Este libro publicado en 1965 pasa a la historia por ser uno de los primeros en Chile en abordar de manera tan abierta la homosexualidad masculina. También por ser la primera novela publicada de Mauricio Wacquez, una de esas figuras fantasmales de la literatura chilena cuyo respeto entre los escritores no es proporcional a la fama ni a las ventas de sus libros. De esos que uno siempre se anda diciendo que algún día leerá y que siempre termina desplazando por algo más urgente. Porque, aceptémoslo, los gustos de escritores suelen ser lecturas difíciles y la verdad es que con tanta cosa que hacer uno a veces solo quiere leerse algo livianito.
Esta novela no es livianita. No tanto por el tema que aborda: la obsesión de un hombre de treinta años por un jovencito que recién cumple dieciocho (aunque presumimos que viene de antes), joven que además es hijo de la mujer que está enamorada de él. Esto, que contado así bien podría ser el argumento de un mal capítulo de La Rosa de Guadalupe, es el mecanismo narrativo para dar rienda suelta a un retrato fragmentario y, a la vez, extremadamente denso de la mente de un hombre que se debate entre una relación socialmente aceptable y su verdadero deseo. Sin dotar de un significado trascendente dicha oposición —como si lo hace Thomas Mann en La Muerte en Venecia, novela en la que el deseo efebofílico homoerótico es identificado con la pulsión de muerte latente de la cultura europea—, Wacquez escribe este estudio de personaje en un lenguaje evocador y radicalmente poético ¿A quién más se le ocurre escribir " La ciudad rosada por la luz de la tarde"? He ahí también su dificultad.
Muy buena.