Leibniz inventó el sistema binario que de algún modo hace posible las computadoras y el internet. Plantea que no hay muerte, sino que las almas prosiguen transformándose eternamente y que todas las substancias lo contienen todo en sí mismas y reflejan a Dios hasta el infinito.
Dios -un ente posible y necesario, y por lo tanto existente a priori- es la fuerza que hace imposible al vacío, que llena el universo, y su perfección radica precisamente en dar existencia a la esencia elemental que solo pudo ser siendo creada, y, bajo el mismo razonamiento, solo podría finalizar siendo aniquilada por su mismo creador. Todo está lleno de vida, el presente está grávido de porvenir. Su capacidad para ilustrar todo este alucinante delirio místico -totalmente lúcido, por cierto-, con imágenes que se repiten y una intención casi didáctica, hacen que su escritura sea un trompo a toda velocidad, una límpida llama cruzando la oscuridad remota del pensamiento.