He visto
Los recuerdos me golpean con la misma fuerza que un mar que se libra de las barreras que lo retenían. Vuelvo a sentir náuseas, trato de sentarme y quedarme quieto, limitándome a asimilar algún recuerdo que me llegue; no pido tanto, me conformo con que sea uno.
He visto imperios crecer durante años, conquistar poco a poco todo el mundo conocido y caer en apenas días, destruirse al no recordar su historia, muriendo deshidratados tras olvidar su pasado. He visto imperios descubrir mundos desconocidos, tomarlos como parte de su territorio y cuidarlos como si de la capital se tratase. Gente que acusaba a sus contrarios de masacres mientras veían cómo llevaban curas al otro lado del mundo y ellos evitaban las guerras llevando enfermedades.
He visto escoria muriendo por hacer el mal, matando gente inocente que solo estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado, mientras muchos otros morían y daban su vida buscando el bien común. Personas con miedo cada vez que ocurría una catástrofe; jóvenes, adultos, ancianos… llorando, sufriendo cada uno a su manera, sin saber si habían perdido a alguien conocido o era solo la impotencia (?) por no poder evitarlo, pero siendo solidarios y trabajando a horas intempestivas para sacar adelante las desgracias.
He visto el fuego causando estragos en todas las familias; llevarse por delante cientos de horas de trabajo bajo el sol o en pequeños estancias oscuras; he visto la tierra morir bajo el mar, montañas caer por su propio peso y gente muriendo de hambre mientras otros tiraban la comida. He visto cómo se cargaban un planeta entero; he visto cómo lo consiguieron.
He visto la muerte en todas sus formas, la he visto llegar de cualquier manera, cada cual más mortal que la anterior. Prácticamente, yo he sido la muerte… Pero también he visto vida, he podido sentir el amor, la felicidad, los sentimientos que llenaban a las personas y las hacían levantarse cada día.
He visto la felicidad de los padres cuando su hijo por fin llega al mundo, la sinceridad al ver marchar a un ser querido o la alegría al conseguir algo que esperabas con ansias. He visto un pueblo unido, separado por la distancia y las diferencias, pero unido por una causa en común; un pueblo capaz de lograr sus propósitos y luchar por su vida.
He visto una ciudad unirse bajo el aliento de un hombre, críos oír su voz por primera vez, depredadores ayudar a sus presas; personas ayudar a animales y animales a personas. He visto a un hombre descubrir en el mar la cura a las enfermedades existentes.
Me he emocionado al ver flores donde solo había acero y encontrar a personas capaces de esperar durante horas para ayudar y donar sangre. Me he emocionado al ver familias unirse tras tiempo sin verse y al encontrar la humanidad en los pequeños actos de cada persona.
He buscado siempre esos detalles, los detalles positivos que me demostraban que merecía la pena vivir una vida eterna, aunque fuese una vida eterna y solitaria, sin nadie capaz de quedarse a tu lado.
He visto cientos de cosas, he visto miles de cosas que desearía no haber visto, pero sin las cuales mi vida no tendría sentido.
Entre todas esas cosas, también te vi a ti; aunque no lo recordara, te vi. Mi historia, mi grande amore.
Te veo, te siento, ¿te quiero? Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que nos vimos, no creo que se pueda querer a alguien a quien no conoces, alguien que ha cambiado con el paso de los años pero del que tienes una imagen desfasada.
¿Volver a conocerte?, sería una opción; ¿volver a hablarte?, es posible. Solo tendría que recordar cómo era tratar contigo, quitarme la vergüenza y hacerlo… ojalá fuese tan fácil cómo parece, pero ha pasado mucho tiempo desde que Iris llegase a Golybhe y perdiese el vínculo que nos unía hasta olvidarte. Ha pasado tiempo…
Vuelvo a ver a la misma mujer sentada sobre la misma silla del mismo cuarto. Un escalofrío recorre mi espalda al ver el entorno en que te encuentras: una sala en penumbra, una vela titilando que ilumina, a duras penas, la mesa sobre la que se apoya y tu rostro, el rostro de una mujer que, prácticamente, no ha cambiado en todos estos años. Junto a las paredes distingo gran cantidad de frascos apoyados sobre una estantería, rellenos de líquidos de tonos azules, verdes o amarillos muy intensos; supongo que son las bebidas exóticas que tanto te gustaban.
La mesa está hecha un desastre, veo distintos aparejos de dibujo y de medida desperdigados sobre un mapa, compases, reglas, punzones, pigmentos y tintas de todo tipo de colores. El suelo también ha sufrido los efectos del material de la mesa y acumula pequeños montones de polvo de distintos colores y trozos de pergamino de tamaños variados.
Tu rostro parece serio, cualquiera que no te conozca casi pensaría que estás triste, pero más bien pareces concentrada y melancólica. Trazas finas líneas sobre el mapa con una de las barras de color más oscuro y das un sorbo a la copa que tienes a tu lado.
Un embriagador aroma a frutas y madera me golpea con fuerza. Por unos instantes la estancia parece más iluminada; la luz incide sobre tus cabellos dorados y se reflejan al resto de la habitación, permitiéndome apreciarla sin problemas. Tu rostro oculta misterios exóticos provenientes de los rincones más lejanos del mundo, con la sabiduría de quien ha visto y vivido lo suficiente y tu cabello azul verdoso, con las puntas de un tono dorado. Observas con cariño un pequeño cuaderno que sostienes entre las manos antes de volver a dar un trago a la copa.
Entre los frascos de la estantería veo pergaminos enrollados y etiquetas atadas a los cuellos de las botellas que la oscuridad de hace unos segundos me impedía ver. Una de ellas capta mi atención; parece tener un nombre escrito, aunque al principio está borroso y no logro leerlo. El resto del nombre me entra por los ojos, turbándome; coincide con el nombre escrito en el cuaderno, coincide con tu nombre.
Sigo observándote, cada vez con menos miedo a quién puedas ser y con la ternura, cariño y curiosidad de un ser querido que te vuelve a ver tras muchas primaveras. Sonrío estúpidamente cuando te veo arreglarte el pelo con los dedos y sujetarte un mechón detrás de la oreja, el mismo mechón que te entorpecía la vista y nos molestaba al abrazarnos.
Das un nuevo trago a la copa hasta apurar su contenido y recostarte sobre la silla—. He —exhalas al apoyar tu espalda—, pensaba que me habías olvidado.
Me gustaría poder contestarte, poder explicar por qué te dejé sola, pero no puedo. No puedo por no saber con certeza qué ha ocurrido; tu única alternativa es observarme como estoy haciendo yo contigo y esperar a que diga algo. Aunque no lo haré, por miedo a tu rechazo.
Necesitaré tiempo para pensar en lo que ha ocurrido, tiempo hasta que la barrera que nos mantenía incomunicados se debilite por completo y vuelva a ser quien fui una vez.
A lo largo de la tarde voy recordando tu historia, nuestra historia. No me atrevo a levantarme de la silla más que unos instantes para coger una gran jarra de agua que me mantenga hidratado por miedo a volver a sufrir una oleada de recuerdos y perder las fuerzas.
Recuerdo cuando te vi por primera vez, tan pequeña, tan indefensa aparentemente, pero con un gran secreto en tu interior y un poder superior al mío. Esos ojos oscuros, tan perspicaces que no se detenían en ningún momento, captando cada detalle que ocurría a su alrededor; pero incapaces de comprender las cosas que iban más allá de tu inocencia.
Recuerdo esa chica cuya risa era contagiosa y no dejaba de reír, pese a no tener una sonrisa del todo perfecta pero sincera y bonita como la que más. Esa chica que reía cada vez que tenía que colocarse el mechón de pelo detrás de la oreja, la chica que reía y se encogía levemente cuando lo hacía yo. Esa chica feliz y amable, cariñosa y dispuesta a ayudarte en cualquier momento, aunque estuviese durmiendo a medio mundo de ti.
Recuerdo todas esas tardes que pasé paseando a tu lado; recorríamos todos los pueblos, comarcas y reinos existentes mientras hablábamos de cualquier tema imaginable, explicándome las costumbres y la historia de tu tierra, tu huída o debatiendo y defendiendo nuestras posibles posturas. Escuchándote cuando te daba por cantar y bailar o reír juntos cuando llegaban las primaveras, te daban brotes alérgicos y comenzabas a estornudar. También teníamos tiempo para caminar en silencio, pensando cada uno en nuestras cosas y disfrutando del momento juntos. Todo esto, sin tener que tomarnos de la mano porque ya éramos uno solo.
Recuerdo esos paseos, cómo terminaban en un fuerte abrazo en el que uníamos nuestros dos seres en uno; esos abrazos que iban acompañados de un leve zarandeo en el sitio y tímidos besos yo en tu frente y tú en mi mejilla.
Recuerdo mirarte con orgullo cada vez que lograbas algo que te proponías, cada vez que te veía a mi lado. La verdad, no sé cómo te pude olvidar…
Siento cómo una lágrima recorre mi mejilla hasta terminar cayendo sobre mi mano; no tardan mucho tiempo en aparecer más lágrimas y realizar el mismo camino hasta terminar mojándome la mano y la mesa en la que me apoyo. Comienzo a llorar, ¿por rabia?, ¿por impotencia?, no lo sé, pero sé que tiene que ver con todos estos recuerdos que me están asaltando.
Dejo que el torrente de lágrimas fluya, a veces con una pequeña sonrisa en el rostro al pensar en ella, la mayor parte con el semblante serio y abatido. El dolor de cabeza que tengo cada vez que llega una nueva oleada de recuerdos, no me ayuda a tranquilizarme así que, cuando consigo controlar el llanto, bebo un poco de agua; no por recuperar todo el líquido que he perdido llorando sino tratando de hidratar y refrescar mi garganta y el resto de mi cuerpo.


