En Pistola y cuchillo, Montero Glez revive al cantaor José Monge, camino de la muerte. Entramos con el gran artista en la Venta de Vargas, un pequeño templo del flamenco, transfigurado en lugar sagrado, donde Camarón, enfermo y sin resignarse a morir, deberá tomar una de las decisiones más duras de su vida. Pistola y cuchillo es una carrera contra el olvido en la que Montero Glez, con voluntad de prosa, resucita el sabor de los antiguos colmados y del cante flamenco en su expresión más jonda. Diálogos a golpe seco, frases que van a galope y que convierten esta magnífica novela en una obra maestra. Un relato apasionante y absorbente, alejado de los tópicos biográficos, llamado a convertirse en el gran libro sobre Camarón de la Isla.
Ha sido interesante conocer un poquito más de la vida de Camarón de la Isla de una forma muy especial. De todas formas me hubiese gustado que se profundizase más en el personaje y en su vertiente profesional y personal. Esta novelita no es más que un acercamiento a su última noche en la "Venta de Vargas".
La vida y muerte de José Monge, el inmenso Camarón de la Isla, vertebrada a través de una pelea de gallos. Cuatro anécdotas, unas más interesantes que otras y muchas vueltas y muchas repeticiones. No he sabido conectar y las 121 páginas de este relato se me han hecho largas. Probaré con otro libro porque la pluma del autor me ha gustado.
Son solo 123 páginas y con tamaño de letra bastante grande, se lee de una sentá y resulta como un disparo. Me he reído y todo lo contrario, no sólo es el fondo (que toca) sino la forma (que araña). Vamos a por el fondo: Camarón en la Venta Vargas poco tiempo antes de morir. El contexto: una pelea de gallos y un mal presentimiento. Y mientras tanto el narrador en primera persona recorre algunos capítulos de la vida de Camarón y lo describe con el lenguaje del movimiento y de los silencios (...)
Montero Glez revive los últimos días de la vida de Camarón, consumido por el cáncer entre volutas de humo y el olor a fritanga en la Venta Vargas, donde están con el amaño de una pelea de gallos. El homenaje es sentido, respetuoso con el mito, intentando captar el ambiente en el que vivió Camarón, un genio roto entre el calor y la amistad de pucheros y vinos, y el de delincuentes que se repartían su carne en fríos despachos, viendo como se le escurría de las manos y la boca la vida. Ambientada en un escenario casi único, cerrado (la Venta Vargas de San Fernando, Cádiz) y con un estilo seco, directo, con frases que caen como golpes, remite a la novela negra clásica norteamericana (la de Chandler o Hammett), con su mundo claustrofóbico de criminalidad y alcohol, sudor y tabaco, con detectives haciendo muecas a la muerte, y frases que caminan por el filo de la navaja, sangrando palabras entre engaños y hastíos. Hace años, creo que hubiera disfrutado más de este relato, cuando las frases o versos de Bukowski o Burroughs restallaban sobre mi piel, como cicatrices dibujando el mapa de mi adolescencia. Ahora siento que la historia está demasiado subordinada a la forma o al estilo, sin la naturalidad con la que la literatura debe mamar del pecho de la vida, como si cada frase buscara hacerse un lugar a empujones en el texto, disparadas sin sentido contra la blanca pared del relato.