Libro difícil, leído palmo a palmo. No por culpa del autor, claro está.
El libro se basa en los poemas de San Juan de la Cruz, específicamente en tres de ellos, que, según reza la historia, primero fueron concebidos y tiempo después fueron escritos, ya que el autor se hallaba preso. Los creo y memorizó, y luego de fugarse de prisión, los escribió.
Son poemas breves, bellos por sencillos, que son objeto de una detallada explicación en su sentido y simbolismo, uno en Noche oscura, otro en Cántico espiritual y otro más en Llama de amor viva. Subida del Monte Carmelo, según creo entender, con un método "más sistematizado", basado en el mismo poema de Noche oscura, aunque, según la impresión que me dejó, quedó inconcluso.
Este sistema versa sobre la unión del alma con Dios. En Noche oscura trata sobre lo que es necesario lograr antes que esto suceda: poner la fe por encima de la razón, privarse de deseos y ocupaciones mundanos, suspender la memoria de todo lo que desvía nuestra atención del objetivo que nos planteamos y orientar la voluntad a conseguirlo.
En Cántico espiritual, sucede la Unión, y pone advertencia de cómo darse cuenta de que esto ha sucedido. En Llama de amor viva, habla de lo que sucede posterior a ello. Todo el sistema es en segunda persona: solo se trata de lo que ha de hacerse en lo individual, no existe nada que por asomo sea colectivo o que involucre a otros, aunque no deja de recomendar las buenas obras y la práctica eclesial, pero lo hace tan brevemente que no pude evitar pensar que eso sólo lo mencionó para asegurarse el Nihil obstat.
Sin ser un ermitaño-anacoreta-estilita-carmelita descalzo, puede pensarse que esta especie de “nirvana cristiano” tiene escasa utilidad práctica, por decirlo de alguna forma. No dejó de llamarme la atención también la ausencia del “amaos los unos a los otros”, sin embargo, es posible percatarse que la capacitación recibida es, a final de cuentas, sobre cómo amar.
Todo el camino que se recorre, privado de cualquier distracción provocada por cosa, ser, hecho, o fenómeno, prevenido contra el maligno y advertido contra la carne, debe ser sin esperar ninguna reciprocidad, y ha de hacerse así porque estamos hechos para recorrer ese camino, porque es agradable hacerlo y por que el amado, quien quiera que sea, amerita que hagamos todo ese sacrificio, por el simple hecho de ser lo que es:
Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas
ni cogeré las flores
ni temeré las fieras
y pasaré los fuertes y fronteras
dice el Cántico espiritual
Porque el verdadero amante entonces está contento, cuando todo lo que él es en sí, y vale y tiene y recibe, lo emplea en el amado; y cuanto más en ello es, tanto más gusto recibe en darlo
dice en la Llama.
¿Quién no querría oír eso de sí? o mejor aún, ¿Quién no querría expresarse así de alguien?