Wilkie Collins, contemporáneo e íntimo amigo de Charles Dickens, fue un maestro del folletín inglés muy popular por sus historias cargadas de misterio y giros de guion espectaculares. Y, como no podía ser de otra forma, también fue un asiduo narrador de historias terroríficas y de fantasía oscura enmarcadas dentro del género de la ghost-story victoriana. En esta colección de relatos tenemos una muestra del talento de Collins para pergeñar historias enrevesadas que, desafortunadamente, no destacan por encima de la mayoría de relatos escritos por otros escritores contemporáneos. Es algo que he dicho muchas veces: el formato de la ghost-story seguía unos esquemas muy restrictivos que permitían muy poco margen de maniobra, por lo que, leídas varias historias, es sencillo entrever los mimbres, reconocer estructuras y adivinar giros y desenlaces. Ni siquiera el buen arte para la narración hacen memorables las historias de Wilkie Collins. O al menos no las de fantasmas. En efecto, Collins era un maestro del suspense y tenía una mente retorcida, por lo que sus historias de misterio sí resultan personales y más llamativas.
En esta antología se incluyen las siguientes historias:
Monkton el Loco (***): una familia de hacendados ingleses de rancio abolengo presentan en su linaje una tara consanguínea: la locura. Para cuando comienza la historia, la linea principal de los Monkton está representada por padre, madre, hijo y un tío renegado del que solo se esperan malas noticias por su naturaleza pendenciera. Parece que la maldición de la locura ha esquivado al hijo, Alfred, al menos en tiempos de paz, pues con la muerte de su tío a causa de un deshonroso duelo en Italia y el consiguiente fallecimiento de sus padres, Alfred Monkton empieza a manifestar los primeros síntomas de su atávica enfermedad. Un relato de enredos común y corriente con el añadido de una de las apariciones fantasmales que he leído en toda mi vida. Y es que a veces la locura no es locura, y la maldición de Alfred es peor que cualquier enfermedad mental. La pena es que, excepto esta aparición, el relato no resulta muy memorable.
Una cama terriblemente extraña (****): un relato que deja claro que los turistas pijos ingleses tienen que dar el cante allá donde vayan, y son de los seres más despreciables y asesinables de la creación. Y eso que este relato transcurre en París, ojo, siendo los parisinos de por sí seres bastante aborrecibles. El caso: pijo ingles gana una respetable suma de dinero en la ruleta de un tugurio de mala muerte llamando la atención de un cualquiera de aspecto para nada sospechoso. Este agradable sujeto invita a unas copas al afortunado inglés, que viendo la melopea que arrastra es invitado gentilmente por el ídem a pernoctar en la tasca. Al inglés se le ofrecerá una habitación con una cama... terriblemente extraña. El bueno de Wilkie Collins inventa aquí un ingenioso artilugio homicida que convierte a este relato en uno de los más interesantes y divertidos del conjunto.
La señorita Jeromette y el clérigo (**): relato que comparte el clérigo que da título al nombre con su hermano, sobre un acontecimiento de su juventud que le animo a tomar el hábito. Una historia de amor tormentosa con un triste desenlace. No tiene mucho que ofrecer y no queda en la memoria.
La señora Zant y el fantasma (***): paseando por el parque con su hija, el narrador es testigo del errático comportamiento de una mujer enlutada, que mira sin mirar al horizonte como si hubiera una figura invisible junto a ella. Este breve encuentro será el comienzo de una amistad entre ambos personajes, y el narrador irá descubriendo la triste historia de la señora Zant, recientemente viuda, y las sospechosas intenciones del cuñado de ésta para con ella. Aquí la presencia fantasmal es casi testimonial, su aparición podría explicarse más como una manifestación del dolor de la señora Zant que por una aparición propiamente dicha. Aún así, es un relato correcto, y Wilkie Collins sabe como trabajar con personajes sospechosos.
¡Revienta con el bergantín! (****): me gusta este cuento por el hijoputismo subyacente. El protagonista nos relata un suceso de su pasado que lo dejó traumado de por vida. Y es que el narrador sufre la presencia de un fantasma... ¡del fantasma de una vela a punto de consumirse! ¿Qué le ocurrió al narrador en su juventud para temer a las velas? ¿A que hace referencia ese título tan sugerente? En este caso, guardaré un respetuoso silencio.
La mujer del sueño (****): un relato que, pese a su exagerada extensión, me ha parecido el mejor de la antología. Es un drama compuesto por cuatro narraciones, con un formato que, en ocasiones, recuerda al del teatro, pero prescindiendo de los nombres de los personajes al inicio de los diálogos. Un matrimonio, para refugiarse de una tormenta, acuden a una hacienda. Al no ser atendidos, la mujer decide explorar la zona, descubriendo en el proceso al guardés de los establos dormido, presa de una pesadilla que le hace delirar en voz alta. La mujer, muy interesada por el extraño comportamiento del hombre, le pregunta acerca de su sueño. En ese momento sabremos del tormento del personaje, de la maldición que le acosa cada madrugada del día de su cumpleaños y la visión de una mujer armada con un cuchillo que se presenta en su alcoba para cobrarse su venganza. Como digo, es un muy buen relato cuyo único defecto es su extensión, que hace que resulte un tanto repetitivo en algunos pasajes.
La mano muerta (**): un hombre viaja a una localidad famosa por sus carreras de caballos en las peores fechas, cuando todos los alojamientos ya están cubiertos. Incapaz de alojarse en ningún sitio, acepta pernoctar en una fonda de mala muerte bajo unas condiciones un tanto particulares. Y es que el narrador tendrá que compartir habitación ¡con un muerto en la otra cama! Este suceso truculento no es más que el inicio de un misterio mayor que involucra, sin saberlo, al protagonista de esta historia. Sin embargo, este misterio no resulta demasiado interesante.
El señor Percy y el profeta (***): en una época en la que el espiritismo comienza a convertirse en una afición en el imperio británico. Un joven médico acude a uno de estos médiums y coincide con un soldado interesado también en su buena ventura. El médium les comunica en pleno trance mesmérico cómo sus destinos están unidos por el corazón de una mujer, corazón que ya ha decidido por quién se inclina, exacerbando los celos del soldado, que exigirá una satisfacción. Y, al igual que en el relato anterior, este duelo, que en otras historias sería el clímax, no es más que el final del primer acto. Lo que al principio se nos muestra como una historia de amor con la videncia del médium como único decorado sobrenatural es el realidad el prolegómeno de una trama de espionaje, en la que se evidencia el Collins más político y polémico.
El fantasma de John Jago (***): un abogado inglés, saturado por el trabajo hasta el punto de haber sufrido un ataque nervioso, decide pasar sus vacaciones junto a unos parientes americanos, dueños de una granja. Lo que en un principio iban a ser unos días de reposo y tranquilidad junto a la familia pronto se descubre como un polvorín a punto de estallar por culpa de la enemistad entre sus primos y el capataz de la granja, el mentado John Jago. La violencia escalará hasta consumarse en forma de crimen luctuoso, y el abogado, que se propuso descansar de la abogacía, tendrá que volver a ejercer para salvar a sus primos de la horca. Lo más llamativo de esta historia es que está basada en una historia real. Ah, y por cierto, de fantasma nanay, puro reclamo.
Las gafas del diablo (*): al protagonista de esta historia se le hace entrega de las gafas del diablo, un artilugio capaz de revela los pensamientos más oscuros de las personas observadas. El narrador utilizará estas gafas para poder resolver el conflicto surgido por culpa de las maquinaciones de su madre, que quiere oficiar de casamentera pese a que su hijo ya ha tomado una decisión respecto a su matrimonio. Aburridísimo.