Metis
No entiendo a los líderes, no entiendo qué consiguen cuando se contradicen todo el tiempo, salvo confundirnos al resto. Cojo de nuevo la Carta de Lu y leo las últimas líneas:
“Golybhe necesita tu ayuda. No sé por qué Voda no ha querido que investigaras las Fosas Oscuras, pero necesitamos que te adentres en ellas y nos informes de lo que encuentres.
Si alguien te lo impide, dile que te lo hemos ordenado los líderes; si Voda te lo impide, dile que lo he ordenado yo. Invéntate una excusa para cuando te pregunten: unos días de descanso, un viaje para conseguir hierbas exóticas…, lo que sea. Pero, ante todo, no le digas a nadie a donde vas.
Ten cuidado con la presión y, por favor, vuelve con vida.
Sedmi, líder de Zelenia.”
Por las palabras del elfo parece un asunto importante, algo que debo hacer en secreto en un lugar prohibido. Solo eso serviría para estresarme, tener que mantener en secreto algo que hago yo, que soy tan torpe que necesitaría ayuda solo para llegar. No sé en qué estaría pensando el líder cuando me escribió el mensaje, pero sé que iba dirigido a mí por lo inquietante de la segunda misiva:
“A Metis, inventora de Plava.
Los líderes de Golybhe nos disponemos a realizar una investigación en las Fosas Oscuras. Sabemos que la presión en esa zona es mucho mayor que en el resto del reino y por ello debes desarrollar algún mecanismo que nos permita sobrevivir ahí abajo, tanto a las oceánides como a cualquier otro golybheño.
Por ello te damos permiso para acceder a las proximidades de las fosas, acercándote tanto como te sea posible para realizar tus investigaciones pertinentes para el invento, recordando siempre que no puedes entrar en su interior, bajo ningún concepto.
Esperamos recibir cuanto antes noticias tuyas con tus progresos para con el invento para poder realizar nuestras investigaciones antes de la nueva luna.
Voda, líder del reino de Plava.
P.S. El agua lo conoce todo.”
Este segundo mensaje es más bien una orden, acompañada de una clara amenaza que encima se contradice con el mensaje de Sedmi. Todo es fabuloso, en lo que tarden en decidirse los líderes o me toque tomar una decisión, voy a preparar el invento que necesitan. Aunque podrían morirse, más de uno.
Enrollo ambas cartas y las coloco en uno de los estantes, busco entre los cuadernos de bocetos hasta encontrar uno con varias páginas en blanco y comienzo a pensar en el invento. Necesito algo que proteja el cuerpo de la presión de las profundidades pero que no sea muy engorroso para nadar; tampoco puede ser muy complejo y pesado para poder deshacerse rápido de él en un accidente y evitar terminar hundidos sobre el lecho marino.
—Tiene que recubrir todo el cuerpo, Erik dijo que las alas que diseñé servían para volar y podrían usarse para aprovechar las corrientes, las puedo colocar en la parte trasera del traje o acoplarla en él. —Los bocetos son tan homogéneos como siempre, con una misma idea dando vueltas en mi cabeza y representándose sobre el papel. Una oceánide con una burbuja en torno a ella para protegerla y un triángulo detrás representando las alas—. Tiene que haber otra alternativa —me digo, completamente segura de que estoy pasando por alto una parte importante—, algo que ya haya inventado la naturaleza y pueda copiar. —Trazo una segunda burbuja sobre la primera y una tercera sobre las anteriores. Al dibujar la cuarta me doy cuenta de que los círculos no han salido perfectos unos sobre otros sino que parecen varias capas en torno al cuerpo central y con algunas zonas que se conectan entre sí dando un aspecto membranoso.
Una luz se enciende en mi cabeza al pensar en esa palabra, “membrana”, la clave está en ellas. Me levanto y me acerco a la estantería; busco entre el montón de libros hasta encontrar uno más grueso que el resto y con el lomo protegido. Lo saco con cuidado y soplo para apartar la suciedad que se ha acumulado en la cubierta, paso la mano por encima con delicadeza para apartar los restos que quedan y poder leer el título sin problemas: “Ensayos de los misterios”, la guía que contiene los conocimientos más audaces que tenemos hasta el día de hoy, codificados para mantenerlos en secreto y en el anonimato. Por desgracia no sé descifrarlos y me tengo que limitar a observar las ilustraciones y tratar de entenderlas.
Soy una inventora, todos creen que mi trabajo consiste en inventar y diseñar cosas nuevas, pero la base, mi motor de ideas, está en todo aquello que la naturaleza y otros seres ya han hecho y pueda copiar y mejorar. Los conocimientos secretos son un motor más que eficaz para desarrollar ideas en base a los pensamientos y teorías de otros inventores.
Busco en el índice hasta encontrar la letra ß que representa la sección de animales, paso las páginas hasta dar con ella y observo las ilustraciones mientras decenas de símbolos bailan sobre el papel. Veo peces con múltiples aletas y escamas; seres aún más pequeños con pequeñas antenas o mecanismos para alimentarse, con cuerpos muy finos, sin rigideces para soportar la presión de las profundidades. Estos son los que me interesan, saber cómo son sus cuerpos para copiarlos. Anoto en el cuaderno las características de estos seres y continúo con el libro.
Veo dibujos de minotauros remarcando la forma de sus cuernos, me fijo en los detalles de los pies de los elfos, similares a las garras de las aves para poder moverse sin problemas por los árboles. Un caballo de agua con las pezuñas palmeadas y un pequeño roedor volador con una capa de piel que va desde las extremidades delanteras hasta las traseras. Eso necesito: muchas capas de piel que traten de igualar la presión del interior y el exterior, con la más interna más resistente para proteger a la persona y una fuente de oxígeno para que pueda respirar. Para que se muevan sin problemas colocaré las alas desde las manos a la cintura y así poder aprovechar las corrientes solo al estirar el cuerpo.
Tengo que pensar en el material que vaya a utilizar, los más resistentes están hechos con resinas de árboles derretidas y combinadas con ciertos metales. Creo que si lo combino con oro puro puedo conseguir un material resistente, transparente y capaz de tomar cualquier forma. El único problema es que el oro puro es muy difícil de encontrar en Plava. Posiblemente tenga una alternativa o secreto en el libro, pero no sé leerlo.
Me levanto y comienzo a dar vueltas por el taller, repasando mentalmente todos los materiales que conozco y pueda usar, descartando los más frágiles como las algas o la madera cuando se presiona hacia su interior. Descarto también el oro y los minerales que no puedo encontrar en el mar. Viene a mi cabeza una roca marina con mucha materia metálica en su interior; bauxita. Su metal puede sustituir al oro sin problemas de resistencia, aunque separarlo de la piedra es lo más difícil, necesito que caiga un rayo sobre ella. Y no creo que sea factible.
¿Es demasiado pronto para decir que mi cometido es imposible? Tengo que investigar un lugar prohibido por mi reino y tengo que desarrollar un traje con materiales que solo puedo conseguir si quemo resinas y las combino con el material resultante de una piedra a la que le haya caído un rayo… Todo esto en el mar, o arriesgándome a subir a la superficie.
No sé qué puedo hacer, este trabajo es muy agobiante cuando ocurren cosas así. Decido irme a dormir y tomar una decisión por la mañana, con la mente más despejada.
El día amanece extraño, con una atmósfera muy tensa. No me gustan este tipo de días, dan la sensación de que algo malo va a ocurrir y lo mejor sería no salir de la cama hasta que anochezca. Miro a través de la ventana de mi cuarto, el mar está demasiado quieto, miro hacia arriba, hacia la superficie, mucha distancia por encima de mi cabeza, adivino unos nubarrones ocultando la luz del sol y dando un carácter sombrío al nuevo día.
Salgo de la habitación y nado hacia la salida del coral. Paso de largo las caballerizas y los corales; nado en una dirección fija, hacia el bosque marino que hay cerca de Zelenia. Nado cerca del lecho marino rozando con las yemas de los dedos la tierra en una búsqueda rápida de bauxita; no encuentro ninguna piedra, pero tendré más tiempo para buscar cuando llegue a mi destino. Aún no sé cómo voy a hacer el traje, pero necesitaré primero los materiales para ver cuánto puedo avanzar bajo el mar. Continúo nadando durante media mañana sin descansar, de vez en cuando el sol consigue abrirse paso entre las nubes y atravesar la distancia que nos separa para iluminar mi camino.
Cuando llego al bosque me doy cuenta de algo que he pasado por alto durante todo el trayecto: no me he cruzado con nadie, no he visto peces nadando alrededor de los corales ni tortugas ni caballos de mar comiendo algas.
Hay demasiado silencio. Un escalofrío recorre todo mi cuerpo con una intensidad inusual. «No es un buen día para salir de la cama», vuelvo a pensar.
Me acerco al árbol más cercano, compruebo que tiene suficiente resina y comienzo a raspar la corteza para guardar pasta en el zurrón. Me interno poco a poco en el bosque, recogiendo los trozos de corteza con resina y tanteando de vez en cuando el lecho en busca de la bauxita. Por suerte la búsqueda está siendo productiva, las rocas las encuentro con facilidad ya que, al golpearlas, dejan escapar pequeñas burbujitas ocluidas en su interior y casi todos los árboles tienen suficiente resina.
Decido no descansar a comer hasta no haber llenado del todo el zurrón, pero mi vista comienza a emborronarse y enrojecerse poco antes de terminar.
Me siento junto a las raíces de un árbol sorprendida por lo que me está pasando y cierro los ojos. Cuando los abro, todo a mi alrededor tiene una tonalidad rojo sangre que impresiona. «No es un buen día para salir de la cama», vuelvo a repetirme. Cierro el zurrón y me levanto apoyándome en el tronco del árbol, la sustancia roja se mueve a mi alrededor, con zonas más o menos transparentes que se desplazan siguiendo mis movimientos.
—Contaminación —murmuro. No es ningún problema de mi vista ni fruto del cansancio, es una sustancia contaminando el agua—. O tal vez… —una idea pasa rápidamente por mi cabeza, pero la desecho rápidamente. Él ha desaparecido, muchos le dan por muerto. En cualquier caso, debería volver lo antes posible al coral, si la guerra ha comenzado, prefiero no estar en mitad de la nada, desprotegida.
Recojo el zurrón y comienzo a nadar aprovechando al máximo las corrientes para llegar cuanto antes a mi cuarto. «No es un buen día para salir de la cama», resuena en mi mente cada vez que el vertido rojo se espesa a mi alrededor. Por si acaso, voy distribuyendo el líquido por el que paso, llevando la sustancia de las zonas más opacas a las más transparentes para que todos se enteren.
Por suerte no tardo mucho en llegar, las corrientes que me dificultaban el avance por la mañana me lo facilitan ahora y consigo llegar en poco tiempo. El coral es una fuente de actividad, veo oceánides entrando y saliendo constantemente de él, ascendiendo cargadas con bultos para llevarlos a la superficie, estelas rojizas marcando cada uno de sus movimientos y un ambiente mucho más agitado que de costumbre.
Según me acerco, la actividad es mayor, en las caballerizas están equipando a los caballos de mar y cogiendo las armas a gran velocidad. Los hipocampos nadan de un lado a otro llevando mercancías y alimentos y de la sala de entrenamiento no dejan de salir animales.
—Esto es un imprevisto, pero así tendrás más tiempo para investigar —grita una voz a mis espaldas. Me doy la vuelta despacio, asustada porque alguien se haya podido enterar de mi misión y me encuentro con Voda junto a la entrada de uno de los corales.
—¿Qué ha pasado? —pregunto— Necesito que alguien lleve esto a la superficie y lo deje en la orilla —le digo, tendiéndole la bolsa y sin darle tiempo a responder. Hay mucho metal ahí dentro, difícil sería que cayese un rayo en las proximidades y no le diese.
—Alguien ha activado la alarma al Eurus. No sabemos qué ha pasado, aunque los ojeadores dicen que ha sido un antiguo —Eso no es una buena noticia, ya tuvimos una guerra, fue breve y salió bien, pero él desapareció. Sé que el ejército de Golybhe se estaba preparando, pero aún necesitan más tiempo y ánimos para combatir; la parte buena es que la alarma que diseñé todavía funciona. El líder mira el zurrón y me pregunta—. ¿Qué llevas?
—Resina y piedras, lo necesario para preparar mi invento —respondo entregándole la bolsa. Asiente con lentitud, se despide de mí y se marcha nadando.
Me quedo en el sitio mientras las oceánides pasan junto a mí, preparadas para marchar a la guerra. Espero mucho tiempo después de que la última oceánide haya salido del coral y, cuando considero que ya se han alejado lo suficiente, me relajo sobremanera.
Al fin sola.
Me dirijo rápidamente al taller, cojo el recipiente con la mecha en su interior y salgo de la habitación, cierro con llave por primera vez en primaveras y me dirijo por los tentáculos hasta mi cuarto. Recojo las dos cartas y las meto en el recipiente antes de salir, cerrar, también con llave, y volver a salir del coral. «No es un buen día para salir de la cama», pienso mientras nado en un mar con un tono sanguinolento hacia las profundidades.
No quiero mirar atrás, no quiero ver los bultos que están transportando mis compañeras ni quiero arrepentirme de lo que voy a hacer. Nado siempre hacia abajo, buscando las zonas más profundas por las que avanzar, con una única idea en la cabeza.
Aminoro la velocidad cuando comienzo a sentir una fuerza apretándome la cabeza. Llego a una pequeña colina submarina y me detengo, miro a mi alrededor y me siento pequeña. Todo es agua, mire a donde mire solo hay agua… y silencio; necesito agudizar la vista para poder ver la superficie y la luz del sol iluminándola. Debajo de mí no hay nada; solo hay oscuridad…
Ha llegado la hora. Ha llegado mi hora. Activo el mecanismo del recipiente y veo cómo el oxígeno enciende la mecha.
Ya puedo iluminar mi camino.
Es arriesgado, lo sé. Puede salir mal y terminar con mi cuerpo dejándose llevar por las corrientes, inerte… Pero mi curiosidad de inventora puede conmigo y estoy dispuesta a investigar sitios que nadie ha visitado jamás. Me acerco al borde del abismo y cierro los ojos, asomo el cuerpo y me dejo caer.
La cabeza cada vez me duele más, comienzo a sentir un pitido en mi mente, cuando abro los ojos para ver dónde estoy la vista se me emborrona, pero consigo distinguir un hueco recorriendo una de las paredes del abismo.
Nado hacia allí con todas las fuerzas y concentración que la presión me permite. Siento cómo mis brazos golpean la pared y poco después es mi cuerpo quien choca contra ella. Siento cómo mi cuerpo comienza a caer, con ligereza, sin tener dominio sobre él, noto cómo se me escapa el recipiente de las manos y pierdo la consciencia poco después. Solo escucho un fuerte pitido y mucha agua en mis oídos.
Lo último que veo es una llama apoyada en el suelo; la entrada a las Fosas Oscuras.


