo.
«¡Espera!», escucho que grita. Ella se detiene antes de cruzar la marca de Vivi, se da la vuelta al escuchar el grito y ve a su amigo correr hacia ella. «Siempre en el último momento», pienso mientras veo a la chica esperar. Aprovecho que todos los que quedan en la plaza están atentos a ellos para terminar la canción y enlazarla con una de las que tenía reservadas.
El muchacho se detiene a su lado y comienza a hablar, no llego a oír lo que dice, pero sí veo cómo tiembla de los nervios. Ella responde y continúan hablando durante varios minutos que se me hacen eternos. Siento los primeros rayos de sol iluminando la madera del violín y veo al chico tomando de la mano a su compañera.
Se abrazan cuando la melodía llega a sus últimos compases. Sonrío al recordar la cara de ternura con que la ha mirado durante la velada y el esfuerzo titánico para hacer lo que ha hecho si de verdad es tan cortado como me ha hecho creer. «No sé si habrá amistad o también amor entre ellos dos, lo que sí espero es que, sea lo que sea, dure bastante tiempo», pienso, antes de murmurar las últimas notas de la celebración: «Sol, la, fa, sol, mii, sii, miiii…»
«No sé si habrá amistad o también amor entre ellos dos, lo que sí espero es que, sea lo que sea, dure bastante tiempo», pienso, antes de verles darse un beso y murmurar las últimas notas de la celebración: «Sol, la, fa, sol, mii, sii, miiii…»
January 26, 2017
Metis II
Espero frente al trono de Voda mientras este toma una decisión. No entiendo a las oceánides, no entiendo cómo pueden perder el tiempo intentando conquistar a todo ser que se cruce en nuestro camino, encandilándoles antes de atacarles. Cómo pueden estar toda su vida sin hacer nada útil salvo preparase para la guerra, una guerra que igual no llega nunca.
Cuando empiezo a cansarme de estar de pie esperando el veredicto, Voda se levanta y se acerca a la estantería. Coge una piedra de un tono azul muy intenso y murmura: “Pensé que nunca llegaría el momento”. Le veo acercarse a mí con ella entre las manos y, antes de tendérmela, dice:
—Metis, tienes mi permiso para marchar a la Academia. Nútrete con sus enseñanzas y, cuando vuelvas, ponlas en práctica aquí en Plava para mejorar el reino. Toma esta gema, es todo lo que necesitas para que te permitan el ingreso en la Academia. Y ahora, ve, te recogeremos cuando las corrientes nos acerquen a ti.
—Cómo… ¿cómo voy a saber dónde está la Academia? —pregunto desde el umbral de la puerta.
—Tu instinto te guiará hasta allí, por eso no te preocupes.
Tras recoger mis pocas pertenencias, salgo del coral y nado hacia Golybhe. Cuando termina la primera jornada, ya he llegado a la zona continental y localizado una gruta subterránea por la que seguir mi camino.
Recorro durante varios ciclos las aguas subterráneas de Golybhe, prados y esculturas, nadando junto a grandes tesoros, huesos y restos enterrados por la historia. Nado sin ningún tipo de guía entre las rocas, dejándome llevar por mi instinto en las bifurcaciones y cruces de caminos hasta que una noche, antes de detenerme para descansar, llego a una gran cueva con un lago subterráneo. Me sorprende lo luminosa que es la estancia, sobre todo porque desde la superficie no logro ver ningún orificio desde el que pueda filtrarse la luz.
Tras descansar y alimentarme, me quedo observando la cueva sin saber, por primera vez en todo el viaje, qué dirección tomar. Puedo coger uno de los múltiples túneles que desembocan sus aguas en el lago, o el del misterioso foco de luz. O retroceder y buscar otro camino… No tengo ninguna corazonada que me diga qué camino tomar y me da rabia porque tengo la sensación de estar muy próxima a mi destino.
Decido pasar la noche en las profundidades de la cueva y esperar a que amanezca para tomar una decisión. Con el paso de las horas ya he comprobado que el foco de luz, muy posiblemente, provenga de la superficie ya que, ahora que ha anochecido, no es más que un túnel más, sin luz ni nada que lo distinga.
Cuando amanece ya he tomado una decisión, voy hacia la luz. Si estoy en lo cierto y llego a la superficie, en el peor de los casos, solo me habré equivocado de camino. Si, por el contrario, llego a la Academia… sería la criatura más dichosa de todo Golybhe.
Mientras nado, pienso en por qué he llegado hasta aquí: nunca me gustaron mis hermanas, las oceánides siempre estaban presumiendo de su belleza, intentando atraer a cualquier ser hacia ellas para atacarlo, incluso entre ellas. Yo nunca me sentí en la necesidad de comportarme así, no porque no fuese bella como ellas, nos parecemos como se parecen dos gotas de agua, sino porque mi cuerpo estaba inquieto y siempre me preguntaba el porqué de las cosas. ¿Por qué vivíamos en el mar?, ¿por qué nos costaba respirar en la superficie?, ¿por qué no teníamos una posición fija en los mapas sino que recorríamos Golybhe rodeándolo, dejándonos llevar por las corrientes?… Comencé a investigar a mi manera, le preguntaba a Voda todas mis dudas y él me respondía con lo que sabía o me enseñaba antiguos papiros con los conocimientos de nuestros predecesores. Hice pequeños experimentos con piedras y plantas que recogía del lecho marino, pero ninguno llegó a ser gran cosa. Hablé durante muchos ciclos con Voda sobre mis inquietudes hasta que le pregunté si existía algún lugar donde pudiese hallarles respuesta. Al principio pareció sorprendido y temí haber hecho algo mal, pero en seguida me habló de la Academia con el mismo cariño con el que una abuela cuenta historias a sus nietos, con la misma admiración de quién ha visto mucho y sabe mucho. No dudé ni un solo instante en pedirle que me dejase ir a aprender; él no parecía muy convencido, pero la ilusión que irradiaban mis palabras debieron jugar a mi favor.
Y aquí estoy ahora, a punto de llegar al final del túnel. A punto de descubrir si detrás de la luz se encuentran el lugar con el que llevo soñando desde que tengo uso de razón, el lugar donde se dan las respuestas a todas las preguntas de la vida.
Emerjo en un estanque tranquilo y solitario, a mi alrededor veo colinas llenas de vegetación, pero no hay nadie por ningún lugar. Cuando estoy a punto de dar media vuelta y volver al túnel escucho una voz, oculta en algún lugar:
—Llevábamos tiempo esperándote. —Me sumerjo asustada en el agua hasta que solo se ve la parte superior de mi cabeza. La voz continúa hablando sin darse a conocer—. Sé bienvenida a la Academia. Por favor, dirígete al edificio de administración para poder ingresar.
—¿Dónde está?, ¿dónde estás? —pregunto al aire, asustada al no conocer el origen de la voz pero radiante de dicha por haber llegado a mi destino.
Nadie me responde.
Vuelvo a ocultarme en el estanque mientras buscó qué dirección tomar. Cierro los ojos y estudio las aguas que me rodean, encuentro varias conexiones con el estanque, varios hilillos de agua que llegan hasta donde me encuentro. Me desplazo por el primero de ellos hasta llegar a un bebedero en una cocina; el segundo me lleva a una arqueta colocada en una estancia en penumbra, escucho una voz muy similar a la del estanque, pero esta habla de los recuerdos y cómo recordar recuerdos olvidados. El tercer reguero me lleva a unos dormitorios y, con el cuarto, llego a una fuente decorativa.
Frente a mí se encuentra una mujer sentada, perdida entre cientos de papeles. Cuando me ve, pregunta:
—¿Qué quieres? —Me sorprende la sequedad con la que lo dice, volviendo la vista a los papeles inmediatamente después de preguntarme y haciéndome sentir como si la estuviese molestando.
—Vengo a ingresar en la Academia —respondo.
—Enséñame tu carta de recomendación —dice la mujer, sin mirarme y poniéndome nerviosa.
—¿Qué carta? Disculpe, no tengo ninguna carta.
—La carta que te haya dado tu familia, tu líder o quien sea en tu reino para poder ingresar. Sin ella no podemos admitirte.
—No me han dado ninguna carta, ¡no tenemos casi papel en Plava! —respondo, asustada.
Estoy viendo que he hecho todo el trayecto en vano, que me he ilusionado durante todos estos ciclos y al final me voy a quedar a las puertas de mi sueño por un papel mojado. Creo que no me habría dolido tanto si no hubiese llegado hasta el estanque y hubiese visto las instalaciones, preferiría llorar por un sitio que solo conozco por mi imaginación que de un lugar que ya he visto y sé cómo es.
—Entonces, márchate, no puedo perder el tiempo en vano. —Al escuchar sus palabras, comienzo a llorar, todo ha terminado.
Antes de volver por el riachuelo hasta el estanque, siento cómo mi cuerpo es atraído sin motivo hacia las paredes de la fuente. Comienzo a sentirme pesada e incapaz de moverme hasta que me doy cuenta de que es la piedra de Voda la que, en verdad, está siendo atraída. Una pequeña esperanza brota de mi interior, después de quitarme la piedra de encima y separarla de la fuente, se la muestro a la señora y digo:
—Mi líder, Voda, me entregó esto antes de partir… no sé si servirá.
—Trae aquí, niña. Déjame verlo —dice la mujer, haciéndome gestos para que me acerque a ella. Busco alguna forma de llegar en contacto con el agua, pero solo encuentro vapor entre nosotras dos y no me atrevo a verter el agua de la fuente para poder avanzar. Con esfuerzo, salgo del agua y me acerco a ella para entregarle la piedra. La veo observar la superficie en silencio, asintiendo de vez en cuando mientras yo espero a que siga hablando—. De acuerdo, ¿cómo has dicho que te llamabas?
—Metis, señora —respondo, confundida.
—Muy bien, Metis… bienvenida a la Academia, tu carta es correcta y ya has ingresado en la institución. Solo te queda firmar aquí —dice, señalando un pequeño cuadrado en uno de los papeles. Me cuesta reaccionar, no me puedo creer que haya dicho que ya estoy dentro.
—Pero, es una piedra —digo, después de firmar y darme cuenta de que ha dicho que mi carta era correcta.
—Carta, piedra, es lo mismo. Al final es un simple formalismo —responde la mujer con un intento de sonrisa en su rostro—. Y ahora, por favor, márchate, ninguna de las dos tiene tiempo que perder.
De vuelta en el estanque veo a un anciano sentado en la hierba, con los pies a remojo. Vuelvo a esconderme en el agua antes de que se fije en mí.
—Ahora ya sí, bienvenida a la Academia, Metis —dice, con la mirada perdida en el horizonte. Su voz me hace salir a verle; es la persona que hablaba antes sin que la viese—. Aquí recibirás la enseñanza que precises, todo nuestro conocimiento, el de tus compañeros y el tuyo propio están a tu disposición para ayudarte con cualquier duda que tengas. El aprendizaje es libre, pero pautado: sobre tu cama te encontrarás los libros necesarios para aprender lo más básico de nuestra enseñanza. Cuando tú te consideres preparada y lo decidas, se te examinará para ver si puedes pasar al siguiente nivel; si lo superas con éxito recibirás nuevos libros para seguir aprendiendo —«¿Y si no supero las pruebas?», pregunta una voz en mi interior. No me atrevo a preguntárselo, debo dar una imagen buena y segura de mí misma. El anciano saca los pies del agua y se levanta mientras sigue hablando—. Las comidas se sirven al amanecer, a mediodía y al atardecer, sin excepciones. —Antes de marcharse, añade—. Un último consejo: duerme, sobre todo antes de las pruebas. Nunca es agradable ver a alguien dejar la Academia por falta de descanso.
No vuelvo a verle en mucho tiempo. Durante el primer ciclo no veo a nadie más que a las personas que me sirven las comidas. Duermo sola en mi cuarto, pero nunca escucho ningún ruido proveniente de las demás habitaciones, no sé dónde estarán los compañeros que me dijo el anciano que me ayudarían.
La mayor parte del libro son explicaciones de inventos de épocas perdidas en la noche de los tiempos, cómo hacer retículas en el terreno y desbordar canales de agua para conseguir nivelar un suelo y construir encima, cómo guiarse por las estrellas y las constelaciones para disponer grandes piedras, empujándolas con troncos y creando colinas artificiales para después retirar la tierra y dejarlas en su posición definitiva o cómo colocar pequeñas piedras unas sobre otras consiguiendo que se sujeten a sí mismas y no se caigan. Cientos de inventos, ideas y recursos que en algún momento de la historia fueron de gran utilidad.
Me alivia comprobar que el libro está pensado para que guardemos todas esas ideas y las tomemos como apoyo para realizar nuestras pruebas, porque las soluciones de muchos inventos nunca se me habrían ocurrido, ni me habría planteado la duda siquiera, simplemente por vivir en los océanos de Plava.
La vida en la Academia es monótona, estudio y trabajo siempre que hay luz, por las noches solo duermo. A veces, si mi cuerpo está saturado de procesar la misma información durante tanto tiempo seguido, salgo al exterior a buscar despejarme y buscar inspiración en la propia naturaleza. Así, paseando por la Academia siempre en contacto con algo de agua, un día descubro una estancia llena de vida y conocimiento, una estancia con miles y miles de libros, en todas las paredes, rincones, columnas, estanterías… todo repleto de libros.
Una estancia donde, además, están mis compañeros. Un primer impulso me incita a acercarme a ellos y saludarles, saber quiénes son y cómo llevan el aprendizaje, pero les veo a todos concentrados en las mesas, rodeados por varias pilas de libros y consumidos por las ojeras. No les saludo, ni intercambio ninguna palabra con ellos.
A partir de ese día comienzo a visitar la Biblioteca más a menudo; me despejo curioseando libros de todo tipo, buscando y resolviendo mis propias dudas como siempre he soñado. Ahí me enamoro del arte y sus ingeniosos detalles para resolver las imperfecciones y problemas, me zambullo en las ciencias de la naturaleza, las reacciones de los distintos materiales, las formas de comunicación de las distintas especies y su adaptación al entorno y aprendo a realizar los cálculos necesarios para que todo funcione correctamente.
La primera prueba es asequible, nos preguntan por algunos inventos del libro y nos proponen otras formas de solucionarlo en distintos escenarios. Pero ahí termina el sueño bonito en el que vivo: el segundo libro requiere unos conocimientos muy elevados de temas que no he tratado en mi vida. Así comienzan mis largas noches de no dormir, las jornadas en las que me pierdo la cena por estar hasta altas horas de la madrugada en la Biblioteca estudiando libros, donde en la transparencia de mi rostro comienzo a ver ojeras y mi mesa de estudio se parece, cada vez más, a la de mis compañeros.
Dos primaveras después de mi ingreso llego al tercer nivel de la enseñanza, con mucho esfuerzo consigo ir pasando las pruebas, desesperándome en infinidad de ocasiones y sintiéndome una inútil total al ver que necesito ciclos enteros para aprender y asimilar conceptos que mis compañeros aprenden en una jornada. Las pruebas son cada vez más difíciles, pidiéndonos solucionar problemas utópicos en condiciones casi imposibles y con los recursos más básicos de los disponibles. Pruebas donde terminamos recurriendo a la idea feliz o al pequeño reducto que queda en nuestro interior del libro grueso y polvoriento que ojeamos hace cinco ciclos de madrugada.
Una noche, mientras estudiamos en la Biblioteca, veo a una compañera sufrir lo indecible mientras trabaja con agua. Por simple curiosidad, me acerco a ella y veo la portada de su libro, es de un nivel superior al mío, pero siento que habiendo agua por medio, soy capaz de ayudarla. Después de preguntarle y ponerme en situación sobre el problema, me pongo a pensar junto a ella en cómo conseguir moler grandes cantidades de hojas sin apenas esfuerzo y tiempo, empleando agua y ramas de árboles. Me enseña los dibujos que ha hecho, todos los bocetos donde ha ido plasmando cada alternativa, cada detalle necesario para que se lleve a cabo y comienzo a dibujar mis propias ideas.
Estamos varias horas en silencio, pensando cada una en qué se puede hacer, buscando la forma de juntar nuestras incógnitas y llegar a una solución. De vez en cuando descanso, no puedo evitar despejarme para poder seguir pensando con claridad; me recuesto en la silla y miro, de reojo, a mi compañera. No me había fijado en ella en toda la noche, pero debajo de las ojeras, se ve un rostro tan concentrado que parecería que está intentando ver a través de los bocetos, tratando de desentrañar un problema, recurriendo a todos los conocimientos que ha adquirido para tener una idea. Me fijo en las ondulaciones extrañas que le hace el cabello al caer por la cabeza, y no es hasta que se lleva las manos a la cabeza para peinarse un poco, que no me doy cuenta de que tiene la causante de las ondulaciones son las orejas puntiagudas que tiene.
Es algo estúpido, pero me sorprende, la había visto otras veces en la Biblioteca, pero siempre pensé que era una humana y no una elfa. Me mira con un intento de sonrisa para agradecerme el estar ayudándola, pero harta de devanarse en encontrar una solución y es cuando lo veo claro en mi interior. Tomamos varias ramas y las conectamos entre sí, hacemos que el orificio de entrada y de salida tengan tamaños con una diferencia considerable y buscamos una piedra del tamaño de cada orificio. Después de rellenar el tubo con agua y cerrarlo con las piedras, colocamos las hojas en la mesa, el orificio de mayor tamaño sobre ellas, cubriéndolas y apretamos la piedra pequeña como si quisiésemos hundirla en el tubo. El sonido de la piedra golpeando la madera, junto al sonido de las hojas resquebrajándose, nos indica que hemos logrado solucionar la parte más difícil del mecanismo.
A partir de ese día la impresión de mis capacidades mejora, comienzo a hablar con mis compañeros, preguntarles dudas y ofrecerles mi ayuda para las pruebas que requieren de agua, igual que ellos me ayudan en los temas que más controlan.
Sé que no soy la más inteligente que ha pasado por la Academia, ni la que tiene las mejores ideas ni nada que me haga especial respecto a los demás, pero tampoco soy una inútil como llegué a creer. Hay partes del aprendizaje en los que necesito más tiempo que mis compañeros para aprender, pero hay otros en los que destaco sin ninguna duda. Al final la clave está en complementarnos los unos a los otros para facilitarnos las pruebas, aportar cada uno su parte por y para el conocimiento del resto.
October 23, 2016
He visto
Los recuerdos me golpean con la misma fuerza que un mar que se libra de las barreras que lo retenían. Vuelvo a sentir náuseas, trato de sentarme y quedarme quieto, limitándome a asimilar algún recuerdo que me llegue; no pido tanto, me conformo con que sea uno.
He visto imperios crecer durante años, conquistar poco a poco todo el mundo conocido y caer en apenas días, destruirse al no recordar su historia, muriendo deshidratados tras olvidar su pasado. He visto imperios descubrir mundos desconocidos, tomarlos como parte de su territorio y cuidarlos como si de la capital se tratase. Gente que acusaba a sus contrarios de masacres mientras veían cómo llevaban curas al otro lado del mundo y ellos evitaban las guerras llevando enfermedades.
He visto escoria muriendo por hacer el mal, matando gente inocente que solo estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado, mientras muchos otros morían y daban su vida buscando el bien común. Personas con miedo cada vez que ocurría una catástrofe; jóvenes, adultos, ancianos… llorando, sufriendo cada uno a su manera, sin saber si habían perdido a alguien conocido o era solo la impotencia (?) por no poder evitarlo, pero siendo solidarios y trabajando a horas intempestivas para sacar adelante las desgracias.
He visto el fuego causando estragos en todas las familias; llevarse por delante cientos de horas de trabajo bajo el sol o en pequeños estancias oscuras; he visto la tierra morir bajo el mar, montañas caer por su propio peso y gente muriendo de hambre mientras otros tiraban la comida. He visto cómo se cargaban un planeta entero; he visto cómo lo consiguieron.
He visto la muerte en todas sus formas, la he visto llegar de cualquier manera, cada cual más mortal que la anterior. Prácticamente, yo he sido la muerte… Pero también he visto vida, he podido sentir el amor, la felicidad, los sentimientos que llenaban a las personas y las hacían levantarse cada día.
He visto la felicidad de los padres cuando su hijo por fin llega al mundo, la sinceridad al ver marchar a un ser querido o la alegría al conseguir algo que esperabas con ansias. He visto un pueblo unido, separado por la distancia y las diferencias, pero unido por una causa en común; un pueblo capaz de lograr sus propósitos y luchar por su vida.
He visto una ciudad unirse bajo el aliento de un hombre, críos oír su voz por primera vez, depredadores ayudar a sus presas; personas ayudar a animales y animales a personas. He visto a un hombre descubrir en el mar la cura a las enfermedades existentes.
Me he emocionado al ver flores donde solo había acero y encontrar a personas capaces de esperar durante horas para ayudar y donar sangre. Me he emocionado al ver familias unirse tras tiempo sin verse y al encontrar la humanidad en los pequeños actos de cada persona.
He buscado siempre esos detalles, los detalles positivos que me demostraban que merecía la pena vivir una vida eterna, aunque fuese una vida eterna y solitaria, sin nadie capaz de quedarse a tu lado.
He visto cientos de cosas, he visto miles de cosas que desearía no haber visto, pero sin las cuales mi vida no tendría sentido.
Entre todas esas cosas, también te vi a ti; aunque no lo recordara, te vi. Mi historia, mi grande amore.
Te veo, te siento, ¿te quiero? Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos vimos, no creo que se pueda querer a alguien a quien no conoces, alguien que ha cambiado con el paso de los años pero del que tienes una imagen desfasada.
¿Volver a conocerte?, sería una opción; ¿volver a hablarte?, es posible. Solo tendría que recordar cómo era tratar contigo, quitarme la vergüenza y hacerlo… ojalá fuese tan fácil cómo parece, pero ha pasado mucho tiempo desde que Iris llegase a Golybhe y perdiese el vínculo que nos unía hasta olvidarte. Ha pasado tiempo…
Vuelvo a ver a la misma mujer sentada sobre la misma silla del mismo cuarto. Un escalofrío recorre mi espalda al ver el entorno en que te encuentras: una sala en penumbra, una vela titilando que ilumina, a duras penas, la mesa sobre la que se apoya y tu rostro, el rostro de una mujer que, prácticamente, no ha cambiado en todos estos años. Junto a las paredes distingo gran cantidad de frascos apoyados sobre una estantería, rellenos de líquidos de tonos azules, verdes o amarillos muy intensos; supongo que son las bebidas exóticas que tanto te gustaban.
La mesa está hecha un desastre, veo distintos aparejos de dibujo y de medida desperdigados sobre un mapa, compases, reglas, punzones, pigmentos y tintas de todo tipo de colores. El suelo también ha sufrido los efectos del material de la mesa y acumula pequeños montones de polvo de distintos colores y trozos de pergamino de tamaños variados.
Tu rostro parece serio, cualquiera que no te conozca casi pensaría que estás triste, pero más bien pareces concentrada y melancólica. Trazas finas líneas sobre el mapa con una de las barras de color más oscuro y das un sorbo a la copa que tienes a tu lado.
Un embriagador aroma a frutas y madera me golpea con fuerza. Por unos instantes la estancia parece más iluminada; la luz incide sobre tus cabellos dorados y se reflejan al resto de la habitación, permitiéndome apreciarla sin problemas. Tu rostro oculta misterios exóticos provenientes de los rincones más lejanos del mundo, con la sabiduría de quien ha visto y vivido lo suficiente y tu cabello azul verdoso, con las puntas de un tono dorado. Observas con cariño un pequeño cuaderno que sostienes entre las manos antes de volver a dar un trago a la copa.
Entre los frascos de la estantería veo pergaminos enrollados y etiquetas atadas a los cuellos de las botellas que la oscuridad de hace unos segundos me impedía ver. Una de ellas capta mi atención; parece tener un nombre escrito, aunque al principio está borroso y no logro leerlo. El resto del nombre me entra por los ojos, turbándome; coincide con el nombre escrito en el cuaderno, coincide con tu nombre.
Sigo observándote, cada vez con menos miedo a quién puedas ser y con la ternura, cariño y curiosidad de un ser querido que te vuelve a ver tras muchas primaveras. Sonrío estúpidamente cuando te veo arreglarte el pelo con los dedos y sujetarte un mechón detrás de la oreja, el mismo mechón que te entorpecía la vista y nos molestaba al abrazarnos.
Das un nuevo trago a la copa hasta apurar su contenido y recostarte sobre la silla—. He —exhalas al apoyar tu espalda—, pensaba que me habías olvidado.
Me gustaría poder contestarte, poder explicar por qué te dejé sola, pero no puedo. No puedo por no saber con certeza qué ha ocurrido; tu única alternativa es observarme como estoy haciendo yo contigo y esperar a que diga algo. Aunque no lo haré, por miedo a tu rechazo.
Necesitaré tiempo para pensar en lo que ha ocurrido, tiempo hasta que la barrera que nos mantenía incomunicados se debilite por completo y vuelva a ser quien fui una vez.
A lo largo de la tarde voy recordando tu historia, nuestra historia. No me atrevo a levantarme de la silla más que unos instantes para coger una gran jarra de agua que me mantenga hidratado por miedo a volver a sufrir una oleada de recuerdos y perder las fuerzas.
Recuerdo cuando te vi por primera vez, tan pequeña, tan indefensa aparentemente, pero con un gran secreto en tu interior y un poder superior al mío. Esos ojos oscuros, tan perspicaces que no se detenían en ningún momento, captando cada detalle que ocurría a su alrededor; pero incapaces de comprender las cosas que iban más allá de tu inocencia.
Recuerdo esa chica cuya risa era contagiosa y no dejaba de reír, pese a no tener una sonrisa del todo perfecta pero sincera y bonita como la que más. Esa chica que reía cada vez que tenía que colocarse el mechón de pelo detrás de la oreja, la chica que reía y se encogía levemente cuando lo hacía yo. Esa chica feliz y amable, cariñosa y dispuesta a ayudarte en cualquier momento, aunque estuviese durmiendo a medio mundo de ti.
Recuerdo todas esas tardes que pasé paseando a tu lado; recorríamos todos los pueblos, comarcas y reinos existentes mientras hablábamos de cualquier tema imaginable, explicándome las costumbres y la historia de tu tierra, tu huída o debatiendo y defendiendo nuestras posibles posturas. Escuchándote cuando te daba por cantar y bailar o reír juntos cuando llegaban las primaveras, te daban brotes alérgicos y comenzabas a estornudar. También teníamos tiempo para caminar en silencio, pensando cada uno en nuestras cosas y disfrutando del momento juntos. Todo esto, sin tener que tomarnos de la mano porque ya éramos uno solo.
Recuerdo esos paseos, cómo terminaban en un fuerte abrazo en el que uníamos nuestros dos seres en uno; esos abrazos que iban acompañados de un leve zarandeo en el sitio y tímidos besos yo en tu frente y tú en mi mejilla.
Recuerdo mirarte con orgullo cada vez que lograbas algo que te proponías, cada vez que te veía a mi lado. La verdad, no sé cómo te pude olvidar…
Siento cómo una lágrima recorre mi mejilla hasta terminar cayendo sobre mi mano; no tardan mucho tiempo en aparecer más lágrimas y realizar el mismo camino hasta terminar mojándome la mano y la mesa en la que me apoyo. Comienzo a llorar, ¿por rabia?, ¿por impotencia?, no lo sé, pero sé que tiene que ver con todos estos recuerdos que me están asaltando.
Dejo que el torrente de lágrimas fluya, a veces con una pequeña sonrisa en el rostro al pensar en ella, la mayor parte con el semblante serio y abatido. El dolor de cabeza que tengo cada vez que llega una nueva oleada de recuerdos, no me ayuda a tranquilizarme así que, cuando consigo controlar el llanto, bebo un poco de agua; no por recuperar todo el líquido que he perdido llorando sino tratando de hidratar y refrescar mi garganta y el resto de mi cuerpo.
September 14, 2016
La Leyenda de Amanuj
«Es la tercera o cuarta tarde de la Noche de Leneas, todos los adultos están en Bakar lo suficientemente ebrios como para caer al magma y extrañarse por su temperatura. Yo todavía soy un chiquillo, he sido rechazado esta misma semana en el día más importante de mi vida y, enfadado con todos, he recogido mis pertenencias y cruzado la isla hasta llegar al volcán donde nadie me molestará.
Soy el mayor de todos los que quedamos en el volcán; todos los jóvenes están celebrando su Noche de Leneas y los adultos bebiendo junto a ellos, estoy en mi cuarto, acompañado por varios niños pequeños que solo se dedican a molestar y alimentar a los ave fénix.
Me preparo durante toda la tarde, anudando cabos, escondiendo todas las manzanas que puedo en un zurrón, y bañando un montón de ropa en sustancias ignífugas. Al anochecer, cuando los críos duermen y dejan de resultar un incordio, me levanto de la cama, me pongo todas las prendas que he tratado, unas sobre otras hasta parecer una cebolla, y salgo de la habitación. Recojo el zurrón de la despensa y me guardo un puñado más de manzanas en los dobleces de la ropa. Saco una de las sogas y me la anudo al cuerpo, por debajo de varias capas de tela.
Recorro el volcán a oscuras, sin atreverme a encender ninguna antorcha que pueda delatarme, aunque sé que estoy completamente solo, voy a buscar a Skosej, el único ave fénix que consigo que me escuche y obedezca y le enseño una de las manzanas. Está dormido junto a una pequeña fogata, aunque reacciona al instante y estira su cuello hacia la comida, permitiéndome acariciar su plumaje y montarme sobre él; mientras se come la fruta, anudo el otro extremo de la soga a su cuerpo y comenzamos a volar.
Hacia arriba, siempre hacia arriba, recorremos los túneles, llegamos a la Plaza del Volcán y continuamos volando, ascendemos la chimenea del volcán hasta salir a la superficie y continuamos ascendiendo sin detenernos. Siento el viento golpear contra mi rostro y cuerpo, ralentizo un poco a Skosej, así que recuesto mi cuerpo contra el suyo para ayudarle. Siento cómo el aire se hace más pesado según ascendemos; siento las gotas de lluvia cayendo sobre mí, obligándome a entrecerrar los ojos para poder seguir viendo, siento también cómo va bajando la temperatura, aunque las capas de ropa y el calor que emana el fénix me mantengan en calor.
Ascendemos durante varios minutos, Skosej trata varias veces de detenerse y descender, pero le convenzo sacando una nueva manzana y ofreciéndosela. Cuando mi primera capa de ropa está calada y el fuego del fénix comienza a debilitarse, cuando pienso que no voy a encontrar lo que busco, una bola de fuego surge de una nube, cruzando el aire frente a nosotros y emitiendo un graznido antes de volver a desaparecer entre las nubes. Amanuj, el indomable.
Skosej comienza a descender, atemorizado ante la presencia del mayor fénix que se ha conocido jamás. Le pido que retome el vuelo pero me ignora; saco un par de manzanas más del zurrón, le ofrezco la primera para que vuelta a ascender y me guardo la segunda entre nuestros cuerpos. Busco la segunda soga y la anudo alrededor de mi cuerpo, formo un nudo corredizo en el extremo contrario y aguardo, con la soga en una mano y la manzana en la otra a que vuelva a aparecer el fénix.
La noche va pasando y Amanuj sigue sin aparecer; la lluvia continúa calando mis ropas, incrementando nuestro peso y dificultando el vuelo de mi compañero. Cuando veo que el fénix no puede aguantar más peso, me quito las prendas más mojadas y las arrojo al vacío. Al hacerlo, veo cómo las llamas del cuerpo de mi compañero están a punto de extinguirse, a punto de dejarlo inconsciente. «¡¿Cómo he podido ser tan irresponsable y no tener más cuidado con su vida?!», me digo a la vez que me muevo tan rápido como puedo sobre su cuerpo; cuando me inclino para buscar en el zurrón una cuchilla con la que cortar la soga que nos une, la manzana resbala entre nosotros y cae.
No tengo tiempo para verla desaparecer en la oscuridad, una mancha rojiza vuelve a atravesar el cielo, agarrando la manzana con el pico y haciéndola desaparecer en su interior.
—Viuela —grito, terminando de romper la cuerda e impulsándome para separarme de mi compañero. El tiempo se detiene a mi alrededor, veo a Skosej separarse de mí por la inercia del movimiento, convertirse en una bola de fuego y descender en picado hacia el suelo; veo las manzanas que quedaban en el zurrón, salir de él y caer al vacío, lanzo la soga hacia el segundo fénix en un intento desesperado de alcanzarle y siento mi cuerpo caer cada vez más rápido, sin sentir ninguna resistencia en el otro extremo del cabo que me indique que he logrado mi objetivo.
Me siento ligero, me siento pesado, no sé cómo me siento. Cierro los ojos y trato de darme la vuelta para mirar al cielo oscuro, nunca pensé que fuese a morir de esta manera, nunca pensé que algo tan cercano pudiese llegar a darme tanto miedo; sin embargo, no estoy preparado para ver el suelo acercase a mí. Sé cuánto voy a tardar en morir, exactamente nada desde que mi cuerpo golpee contra la tierra y se pulverice por la fuerza de la caída, el dolor no es algo que me pueda preocupar. Aprieto con fuerza los ojos, aguardando al momento en el que escucharé el golpe y todo terminará, por ahora, solo escucho el sonido del aire al pasar junto a mí.
Una leyenda forja su propia historia, Amanuj ha sido siempre uno de los grandes mitos de Bakar; los pocos que le habían visto, habían vuelto con secuelas, mencionando solo a un gran pájaro de fuego. Ninguno de ellos se atrevió jamás a volver a volar, se encerraron en sí mismos y se perdieron en sus pensamientos. Algunos fueron a buscarle, se organizaron partidas de caza para localizarle y saber a ciencia cierta cómo es, pero los baknicios que volvían, no se atrevían a hablar; los demás, morían en misteriosas condiciones.
Las historias surgieron como las esporas, algunas más creíbles que otras, pero todas ellas con una gran bestia de fuego como protagonista. Ninguna leyenda hace justicia al verdadero Amanuj, lo he visto dos veces en una misma noche, encuentros tan breves que no podría responder las infinitas las preguntas que me hiciesen los baknicios. Pero ha sido en vano, no podré volver como hicieron algunos, moriré y, con surte, encontrarán mi cuerpo.
Un chillido irrumpe en mis oídos, seguido de un golpe más suave de lo que esperaba y un aumento de temperatura en mi cuerpo. «Si esto es la muerte, no es tan horrible como dicen», pienso, hasta que me doy cuenta de que la corriente de aire que rodea mi cuerpo llega desde otra dirección.
Intento abrir los ojos pero no lo consigo; intento moverme, pero el cuerpo me pesa demasiado. Al final, pierdo el conocimiento.
Horas más tarde despierto, siento mi cuerpo apoyado sobre algo duro debajo mío, y algo caliente y mullido en un lateral, escucho ruido a mi alrededor pero no logro entender qué lo origina. Abro los ojos y trato de ver dónde estoy. Abro los ojos y trato de ver dónde estoy, solo distingo
Despierto con el cuerpo dolorido, siento algo duro apoyado debajo de mí, y algo caliente y mullido envolviéndome por los laterales; escucho ruido y voces a mi alrededor, pero no logro entender qué lo origina ni qué están diciendo. Abro los ojos y trato de ver dónde estoy, solo distingo el color acre del suelo, con una tonalidad más rojiza de lo normal; trato de moverme pero tengo el cuerpo entumecido. «¿Es esto lo que hay después de la muerte?», me pregunto, «una tierra igual de dura y seca que la de Bakar, donde la única diferencia es que hace aún más calor».
Giro el cuello para dejar de mirar al suelo y averiguar qué me está cubriendo, solo veo plumas rojas y anaranjadas a mi alrededor, como si fuesen las alas de Skosej…, aunque de mayor tamaño. «Definitivamente, estoy muerto, arropado por el padre de todos los ave fénix», pienso antes de cerrar los ojos y tratar de dormir, con una lágrima recorriendo mi rostro hasta caer al suelo.
No sé cuánto tiempo pasa, pero el fénix que me rodea se mueve en el sitio y me deja descubierto. Un grito inconfundible me llama por mi nombre, el verdadero, el que solo conoce mi madre: Uriel. Abro los ojos de nuevo y trato de levantarme cuando siento todo el peso de su cuerpo sobre el mío, abrazándome, zarandeándome para que despierte. Todavía vivo, un muerto no podría sufrir al sentir su magullado cuerpo ser tratado de esa manera. Intento hablar, pedirle que pare, pero solo consigo emitir un gruñido, lo suficiente para que sepa que sigo vivo.
La gente se acerca más a mí, me cargan en brazos y me llevan en volandas a donde el sol no me molesta, antes de caer inconsciente de nuevo por el dolor, veo a Amanuj caminando a mi lado, picoteándome los dedos de la mano.
Despierto en una cueva, las gemas de las paredes, la poca decoración y la luz me indican que estoy en Bakar, en mi cuarto. Hay varias personas murmurando en un extremo de la habitación, alzo la cabeza para saber quiénes son y veo a Trava hablando con un anciano, y a mi madre sentada a mi lado, dormida. De la parte de la estancia que puedo ver desde mi posición, no parece haber cambiado nada desde que me fui; sin embargo, hace más calor de lo normal. Me revuelvo sobre el lecho para quitarme las telas que me cubren, sin éxito, el calor sigue presente; muevo un poco el brazo, sorprendido, sin ningún dolor, mi cuerpo no se resiente de nada.
Me encojo sobresaltado al sentir algo frío apoyarse sobre mi hombro. Me vuelvo y me relajo al ver a mi madre, ha debido de despertarse con mis movimientos. Pregunta por cómo me encuentro, me da la enhorabuena y se marcha de la estancia antes de dejarme tiempo para responder. Veo a Trava y al anciano girarse para verla marchar, mirar en mi dirección y dejar su conversación para acercarse a mí. Intento hacer una reverencia ante mi líder, pero él me detiene con un chistido y se arrodilla frente a mi lecho, felicitándome por mi trabajo.
No sé si me sorprende más que me felicite o que se incline ante mí, sobre todo porque desconozco qué he hecho para merecerlo, más allá de estar a punto de sacrificar a mi compañero y de matarme. Le miro interrogante, pero solo me sonríe antes de volverse al anciano y continuar hablando sobre aves fénix; por suerte, mi madre no tarda en aparecer, con una bandeja llena de comida entre las manos.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunto mientras desayuno como si llevase una primavera sin comer— ¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Casi cuatro días enteros desde que te encontraron —responde el anciano mientras doy un bocado a una de las manzanas—, la Noche de Leneas ya ha acabado… Tu marcha fue un duro palo para tu familia, mucha gente se sorprendió por tu fracaso, aunque es probable que te recuerden por lo que has conseguido.
—¿Qué es? —pregunto, cada vez más alterado e irritado al ver a la gente comportarse de manera extraña conmigo y eludir la respuesta a la pregunta.
—Tú compañero —dice Trava, señalando con la mano a los pies del lecho donde estoy— Felicidades.
Gateo por la cama hasta la parte baja, me asomo y veo a Skosej durmiendo profundamente. No es Skosej, él ocupa la mitad o menos de lo que ocupa este fénix; es él.
—¿A… Amanuj?
—El mismo —responde el líder, acercándose a mi y susurrando en mi oído—, en unos días habrá una celebración en el volcán y te nombrarán Maestro de Bakar; procura no volver a escaparte.
Asiento por inercia, tratando entender cada una de sus palabras, vuelvo a mirar a Amanuj, el indomable, dormido en mi cuarto. «¿Qué pasó aquella noche?», me pregunto, la respuesta llega sola: «Me salvó la vida…». Acerco con cuidado la mano a su lomo para acariciarle, cierro los ojos y siento en mis dedos el calor que emana a través de su plumaje, siento su respiración lenta y uniforme moviendo las distintas partes de su cuerpo, y siento un leve picotazo en una mano. Abro los ojos y le encuentro mirando mis dedos con fijación, acercando su pico a cada uno de ellos como si estuviera buscando algo.
Se me ocurre coger una manzana de la bandeja y mostrársela, al instante, gira la cabeza hacia mí, clavando sus ojos en los míos, se levanta y extiende las alas alrededor de mi cuerpo. Poco a poco acerco la mano a su pico, con un ligero temblor al estar tan cerca de un ser tan grande y majestuoso como es y recordar todas las historias que se dicen de él; sin dejar de mirarme ni un solo segundo, Amanuj acerca su pico a mi mano y comienza a comerse la fruta. Ninguno de los dos aparta la mirada mientras él come, estableciendo un extraño vínculo entre nosotros, un vínculo para el que voy a necesitar muchas manzanas.
La gente se aparta cuando paso a su lado; he decidido bajar por los túneles hasta las aguas termales para darme un baño y todos, sin excepción, me dan la enhorabuena o me felicitan antes de apartarse y dejarme el camino libre. Me gustaría creer que he hecho algo increíble domando a Amanuj, pero en realidad ha sido él quién parece haber decidido mostrarse ante mí y quedarse conmigo, yo solo he tenido la suerte de caer al vacío desde una altura de vértigo y que el me salvase mientras volaba en busca de manzanas.
—Maestro —grita alguien por detrás de mí, me doy la vuelta para ver quién es, pero no hay nadie buscándome. Pienso en lo que me ha dicho Trava, voy a ser uno de los Maestros de Bakar, un honor reservado solo para los baknicios que han hecho grandes proezas; hazañas que han escaseado durante las últimas primaveras, por lo que los Maestros más jóvenes, son ancianos seniles deseosos de transmitir sus conocimientos y descansar. Nunca nadie, en toda la historia del reino, ha llegado a ser Maestro siendo tan joven y sin pasar la Noche de Leneas; todos tenían más de veinte o treinta primaveras cuando les nombraban, yo solo tengo diez y dos primaveras.
Veo a Trava aparecer en las aguas termales, va acompañado por el anciano de mi cuarto y otros dos que no había visto antes. Me hace un gesto para que me acerque a ellos y comienzo a nadar hacia la orilla. Cuando salgo, los dos ancianos me felicitan y comienzan a preguntarme por Amanuj y cómo conseguí domarle. Les cuento la historia sin ocultar ninguna parte, hablo con la voz algo entre cortada, avergonzado por mi ocurrencia y el riesgo que corrí. Hablo durante varios minutos, hasta que no puedo evitar callarme y escuchar al baknicio que está gritando a nuestro lado, contándole a sus compañeros cómo vio caer una bola de fuego del cielo y alejarse hacia el Volcán—. Skosej —murmuro, no puedo evitar alegrarme al saber que mi compañero conservaba las fuerzas para caminar y volver al hogar, aunque me preocupa que no llegue y muera en el camino.
Los ancianos me miran expectantes por mi silencio, termino de contar la historia y me preguntan— ¿Es verdad? —No respondo, no sé a qué, de todo lo que he contado, se refieren— Lo que cuenta el señor — prosiguen. Asiento con lentitud, sabiendo que voy a recibir un castigo por mis actos—. Muy bien, buen trabajo, Uri; a veces, la gloria sabe mejor cuando sacrificamos algo. —Me saludan con solemnidad y se alejan por el túnel.
Me dirijo hacia mi cuarto molesto con los líderes; me gustaría saber por qué no están Trava ni los Maestros de Bakar molestos conmigo: me he escapado de Bakar, me he escapado del Volcán con material y alimentos de la reserva, dejando solo a los pequeños, aunque no hubiese nadie responsable con ellos cuando llegué. ¡Y he estado a punto de matar a Skosej!; la vida de ningún fénix vale más que la de mi compañero, por muy grande que sea o muchas historias hablen de él.
Cuando me acuesto en el lecho y cierro los ojos, pienso en cómo será la celebración en el Volcán».
Fugaz. Ella. Tú
Desconocida, misteriosa, exótica,
pequeña, risueña, cálida,
potente, sabia, bella,
fugaz. Ella, tú.
Dos meses para conocernos
Dos días para pasar el tiempo
Dos segundos para decírtelo
Dos palabras para el recuerdo.
Despierta, la gracia de la naturaleza
Dormida, la escultura perfecta
La mirada de la sabiduria
La voz melodiosa de la alegría.
Sin tiempo, rápido como un sueño
como una llama que rompe la oscuridad
ilumina, calienta y se va,
fugaz. Ella. Tú
Fugace. Lei. Tu.
Sconosciuta, enigmatico, esotica;
piccola, allegra, caldo;
forte, saggia, bella;
Fugace. Lei, tu.
Due mesi per conoscerci;
due giorni per trascorrere del tempo;
due secondi per dirtelo,
due parole per il ricordo.
Sveglia, la grazia della natura;
addormentata, la scultura perfetta.
Lo sguardo della sapienza,
la voce melodiosa di gioia.
Senza tempo; come un sogno, veloce;
como una fiamma che rompe l'oscurità,
illumina, riscalda e va via,
fugace. Lei. Tu.
March 28, 2016
Esporáculos
Una ligera turbulencia me saca de mi ensoñación. No es un temblor de la tierra, ni una corriente de viento más fuerte que las demás; las habría sentido e ignorado, habría continuado durmiendo sin darle importancia a lo que ocurriese en el resto del mundo.
Ha tenido que ser algo más grande y poderoso, más aún que el mar y la propia tierra, algo capaz de despertar a quien llevaba muchas primaveras durmiendo, alejada del mundo pero sobreviviendo gracias a su energía. No ha sido una turbulencia física, tampoco ha sido acústica puesto que nadie la ha oído; sin embargo, todos la han sentido. Se ha producido en otra dimensión, a una escala a la que ningún ser puede analizar, pero que recorre sus cuerpos produciéndoles escalofríos. Algo sutil pero importante, como una brecha en el tiempo, un movimiento del destino o sentir a Dios a tu lado, ayudándote.
Solo la Gema del Tiempo es capaz de provocar eso; la gema y la persona indicada manejándola. Algo importante tiene que estar a punto de ocurrir si he sido despertada de mi eterno letargo.
Espero un rato en la cama donde he estado durmiendo, el tiempo suficiente para que la sangre vuelva a fluir por todo mi cuerpo sin resentirse. Camino por el frío suelo de piedra, sintiendo cómo mi cuerpo se despierta entre temblores, hasta encontrar unas zapatillas de lana que ponerme y salir de mi cuarto.
Recorro los pasillos en silencio, comprobando el estado de mi hogar tras mi ausencia: todas las cosas están donde yo las dejé, alguien se ha encargado de ir limpiando el polvo acumulado cada poco tiempo, pero, ahora mismo, estoy sola.
Escucho el sonido del viento golpeando en las ventanas de madera, busco las escaleras y subo por ellas. Subo cada uno de los escalones, asegurando los marcos de las ventanas que voy pasando, observando brevemente a través de las que están abiertas antes de cerrarlas y continuar mi camino. Subo durante varios minutos por una escalera eterna, torciendo cada pocos metros hasta terminar caminando por encima de mis pasos. Subo hasta llegar al último tramo de escaleras, más estrecho y empinado que los anteriores.
Una vieja puerta de madera encadenada es el último impedimento antes de llegar, me acerco a ella y observo las tablas de madera, envejecidas por el tiempo, podridas por la humedad y desgastadas por los laterales. Solía estar pintada con tonos brillantes y detalles mitológicos, ahora solo quedan restos sucios de lo que una vez fue pintura. Los eslabones de la cadena están oxidados, recorren las tablas y ambas paredes hasta cerrarse en un pequeño candado, también oxidado cuyo único propósito es impedir el paso.
Golpeo uno de los eslabones esperando que se rompa y libere la cadena con facilidad debido a la descomposición del metal, pero las piezas se mantienen en sus sitio, inmutables. Acerco la mano al candado y me concentro en él y su estructura interna, visualizo las piezas que mantienen la puerta cerrada hasta que se abre el candado y la cadena cae con estrépito al suelo. La primera ráfaga de aire que golpea la puerta la hace rotar hasta abrirse por completo, dejando un par de tablas colgando peligrosamente en mitad del pasillo.
Atravieso la puerta y salgo al exterior.
Me espera una noche húmeda, tengo que apoyarme en las piedras que conforman el umbral de la puerta antes de resbalarme por el suelo. Avanzo hasta la barandilla que delimita mi espacio y cierro los ojos:
Frío. Húmedo. Pequeño. Fuerte. Intenso… Siento el frescor de la noche, ese momento antes del amanecer en el que hace más frío que nunca. Siento pequeñas gotas de lluvia chocando contra mi cara y cuerpo, con distintas intensidades según la fuerza del viento. Siento las ráfagas de viento golpeando mi cuerpo de frente, desequilibrándome cuando aumenta de potencia y soltándome el cabello a base de golpes.
Abro los ojos y me quedo quieta en el sitio, con las manos apoyadas en la barandilla y la mirada fija en el horizonte. La lluvia y el viento han cobrado fuerza; mi cuerpo en seguida está calado y estremeciéndose ante cada nuevo golpe de viento. Sin embargo, la ropa, está seca; el tejido hace deslizar las pequeñas gotas de lluvia impidiendo que estas empapen. El viento sí que tiene un efecto en las telas, haciéndolas ondear e hincharse en torno a mi cuerpo, como si fuesen las velas de una embarcación.
Dejo que las ventile sin apenas oponer resistencia, como si no tuviese un cuerpo que soportar. Como si fuese libre. Como si estuviese viva.
La tormenta no tarda en llegar: los relámpagos cruzan el cielo y hacen retumbar el mundo ahogando el repicar del agua contra la piedra, la lluvia cae cada vez con más fuerza y el viento aúlla en cada hueco que encuentra originando un concierto con artistas naturales.
Poco a poco me voy perdiendo en mis sentimientos; soy libre, como la persona que cabalga por el campo y siente el viento golpear su cuerpo, el sol tostando su piel y las ramas de los árboles recordándole por donde pasa; soy libre, como el marinero que navega en la mar, el que se refresca con el agua que le golpea y siente la brisa en su cuerpo, aquel que se mece con el oleaje y se deja llevar como si se deslizase a gran velocidad pero sin perder el control; libre.
Todo se altera cuando el primer rayo golpea el suelo, desaparecen las olas, el sol y el caballo, desaparecen las rocas, la lluvia y el viento. Estoy en una cueva, en penumbra y en silencio.
Solo escucho mi respiración y el sonido de un pequeño riachuelo que discurre por las rocas; la única fuente de iluminación es la luna que se abre paso entre la piedra y se refleja en un lago situado detrás de mí, dejando su marca en forma de ondas en las paredes.
Frente a mí, está mi hija: vestida con telas oscuras y un cabello más oscuro que el carbón y de espaldas a mí, conseguiría que nadie se fijase en ella; sin embargo, el mechón dorado que heredó de mí, la delata.
—No lo hagas —le pido, todavía sin poder creerme lo que ha dicho—; son solo chiquillos…
—Sabes que eso no depende de mí —responde. Sí, lo sé, me ha repetido mil veces que ella no controla el futuro, ella solo se encarga de profetizarlo cuando se le comunica y cuidar con que se cumpla.
—¿No hay otra opción? —pregunto, sé que es algo inevitable, hay determinadas personas que tienen que marchar y dejar su lugar a los que lleguen; aún así, no es algo que me guste, aunque no conozca a los jóvenes, igual que tampoco conozco a los que siguen su mismo destino.
—Si hubiese alternativa alguna, dependería de ellos llegar a ella; no debemos interceder en su lugar.
—Tiene… ¿Tienen que ser los dos?
—Sí, los dos… Eso dicen los oráculos —responde, girándose hasta mirarme. Esboza una sonrisa, pero desaparece en seguida para dar paso a una pequeña y solitaria lágrima; sus pupilas comienzan a dilatarse, el mechón dorado comienza a brillar como si tuviese luz propia y su cuerpo empieza a convulsionarse. Me acerco a ella asustada, la cojo de los brazos y la ayudo a sentarse en el suelo; con los ojos muy abiertos, comienza a hablar:
Al dividir la vida dará comienzo
Ambas partes se irán
Ella tiñendo las aguas de sangre
Él bajo piedra quedará
En recuerdo, una división aguantará.
La profecía ha añadido una nueva frase, quizá algo esperanzadora, pero el fondo sigue siendo el mismo. Espero a que Lu salga de su trance antes de decir:
—Será mejor que no sepan nada, que no tengan más cosas de las que preocuparse. Que puedan vivir con un mínimo de libertad.
—Se harán una leve idea de su futuro, Ella se lo dirá cuando crucen la frontera —murmura ella, todavía agotada.
Asiento, en silencio antes de sentarme junto a mi hija. Me quedo a su lado, rodeando su cuerpo con el brazo y ofreciéndole un apoyo donde recostarse, miro al frente, al lago, hasta que su cabello ha recuperado su tono habitual y no resulta molesto en la oscuridad.
Aprieto levemente su cintura a modo de despedida, me levanto y me acerco al lago, ella alza la cabeza y pregunta— ¿Dónde irás?
—A ningún lado —respondo, antes de atravesar la superficie líquida.
—Ha llegado la hora… —murmuro tras apartarme un mechón de pelo que la lluvia y el viento han pegado a mi rostro. Un segundo rayo golpea el suelo en el mismo punto o muy cerca del primero, una columna de humo comienza a elevarse en el cielo, enfrentándose a las inclemencias del tiempo.
Un breve fogonazo de luz se deja ver rompiendo la oscuridad de la noche, desaparece en seguida tras la humareda producida por el rayo y vuelve a aparecer, más intensa y rojiza en forma de fuego.
Pienso en las palabras de Lu, los versos de la profecía desconocida y cómo poder evitarla mientras contemplo hipnotizada cómo las llamas se abren paso bajo la lluvia para terminar calcinando un árbol, como si hubiese sido el destino del árbol morir de esa manera, quemado y mojado.
“No se puede alterar el destino”, reconoce una parte de mí, como decía Lu, desde que nacemos está indicado nuestro porvenir. Podemos llegar a ser compañeros de determinadas personas a las que nunca imaginásemos conocer, podemos terminar defendiendo temas que nunca pensaríamos defender, podemos llegar a pensar de formas totalmente distintas, aparentar ser quienes no somos o dejarnos guiar por nuestros sentimientos antes de actuar.
Podemos cambiar algunos detalles de nuestras historias, pero el resultado final será siempre el mismo.
January 13, 2016
Sirc, Anit
Nacimos a la vez. El mismo día, a la misma hora y en el mismo momento. La medicina de la época no era capaz de determinar si las madres iban a tener un hijo o varios; las ancianas y los métodos caseros podían deducir si iban a nacer un niño o una niña —dice Sirc con la mirada fija en las tazas que hay sobre la mesa, según Delia contienen nata fría con galletas negras y caramelo líquido. Alza la vista para mirar a la escritora y espera a que termine de apuntar lo que ha escuchado—. Pero nuestro caso fue diferente; la tripa de nuestra madre creció igual que el de otra embarazada más, los doctores estaban satisfechos con los progresos pensando que iba a nacer un solo bebé, pero observar la posición de la tripa o nuestros movimientos no sirvió a las ancianas para determinar nuestro sexo; éramos dos, no una, y los métodos caseros no funcionan en estos casos.
—No entiendo —dice Delia interrumpiendo a mi hermana, esta me mira con un rastro de tristeza en la cara y asiente.
—En las zonas rurales las personas mayores, sobretodo las que han sido madres, suelen predecir si la futura madre tendrá un hijo o una hija. Para ello se fijan en la posición y los movimientos de la barriga, si se mantiene elevada, se cae por su propio peso, está ladeada, la cantidad de golpes que da el bebé desde dentro y demás. Lógicamente, no es un método eficaz, pero suelen acertar casi siempre y a las familias les es muy útil saber si esperan un niño o una niña —digo, acerco la mano al platito colocado entre las tazas y cojo un puñado de las grageas de colores rellenas de cacao; están ricas. Cojo aire con lentitud y espiro aún más despacio, viene lo complicado—. Nuestro nacimiento se complicó demasiado, durante toda la noche el ciego estuvo llorando fuego, el extraño fenómeno sorprendió a todo el pueblo, hubo varios ataques de pánico y el doctor que tenía que atender nuestro nacimiento tuvo que irse al pueblo a ayudar. Nacimos solas, nuestra madre solo pudo tumbarse en el suelo y esperar, con sufrimiento, a que naciese su hija… o hijo. Mientras se esforzaba por traernos al mundo observó las lágrimas del cielo: eran de fuego tal y como había dicho el médico antes de abandonarla, y cruzaban la oscuridad de la noche cada pocos instantes. Su sorpresa llegó tras dieciocho lágrimas de fuego, cuando consiguió que naciese su hija y se encontró con dos y no con una.
Delia termina de escribir y se levanta, desaparece tras la puerta de la cocina y vuelve con una copa con un líquido de color ambarino y un plato con ramas rosadas. Vuelve a sentarse y pregunta:
—¿Cuándo decidisteis ser matronas?
—Años más tarde, cuando el jefe del pueblo nos contó esa historia. Decidimos que no permitiríamos que ninguna mujer volviese a tener un bebé sin ayuda de nadie y que este naciese solo —responde Sirc—. Aprendimos medicina acompañando al médico para ayudarle con cada paciente y los secretos de los embarazos nos los enseñaron las ancianas tras muchas preguntas.
Hemos terminado de contar nuestra historia, Delia nos acompaña a la puerta con el plato en la mano y nos ofrece las ramas para probarlas. Después de coger una cada una dice:
—Es una especie distinta de regaliz, la raíz de la planta no es oscura como sería normal, sino que es rosada y tiene unas vetas blancas en su interior. Está rico.
Tiene razón, está muy rico. Salimos del hogar comiendo el regaliz y nos alejamos mirando al cielo. “Ella… no superó aquella noche”, murmuro. Agarro de la mano a mi hermana para consolarla y veo, junto a ella, cómo una lágrima de fuego interrumpe la oscuridad de la noche. “Como el día que nacimos”, me dice Sirc en voz baja. Asiento y continuamos andando.
Detrás nuestro, Delia dice:
—Feliz cumpleaños, Sirc, Anit.
January 12, 2016
Baños de nuevo año
Me acerco al cuartito de baño, meto la mano en la enorme bañera para comprobar la temperatura del agua y sonrío lentamente al sentirla caliente. Me quito la ropa sucia, introduzco un pie y después el otro, poco a poco voy metiendo mi cuerpo, disfrutando de un baño que llevaba mucho tiempo esperando.
Erik tarda más en reaccionar, escucho sus pisadas acercándose aunque se detiene antes de llegar al cuarto de baño.
—¿Qué está pasando? —me pregunta con un tono de voz que denota preocupación y falta de confianza.
—No lo sé. Es todo demasiado extraño; la cena, los nobles, Xisco…; no termino de fiarme de sus intenciones —respondo. Igual estamos siendo unos desagradecidos y en Traethol nos tratan bien porque quieren no porque busquen algo de nosotros; aunque viendo el comportamiento en el resto de territorios prefiero no fiarme de nadie.
—Yo tampoco me fío de ellos —responde.
—¿Crees que lo saben? —pregunto mientras agito el agua de la bañera para hacer más espuma y ocultar mi cuerpo bajo ella; cuando solo se me ven los hombros por encima de la capa de agua y jabón, me relajo del todo y miro la puerta esperando que entre mi compañero.
—¿El qué? —pregunta, dudando a qué cosa de todas las que nos han pasado me puedo referir—, ¿el comportamiento en otros reinos?
—No me refiero a eso, me refiero a si sabrán que sabemos dónde está la Gema del Tiempo, cómo desapareció y toda la verdad que nos han ocultado ambos imperios… —Echo un vistazo a la ropa que he dejado en el suelo, sucia y embarrada, pero no puedo perderla de vista.
—Espero que no, todo lo relacionado con la gema no trae más que problemas… desde que llegué —responde. Comienzo a recorrer mi cuerpo con las manos, frotando el jabón para quitarme la suciedad mientras espero a Erik. Tiene razón en lo que dice, es triste, pero casi todo lo relacionado con la gema nos ha traído problemas… aunque gracias a ella nos hemos conocido, todo sea dicho.
Veo que no hace ningún amago para entrar en el baño y digo—. ¿No te vienes a bañar?
—Ahora cuando termines, ¡no voy a entrar ahora contigo! —responde, un tanto alarmado ante mi sugerencia.
—¿Por qué no? —Intento poner el tono de voz más convincente posible ya que desde donde está no serviría que le pusiese ojitos para persuadirle.
—No lo sé, no creo que sea el momento. —No esperaba esa negativa, no debería seguir insistiendo, por él, por nosotros. Pero quiero pasar un rato junto a él, en un lugar relativamente seguro y solos, y decido intentarlo una vez más.
—No va a pasar nada malo. Aparte, es uno de los únicos momentos de intimidad que estamos teniendo desde que salimos de Roghän, no sabemos cuándo será el siguiente ni en qué condiciones estaremos. Y así podemos seguir hablando viéndonos el uno al otro…
—Eso es cierto…, pero, no cre… Bueno…, está bien, pero no mires que voy a entrar. —Sonrío y me doy la vuelta en la bañera hasta quedar de espaldas a la entrada; escucho sus pasos acercándose, entrando al cuarto de baño. Se detiene y comienza a desvestirse, deja caer las prendas al suelo igual que he hecho yo un rato antes y sigue acercándose a la bañera. El chapoteo del agua me indica que ya ha entrado, se repite el sonido una segunda y una tercera vez, dejando a Erik en la bañera, supongo que sentado como yo.
Espero en silencio sin saber qué pasa, él ha dejado de moverse en la bañera y, junto a él, toda el agua, impidiéndome intuir lo que pasa. Es la primera vez que estamos en una situación así y, aunque la situación no sea la más normal, aunque estemos los dos desnudos en un sitio desconocido solo cubiertos por la espuma del jabón, me siento bien, muy dichosa; me gusta sentirme así.
—¿Qué tal? —pregunto. Puede sonar estúpido pero, siendo como somos los dos, sabiendo que ninguno ha tenido una relación similar antes, la situación es, por ahora, incómoda. Vale que lo hayamos hablado y no vaya a pasar nada extraño entre nosotros por ahora, pero a la hora de la verdad, lo que uno se imagina no siempre es tan fácil como parece.
—Es extraño —responde con lentitud. Su tono de voz me sorprende, no esperaba que fuese a sentirse tan incómodo como me deja apreciar, parece que lo esté pasando realmente mal. No sé si girarme, estar lo más cerca de él y calmarle o salir de la bañera y dejarle tranquilo; no quiero que se sienta así. Comienzo a moverme, sin saber qué voy a hacer, cuando pone una mano en la parte superior de mi espalda y me pide que no me mueva, con la voz algo más relajada.
Escucho un leve chapoteo y siento el agua moverse a mi alrededor. Me encojo, sorprendida, cuando siento algo rozándome ambos muslos, pero me relajo al comprobar que son las piernas de Erik acercándose a mí, aunque las aparta rápidamente para no molestarme, y me relajo aún más cuando siento sus dedos acariciando mi cabeza con suavidad, enjabonándome y dándome un masaje al mismo tiempo.
—Déjame hacerte lo mismo —le digo mientras sus manos recorren mi espalda limpiándome zonas a las que antes solo llegaban las criadas.
—Un momento —responde, vuelve a pasar sus dedos por mi cabello, desenredándolo y peinándolo con delicadeza. Se acerca más a mí hasta que nuestros cuerpos entran en contacto; siento su pecho apoyado contra mi espalda, subiendo y bajando al ritmo de su respiración, siento algo rozándome a la altura de la cintura y aparto mi cuerpo hacia delante al darme cuenta de lo que es. Noto cómo él se aleja un poco de mí, amedrentado por haber superado los límites, aunque haya sido inevitable.
Tarda un rato en recomponerse, pasa sus brazos por delante de mí y me abraza con fuerza, dejando un pequeño margen al agua y el jabón entre nosotros. Igual estaba equivocada y no estaba tan incómodo, igual solo quiere disfrutar del momento conmigo y no pensar en lo que está haciendo; sea lo que fuere, me gusta verle así… lo que me recuerda que yo aún no he hecho nada, y me gustaría verle a él también.
Espero a que afloje el abrazo para sorprenderle; echo mi cuerpo hacia atrás, obligándole a retroceder hasta el borde de la bañera y me recuesto sobre su pecho. Desde esta posición puedo verle la cara, aunque sea al revés, el resto de su cuerpo queda oculto bajo la espuma; él me ve a mí igual, aunque el jabón solo deja ver mi cabeza.
Vuelvo a sentir el roce en mi pierna, me muevo dentro de la bañera y me acomodo; me tumbo ladeada, apoyada sobre la mitad de su cuerpo con la cabeza apoyada en su pecho, un poco por debajo de los hombros, para podernos mirar sin problemas.
Siento un cosquilleo en mis hombros a medida que la espuma cae de mi cuerpo; siento un frescor en esa misma parte producido por alguna corriente de aire rozando mi piel húmeda. Al cambiarme de posición tengo el cuerpo más elevado y el jabón no llega a cubrir mis pechos completamente. Extiendo el brazo para recoger un poco de espuma y taparme aunque termino rodeando el torso de Erik con el brazo y suspirando mientras escucho su corazón latir bajo su pecho.
—Te quiero —me dice, mueve su mano bajo el agua hasta dar con mi mano y la agarra con cariño. Alzo la mirada para poder verle el rostro y le encuentro mirándome con ternura, con los ojos perdidos en mí. Me río por dentro al ver que me estaba mirando el cabello y ahora el rostro cuando tengo medio pecho al aire.
—Yo también —respondo. Lo veo inclinar la cabeza levemente hasta dejar un beso en mi frente; cuando se separa nos miramos a los ojos, estiro un poco mi cuello y cierro los ojos antes de besarle en los labios. Siento la frescura del agua en sus labios. Mi corazón comienza a latir con más fuerza mientras nos besamos; siento la frescura del agua en sus labios, siento cómo transformamos toda la pasión acumulada en ese beso. Pasa un brazo por detrás de mi cabeza y comienza a acariciarla con delicadeza, hago lo mismo con la mano que tengo libre mientras mantenemos las otras debajo del agua, pegadas a su pecho y continuamos con ese y otros besos.
“Te quiero”, pienso en un momento en el que nuestros labios se separan para volver a juntarse casi al instante. “Te quiero, te quiero, te quiero”, pienso cada vez que abro los ojos y lo veo, frente a mí, real.
En nuestro arrebato de amor comenzamos a movernos y dar vueltas en la bañera; al principio separamos nuestros cuerpos cada vez que siento un roce innecesario, pero dejo de preocuparme casi en seguida, nos conocemos y no va a pasar nada. Cambiamos la posición de las manos hasta quedarse él agarrándome de la cintura y yo abrazada a su cuello.
“Te quiero”, pienso cuando terminamos sentados, él con las piernas cruzadas y yo encima de sus tobillos, también con las piernas cruzadas. Siento la corriente de aire enfriando mi cuerpo, apoyo mi frente contra la de Erik y me doy cuenta de que la espuma apenas cubre nuestros cuerpos y me puede ver el pecho. “No sería la primera vez”, pienso, tratando de quitarle importancia. Acerco mi nariz a la suya hasta que entran en contacto y muevo la mía de un lado a otro, dándole pequeños golpecitos. Veo cómo cierra los ojos y abre un poco la boca con lentitud; “no tenemos prisa”, pienso, mientras le doy un último beso. Él juega con sus dedos en mi espalda y, cuando separamos nuestros labios, volvemos a quedar mirándonos, frente contra frente, nariz contra nariz.
Un par de golpes suaves en la puerta nos hacen olvidar el momento de intimidad; Erik se aparta un poco y grita:
—¡Un momento!
Salimos rápido de la bañera y cubrimos nuestros cuerpos con unas toallas para secarnos. Una de las criadas abre la puerta, asoma la cabeza y, al vernos cubiertos por las telas, entra con un montón de ropa naranja y roja en las manos. Detrás, viene la segunda criada con un montón de ropa blanca entre los brazos. Colocan las prendas sobre la cama y se retiran, dejándonos a solas por segunda vez.
Dejo caer la toalla que me cubre y tomo su mano antes de acercarnos a la cama y ver las ropas que nos han dejado. Unas enaguas y un vestido rojo con bordados dorados para mí; a Erik, unos calzones y un traje de color naranja. También han dejado unos zapatos oscuros para él y unos de color crema, con un poco de alza para mí. «Demasiado lujo para haber llegado como mendigos», pienso mientras me visto.
December 4, 2015
Metis
No entiendo a los líderes, no entiendo qué consiguen cuando se contradicen todo el tiempo, salvo confundirnos al resto. Cojo de nuevo la Carta de Lu y leo las últimas líneas:
“Golybhe necesita tu ayuda. No sé por qué Voda no ha querido que investigaras las Fosas Oscuras, pero necesitamos que te adentres en ellas y nos informes de lo que encuentres.
Si alguien te lo impide, dile que te lo hemos ordenado los líderes; si Voda te lo impide, dile que lo he ordenado yo. Invéntate una excusa para cuando te pregunten: unos días de descanso, un viaje para conseguir hierbas exóticas…, lo que sea. Pero, ante todo, no le digas a nadie a donde vas.
Ten cuidado con la presión y, por favor, vuelve con vida.
Sedmi, líder de Zelenia.”
Por las palabras del elfo parece un asunto importante, algo que debo hacer en secreto en un lugar prohibido. Solo eso serviría para estresarme, tener que mantener en secreto algo que hago yo, que soy tan torpe que necesitaría ayuda solo para llegar. No sé en qué estaría pensando el líder cuando me escribió el mensaje, pero sé que iba dirigido a mí por lo inquietante de la segunda misiva:
“A Metis, inventora de Plava.
Los líderes de Golybhe nos disponemos a realizar una investigación en las Fosas Oscuras. Sabemos que la presión en esa zona es mucho mayor que en el resto del reino y por ello debes desarrollar algún mecanismo que nos permita sobrevivir ahí abajo, tanto a las oceánides como a cualquier otro golybheño.
Por ello te damos permiso para acceder a las proximidades de las fosas, acercándote tanto como te sea posible para realizar tus investigaciones pertinentes para el invento, recordando siempre que no puedes entrar en su interior, bajo ningún concepto.
Esperamos recibir cuanto antes noticias tuyas con tus progresos para con el invento para poder realizar nuestras investigaciones antes de la nueva luna.
Voda, líder del reino de Plava.
P.S. El agua lo conoce todo.”
Este segundo mensaje es más bien una orden, acompañada de una clara amenaza que encima se contradice con el mensaje de Sedmi. Todo es fabuloso, en lo que tarden en decidirse los líderes o me toque tomar una decisión, voy a preparar el invento que necesitan. Aunque podrían morirse, más de uno.
Enrollo ambas cartas y las coloco en uno de los estantes, busco entre los cuadernos de bocetos hasta encontrar uno con varias páginas en blanco y comienzo a pensar en el invento. Necesito algo que proteja el cuerpo de la presión de las profundidades pero que no sea muy engorroso para nadar; tampoco puede ser muy complejo y pesado para poder deshacerse rápido de él en un accidente y evitar terminar hundidos sobre el lecho marino.
—Tiene que recubrir todo el cuerpo, Erik dijo que las alas que diseñé servían para volar y podrían usarse para aprovechar las corrientes, las puedo colocar en la parte trasera del traje o acoplarla en él. —Los bocetos son tan homogéneos como siempre, con una misma idea dando vueltas en mi cabeza y representándose sobre el papel. Una oceánide con una burbuja en torno a ella para protegerla y un triángulo detrás representando las alas—. Tiene que haber otra alternativa —me digo, completamente segura de que estoy pasando por alto una parte importante—, algo que ya haya inventado la naturaleza y pueda copiar. —Trazo una segunda burbuja sobre la primera y una tercera sobre las anteriores. Al dibujar la cuarta me doy cuenta de que los círculos no han salido perfectos unos sobre otros sino que parecen varias capas en torno al cuerpo central y con algunas zonas que se conectan entre sí dando un aspecto membranoso.
Una luz se enciende en mi cabeza al pensar en esa palabra, “membrana”, la clave está en ellas. Me levanto y me acerco a la estantería; busco entre el montón de libros hasta encontrar uno más grueso que el resto y con el lomo protegido. Lo saco con cuidado y soplo para apartar la suciedad que se ha acumulado en la cubierta, paso la mano por encima con delicadeza para apartar los restos que quedan y poder leer el título sin problemas: “Ensayos de los misterios”, la guía que contiene los conocimientos más audaces que tenemos hasta el día de hoy, codificados para mantenerlos en secreto y en el anonimato. Por desgracia no sé descifrarlos y me tengo que limitar a observar las ilustraciones y tratar de entenderlas.
Soy una inventora, todos creen que mi trabajo consiste en inventar y diseñar cosas nuevas, pero la base, mi motor de ideas, está en todo aquello que la naturaleza y otros seres ya han hecho y pueda copiar y mejorar. Los conocimientos secretos son un motor más que eficaz para desarrollar ideas en base a los pensamientos y teorías de otros inventores.
Busco en el índice hasta encontrar la letra ß que representa la sección de animales, paso las páginas hasta dar con ella y observo las ilustraciones mientras decenas de símbolos bailan sobre el papel. Veo peces con múltiples aletas y escamas; seres aún más pequeños con pequeñas antenas o mecanismos para alimentarse, con cuerpos muy finos, sin rigideces para soportar la presión de las profundidades. Estos son los que me interesan, saber cómo son sus cuerpos para copiarlos. Anoto en el cuaderno las características de estos seres y continúo con el libro.
Veo dibujos de minotauros remarcando la forma de sus cuernos, me fijo en los detalles de los pies de los elfos, similares a las garras de las aves para poder moverse sin problemas por los árboles. Un caballo de agua con las pezuñas palmeadas y un pequeño roedor volador con una capa de piel que va desde las extremidades delanteras hasta las traseras. Eso necesito: muchas capas de piel que traten de igualar la presión del interior y el exterior, con la más interna más resistente para proteger a la persona y una fuente de oxígeno para que pueda respirar. Para que se muevan sin problemas colocaré las alas desde las manos a la cintura y así poder aprovechar las corrientes solo al estirar el cuerpo.
Tengo que pensar en el material que vaya a utilizar, los más resistentes están hechos con resinas de árboles derretidas y combinadas con ciertos metales. Creo que si lo combino con oro puro puedo conseguir un material resistente, transparente y capaz de tomar cualquier forma. El único problema es que el oro puro es muy difícil de encontrar en Plava. Posiblemente tenga una alternativa o secreto en el libro, pero no sé leerlo.
Me levanto y comienzo a dar vueltas por el taller, repasando mentalmente todos los materiales que conozco y pueda usar, descartando los más frágiles como las algas o la madera cuando se presiona hacia su interior. Descarto también el oro y los minerales que no puedo encontrar en el mar. Viene a mi cabeza una roca marina con mucha materia metálica en su interior; bauxita. Su metal puede sustituir al oro sin problemas de resistencia, aunque separarlo de la piedra es lo más difícil, necesito que caiga un rayo sobre ella. Y no creo que sea factible.
¿Es demasiado pronto para decir que mi cometido es imposible? Tengo que investigar un lugar prohibido por mi reino y tengo que desarrollar un traje con materiales que solo puedo conseguir si quemo resinas y las combino con el material resultante de una piedra a la que le haya caído un rayo… Todo esto en el mar, o arriesgándome a subir a la superficie.
No sé qué puedo hacer, este trabajo es muy agobiante cuando ocurren cosas así. Decido irme a dormir y tomar una decisión por la mañana, con la mente más despejada.
El día amanece extraño, con una atmósfera muy tensa. No me gustan este tipo de días, dan la sensación de que algo malo va a ocurrir y lo mejor sería no salir de la cama hasta que anochezca. Miro a través de la ventana de mi cuarto, el mar está demasiado quieto, miro hacia arriba, hacia la superficie, mucha distancia por encima de mi cabeza, adivino unos nubarrones ocultando la luz del sol y dando un carácter sombrío al nuevo día.
Salgo de la habitación y nado hacia la salida del coral. Paso de largo las caballerizas y los corales; nado en una dirección fija, hacia el bosque marino que hay cerca de Zelenia. Nado cerca del lecho marino rozando con las yemas de los dedos la tierra en una búsqueda rápida de bauxita; no encuentro ninguna piedra, pero tendré más tiempo para buscar cuando llegue a mi destino. Aún no sé cómo voy a hacer el traje, pero necesitaré primero los materiales para ver cuánto puedo avanzar bajo el mar. Continúo nadando durante media mañana sin descansar, de vez en cuando el sol consigue abrirse paso entre las nubes y atravesar la distancia que nos separa para iluminar mi camino.
Cuando llego al bosque me doy cuenta de algo que he pasado por alto durante todo el trayecto: no me he cruzado con nadie, no he visto peces nadando alrededor de los corales ni tortugas ni caballos de mar comiendo algas.
Hay demasiado silencio. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo con una intensidad inusual. «No es un buen día para salir de la cama», vuelvo a pensar.
Me acerco al árbol más cercano, compruebo que tiene suficiente resina y comienzo a raspar la corteza para guardar pasta en el zurrón. Me interno poco a poco en el bosque, recogiendo los trozos de corteza con resina y tanteando de vez en cuando el lecho en busca de la bauxita. Por suerte la búsqueda está siendo productiva, las rocas las encuentro con facilidad ya que, al golpearlas, dejan escapar pequeñas burbujitas ocluidas en su interior y casi todos los árboles tienen suficiente resina.
Decido no descansar a comer hasta no haber llenado del todo el zurrón, pero mi vista comienza a emborronarse y enrojecerse poco antes de terminar.
Me siento junto a las raíces de un árbol sorprendida por lo que me está pasando y cierro los ojos. Cuando los abro, todo a mi alrededor tiene una tonalidad rojo sangre que impresiona. «No es un buen día para salir de la cama», vuelvo a repetirme. Cierro el zurrón y me levanto apoyándome en el tronco del árbol, la sustancia roja se mueve a mi alrededor, con zonas más o menos transparentes que se desplazan siguiendo mis movimientos.
—Contaminación —murmuro. No es ningún problema de mi vista ni fruto del cansancio, es una sustancia contaminando el agua—. O tal vez… —una idea pasa rápidamente por mi cabeza, pero la desecho rápidamente. Él ha desaparecido, muchos le dan por muerto. En cualquier caso, debería volver lo antes posible al coral, si la guerra ha comenzado, prefiero no estar en mitad de la nada, desprotegida.
Recojo el zurrón y comienzo a nadar aprovechando al máximo las corrientes para llegar cuanto antes a mi cuarto. «No es un buen día para salir de la cama», resuena en mi mente cada vez que el vertido rojo se espesa a mi alrededor. Por si acaso, voy distribuyendo el líquido por el que paso, llevando la sustancia de las zonas más opacas a las más transparentes para que todos se enteren.
Por suerte no tardo mucho en llegar, las corrientes que me dificultaban el avance por la mañana me lo facilitan ahora y consigo llegar en poco tiempo. El coral es una fuente de actividad, veo oceánides entrando y saliendo constantemente de él, ascendiendo cargadas con bultos para llevarlos a la superficie, estelas rojizas marcando cada uno de sus movimientos y un ambiente mucho más agitado que de costumbre.
Según me acerco, la actividad es mayor, en las caballerizas están equipando a los caballos de mar y cogiendo las armas a gran velocidad. Los hipocampos nadan de un lado a otro llevando mercancías y alimentos y de la sala de entrenamiento no dejan de salir animales.
—Esto es un imprevisto, pero así tendrás más tiempo para investigar —grita una voz a mis espaldas. Me doy la vuelta despacio, asustada porque alguien se haya podido enterar de mi misión y me encuentro con Voda junto a la entrada de uno de los corales.
—¿Qué ha pasado? —pregunto— Necesito que alguien lleve esto a la superficie y lo deje en la orilla —le digo, tendiéndole la bolsa y sin darle tiempo a responder. Hay mucho metal ahí dentro, difícil sería que cayese un rayo en las proximidades y no le diese.
—Alguien ha activado la alarma al Eurus. No sabemos qué ha pasado, aunque los ojeadores dicen que ha sido un antiguo —Eso no es una buena noticia, ya tuvimos una guerra, fue breve y salió bien, pero él desapareció. Sé que el ejército de Golybhe se estaba preparando, pero aún necesitan más tiempo y ánimos para combatir; la parte buena es que la alarma que diseñé todavía funciona. El líder mira el zurrón y me pregunta—. ¿Qué llevas?
—Resina y piedras, lo necesario para preparar mi invento —respondo entregándole la bolsa. Asiente con lentitud, se despide de mí y se marcha nadando.
Me quedo en el sitio mientras las oceánides pasan junto a mí, preparadas para marchar a la guerra. Espero mucho tiempo después de que la última oceánide haya salido del coral y, cuando considero que ya se han alejado lo suficiente, me relajo sobremanera.
Al fin sola.
Me dirijo rápidamente al taller, cojo el recipiente con la mecha en su interior y salgo de la habitación, cierro con llave por primera vez en primaveras y me dirijo por los tentáculos hasta mi cuarto. Recojo las dos cartas y las meto en el recipiente antes de salir, cerrar, también con llave, y volver a salir del coral. «No es un buen día para salir de la cama», pienso mientras nado en un mar con un tono sanguinolento hacia las profundidades.
No quiero mirar atrás, no quiero ver los bultos que están transportando mis compañeras ni quiero arrepentirme de lo que voy a hacer. Nado siempre hacia abajo, buscando las zonas más profundas por las que avanzar, con una única idea en la cabeza.
Aminoro la velocidad cuando comienzo a sentir una fuerza apretándome la cabeza. Llego a una pequeña colina submarina y me detengo, miro a mi alrededor y me siento pequeña. Todo es agua, mire a donde mire solo hay agua… y silencio; necesito agudizar la vista para poder ver la superficie y la luz del sol iluminándola. Debajo de mí no hay nada; solo hay oscuridad…
Ha llegado la hora. Ha llegado mi hora. Activo el mecanismo del recipiente y veo cómo el oxígeno enciende la mecha.
Ya puedo iluminar mi camino.
Es arriesgado, lo sé. Puede salir mal y terminar con mi cuerpo dejándose llevar por las corrientes, inerte… Pero mi curiosidad de inventora puede conmigo y estoy dispuesta a investigar sitios que nadie ha visitado jamás. Me acerco al borde del abismo y cierro los ojos, asomo el cuerpo y me dejo caer.
La cabeza cada vez me duele más, comienzo a sentir un pitido en mi mente, cuando abro los ojos para ver dónde estoy la vista se me emborrona, pero consigo distinguir un hueco recorriendo una de las paredes del abismo.
Nado hacia allí con todas las fuerzas y concentración que la presión me permite. Siento cómo mis brazos golpean la pared y poco después es mi cuerpo quien choca contra ella. Siento cómo mi cuerpo comienza a caer, con ligereza, sin tener dominio sobre él, noto cómo se me escapa el recipiente de las manos y pierdo la consciencia poco después. Solo escucho un fuerte pitido y mucha agua en mis oídos.
Lo último que veo es una llama apoyada en el suelo; la entrada a las Fosas Oscuras.


