¿Qué tiene que ver el célebre escritor estadounidense O. Henry con el magnate del banano Samuel Zemurray? ¿Y qué relación tenían Lee Chritsmas y Guy Molony con el expresidente de Honduras Manuel Bonilla? ¿Qué hacían estos últimos navegando, junto a Zemurray en el Hornet, rumbo a la costa norte hondureña en diciembre de 1910? La historia de Anchuria (nombre con que O. Henry bautizó a Honduras en un libro publicado en 1904) podría construirse a través de las biografías de esos cinco personajes, motivados por la ambición, «al poder, unos; a la gloria o al dinero, otros». Pero la Historia, que «no suele estar atenta a las pequeñas cosas», requiere, a veces, para ser construida y contada, de la combinación de algunas circunstancias fortuitas. Un profesor hondureño decide terminar con su vida después de escribir un opúsculo sobre la «Banana Republic»; una mujer de Nueva Orleans, obsesionada con zanjar su árbol genealógico, y un autor, demiurgo de la ficción, que les sigue la pista a todos por distintas épocas y ciudades, amplían la nómina de personajes de esta aparente (y desbordante) novela histórica. Concurren aquí algunos de los episodios más importantes de la historia de Honduras, pero también otros, hasta ahora desconocidos —como los que ubican a O. Henry viviendo en Trujillo durante seis meses en 1896—, que arrojarán algo de luz sobre el origen de la llamada «Banana Republic». Pero Anchuria es más que una novela de contenido histórico; es un artefacto narrativo capaz de desmontar los mitos sobre ciertos segmentos de la historia nacional, además de la concepción tradicional acerca del arte de la ficción. Esa doble lectura le deparará al lector una experiencia fascinante.
Esta historia novelada, o novela con tintes históricos es un ejercicio literario, como pocos, en las letras Hondureñas (de lo que he podido leer al menos).
Rodríguez nos regala una historia polifónica, donde la realidad se mezcla con la ficción y en su estructura, o carencia de, comprobamos la repetición de los hechos a los que al parecer estamos condenados como país, y sin querer sonar pretencioso, un símil a través de la destrucción misma del ser.
Los sucesos del 2009, tan cercanos, se me hicieron brutales y tremendamente desoladores. Al final, como hondureño, comparto la misma visión sombría del historiador.
No todo puede ser perfecto, creo que es necesaria una mejor edición. Hay pasajes que cuesta mucho leerlos por el exceso de puntos y comas y parecen desconectar del resto, aunque eso demuestra también el tiempo y experiencia ganada por el autor. Otro elemento, fue la repetición de frases como este país llamado Anchuria o este pueblo llamado Coralio o hechos momentáneos. Por momento era extenuante.
Por lo demás, una obra, como pocas y altamente recomendada, para experimentar nuestros pensamientos y sentires sobre este país llamado Honduras, vomitados en páginas de papel.