Habrá que fracturarse los dedos para escribir todo este desamparo (Reseña, 2020)
Escribe Walsh: “Bastará hablar una hora con él […] para deponer toda incredulidad”. Se refiere a Giunta, uno de los sobrevivientes a la Operación Masacre. El libro es un ejercicio bestial de periodismo y literatura. Del primero porque la investigación de Walsh arrincona a la junta militar, pone contra las cuerdas a los mandos que ordenan un fusilamiento por fuera de todo amparo militar. No desde lo ético, no desde lo bien o mal que está ceder el poder de la pena de muerte a manos particulares. No, no importa eso. Lo prueba desde lo legal, desde lo burocrático que mastican y vociferan los parlantes oficiales. De ahí su coraje como investigador: jugar en el terreno del oponente, y ganar a fuerza de sumergirse. Por eso es periodismo este libro, pero es literatura por esa frase con la que se refiere a la entrevista con Giunta. Es literatura porque depone de toda incredulidad. ¿Lo vemos claro?, “deponer toda incredulidad”, como si la incredulidad sea un arma. No “dejar de lado”. No “suspender”. No “renunciar a toda incredulidad”. No. Deponer. Porque no creerle a una víctima del estado es bélico. Porque no creerle a los sobrevivientes de la masacre es continuar con el fusil en alto. La incredulidad como el arma del escritor, la que depone cuando se entrevista con uno de los personajes de su reportaje.
Mucho podría decirse de la elección del tema. La importancia política y social de Operación Masacre. También su fuerza en la historia de la escritura latinoamericana, el camino que deja abierto para el periodismo narrativo, lo que significa que antes de Truman Capote ya Walsh hubiese inventado la novela de no ficción. Pero lo que a mí no deja de intimarme, de llamarme a releerlo, es la certeza de su lenguaje. Frente a Walsh me encuentro, como ante Piglia posteriormente, indefenso, capaz de caer fulminado en un par de líneas por alguien competente y consciente de la magia de la escritura. No puedo sino doblar la testuz y reconocer mi tibieza, mi incapacidad de ser firme, mis momentos de debilidad. No puedo sino —como ante Enríquez, como ante Melchor, como ante Guerriero— asumir el mea culpa de no concebir cómo consiguen esa familiaridad con el acto narrativo. Esa suerte de domesticación salvaje, y disculpan el recurso fácil del oxímoron, en donde aparece “deponer toda indiferencia” entre muchas otras oraciones igual de contundentes, igual de tocadas por el ángel Gabriel.
Porque la prosa de Walsh, con estos materiales que podrían ser fácilmente cosa muerta, cosa pasada, olvido y ceniza de entresijos judiciales, es anunciación. No sé que anuncia. No sé a qué virgen le dicen que parirá al salvador del género humano. No sé con qué rostro le mira el mensajero. Pero sé que las palabras se parecen a las que Walsh pone en esta obra. Que se parecen, también, a las que Piglia, y el resto de los herederos espirituales de Walsh, usará luego. Que en ellas la letra asume su condición de símbolo, sí, y esto significa que se asume como cosa viva que reúne, como corazón que convoca a su alrededor, como grupo, como comunidad, como voz entre las voces de la tribu invocando la presencia de lo sagrado, la protección de lo íntimo y mínimo y sagrado ante lo gigantesco y poliforme de las amenazas exteriores. Lo que quiero decir es que Walsh trabaja con el lenguaje como si construyera su casa, como si la ampliara, como si plantara frente a ella los árboles que se murió sin plantar. Y esa domesticidad, y esa capacidad de hacerte sentir cómodo pero maravillado, no es sino una propiedad de quien consigue sostener el asombro sin quemarse, sin volarse los dedos.
Sostener el asombro y permitir que otros lo contemplen, sin importar si viene veteado de horror, de muerte, de frustración, de rabia. Sostener el asombro y permitir que otros lo contemplen justamente porque viene veteado de horror, de muerte, de frustración y de rabia. Y todos deben verlo, y todos deben ver las vetas, para que podamos, por fin, ser purificados, ser libres de tanto desamparo.