Hora de afrontar esta reseña.
A mitad de la novela, antes de coger el libro para seguir leyendo, escuché en la meteorología "mañana habrá nubosidad variable" y lo consideré uno de esos juegos del destino que me empujó a terminármelo.
Al principio me dio dolores de cabeza y ansiedad, muy literal. No me había pasado nunca que me doliera la cabeza leyendo un libro, tanto que estuve a punto de abandonarlo. Perdía el hilo de la historia, los nombres de los personajes, la trama, los escenarios, hasta se me olvidaba el nombre del libro. La razón: lo barroca y densa que es la pluma de la autora. Me costaba imaginarme lo que sucedía, de visualizar lo que leía, por lo sesuda que era la literatura. Le daba vueltas barrocas a las palabras, que supongo es lo especial de esta novela, de los giros de tantos sentimientos, pero eso la hace algo inaccesible y es lo que me hacía reticente, porque el trasfondo de la novela es universal, pero cuesta procesarlo. No lo abandoné, porque nunca lo hago con ningún libro, aunque no me esté gustando. De todas maneras, eso solo fue hasta la primera mitad de la novela. Tampoco la abandoné, porque había algo que me seguía atrayendo a la historia, ese trasfondo universal a todos, los problemas que atañen a la soledad, al desamor, a la familia, al pasado, a la juventud y los sentimientos viscerales de sus dos protagonistas, tan libres, tan sufridas, con tanto de ese mundo interior, supongo que me recordaban un poco a mí; sería la razón que me ató a no abandonarlo, esos espejismos de conflictos parecidos que entre las tres compartíamos. Las divagaciones del libro se asemejaban demasiado a cómo funciona mi cabeza, por eso tampoco podía dejarlo.
Es muy profundo, de esos en los que tienes que ir pegándote trozos de lo que vas leyendo e ir digiriéndolos, de volver a lo leído para que haga mella. Son epistolares, pero yo no las calificaría como tales, son declaraciones personales, diarios, ejercicios de literatura de dos mujeres adultas con las que al final sonríes y a las que admiras, por lo sentías que son, por la libertad de su mundo interior, por la lucha contra la edad, la pérdida de la pasión, la conformidad del tiempo, aunque se sufra en el proceso hasta la primera mitad por el tedio de la pluma y el collage de sentimientos que se entrecruzan y que despistan.
Me llegó toda esa nubosidad variable. Empaticé con sus inseguridades, con sus sentimientos, con el reflejo que se me aparecía en frente conforme iba leyendo. Me reconocí en Mariana y en su hermetismo, en su incapacidad de disfrutar del placer o los hombres, en su añoranza a M. R., que me recordó tanto a la mía. «Las voces nunca cambian». Me reconocí en Sofía, en su estancamiento en el mal de amores, su mal amor a la deriva, su tristeza, su reconciliación con la escritura. Perdió, como yo, temporalmente, la escritura como medio de salvación. Me reconocí en el ancla a amores del pasado, que parece que nunca se marchan.
La parte final acabó conmigo, me sacó todas las lágrimas. Fue dejarme atravesar por Martín Gaite, en todos los sentidos. Es una novela que rompe con todo, con cualquier imposición literaria. Es tan atrevida y brillante que por eso cuesta. Atrapó la lengua y fue libre, junto a las dos protagonistas y sus historias. Si tenéis tiempo, tranquilidad y necesitáis compañía durante vuestro camino de nubosidad variable, sin duda que os sirva de mano este libro.