¡Olé los hombres! Que vinieran allí todas las naciones del mundo a admirar a toreros como aquél y a morirse de envidia.
Menuda sorpresa me ha dado Blasco Ibáñez. La portada de la edición de Plaza & Janés anuncia: "algo más que una novela sobre el mundo de los toros"; y yo digo que no sólo algo más, sino mucho más. Efectivamente, aunque el "mundo de los toros" sea la ambientación de la novela, el autor nos proporciona un retrato crudo, minucioso, desvergonzado y profundamente triste de un país que llevaba casi un siglo siendo anímicamente "expoliado" para un corpúsculo europeo (principalmente francés, alemán e inglés) deseosos de acercarse a las románticas estampas de un país, en apariencia, casi primitivo. Es la segunda mitad del siglo XIX, el siglo de los tipos regionales y del "Semanario Pintoresco Español", y la fuerza arrolladora de lo "pintoresco" encontraría su continuidad hasta bien entrado el siglo XX, con el tipismo y el folclore de la "Nueva España eterna". Es impresionante cómo Blasco Ibáñez es tremendamente consciente de esta realidad y yuxtapone, basándose en el mundo de los toros, la antigua España popular que sólo parece quedar en estas graves provincias sin industrializar (territorio de toreros, bandoleros, pastores y mujercitas enmantonadas y floreadas) y la España moderna, bulliciosa, europeizada (y por lo tanto, dominada) que es principalmente Madrid. Ya lo dice doña Sol: para ella, Juan Gallardo y, por extensión, el bandolero Plumitas, no son diferentes a un rajá "indostano" exótico, colorido y salvaje que, fuera de Andalucía, de su postal cuidadosamente pintada, son poco más que muñequitos de fieltro sin interés. El propio autor participa irónicamente en este magnético retrato: las descripciones expertas sobre la dehesa andaluza y madrileña, los monólogos sobre el bandolerismo y el republicanismo, las gentes de uno y otro lado, y las digresiones etiológicas y apologéticas sobre la tauromaquia y las formas del entretenimiento de masas crean un tapiz complejo de impresiones e ideas que, en el siglo XIX, bullían tratando de dar sentido a un relato nacional.
Sin embargo, esta faceta del libro pasa prácticamente desapercibida hasta que no llegamos a la tardía adultez de Juan Gallardo, cuando su ya consolidada fama le lleva a relacionarse con una élite social moderna, diplomática e itinerante entre las capitales europeas, representadas todas en doña Sol, su padre marqués y sus acompañantes. Hasta ese momento del libro, la historia de Juan Gallardo se nos presenta como un relato realista de una sociedad andaluza empobrecida y profundamente religiosa; del espectáculo de masas andaluz por excelencia, el toreo (y, por qué no, la farándula católica) junto con todos sus engranajes productivos y gerentes, así como las vicisitudes por las que pasan los jóvenes pobres ansiosos por ser parte de ello. Parece que "la cosa" se quedaría en el trajín de contradicciones que es la vida de Gallardo: un pobre que se hace rico gracias a la temeridad y la ira que le da saber que su vida, como pobre y desgraciado, no vale nada si se la lleva por delante una bestia; y luego, un rico descorazonado y enfermo que, irónicamente, por primera vez teme porque por fin vale la pena no perder su vida. Pero es que todo el libro es una lucha de tensiones. Son interesantísimos todos los personajes que circundan a Juan Gallardo, desde su cuadrilla (El Nacional, evidente injerto del propio Ibáñez en la historia, un banderillero republicano federalista, consciente de la "bajeza de su oficio, reaccionario") hasta su familia, pasando por los bandoleros, los ganaderos, los médicos taurinos y apoderados... pero, sobre todo, la masa de la plaza, los consumidores del espectáculo. Ibáñez retrata la pulsión homicida del público de forma brillante y sobrecogedora (tres corridas completas de Juan Gallardo como matador afianzado se describen en la novela, y en las tres se mantiene uno aguantando la respiración). Los redondeles de arena, pisoteados por caballos cruelmente perforados y remendados y vueltos a remendar; los gritos ensordecedores, el comportamiento de las facciones de la plaza...
¡Pobre toro! ¡Pobre espada!… De pronto, el circo rumoroso lanzó un alarido saludando la continuación del espectáculo. El Nacional cerró los ojos y apretó los puños. Rugía la fiera: la verdadera, la única.
En definitiva: buen libro para los curiosos y antropólogos del hacer español. También para los fetichistas y enamorados de la mantilla y la flor, la montera y chaquetilla, de los antiguos hombres gallardos y las lozanas "gachís". Yo me lo he pasado estupendamente.