Una sombra se mueve y puedo percibirla con el rabillo del ojo izquierdo. Se mueve, la noto por debajo de la puerta de mi habitación donde acostumbro sentarme a escribir casi a oscura, mi lecho solo iluminado por la luz de la pantalla del computador. Miro de repente, ya no con la visión periférica, sino que enfoco directamente con mis pupilas marrones encandilada por la radiación que emana dicho aparato electrónico, ya no veo nada. Tomo la taza de café, ya frio, me acompaña desde hace más de una o dos horas, me doy un sorbo; en eso un olor a azufre, lejía acompañado por un ligero calor que cambia el agradable ambiente de mi habitación, me perturba. Miro la rendija inferior de la puerta tratando de observar si se asoma algo extraño y a la vez deseando que no suceda nada.