Yo sólo conocía a Umbral de sus apariciones televisivas durante mi juventud, allí se mostraba como un personaje resabiado, amigo de las polémicas y provocador, pagado de sí mismo, que lucía con orgullo su profesión de escritor aunque se le conocía más por sus numerosos artículos periodísticos que por sus libros, no tan populares, no tan vendidos. Ese personaje que vestía como un dandy pasado de moda, que alardeaba de su capacidad de seducción aunque también mostraba su enorme cultura, me caía antipático, me parecía un ser fatuo, bravucón y machista (ya en esa época, en la actualidad su polemismo le hubiera lanzado a la picota de las redes sociales). Esa es la razón por la que tardé en leer algún libro suyo, no me decidí por su obra más famosa, Mortal y Rosa porque un amigo me previno de su oscuridad, como no podía ser de otra manera para una obra cuyo germen es la muerte de su hijo, así que me decidí por introducirme en su obra con estas memorias noveladas de un periodo y un lugar. Años sesenta en Madrid, en el café Gijón como representante de esa vida de tertulia y bohemia de escritores, pintores y otros artistas. Pero Umbral muestra su deseo de subversión, de escapar de convencionalismos, y no se limita a las paredes del café ni de sus aledaños, en realidad, los protagonistas son los escritores y pintores que lo frecuentan o que se relacionan con sus parroquianos, en sus casas, en actos comunes y entrevistas posteriores pero sobre todo, el personaje principal es Francisco Umbral como es de suponer de unas memorias, como es de esperar de una persona con confianza absoluta en su valía como escritor. Ese aspecto arrogante de su personalidad se muestra en su autoproclamación como escritor puro, dedicado sólo a ello y en su polémica y agria crítica a figuras literarias, sobre todo, Pío Baroja y Azorín. Muestra su intención literaria de prescindir de tramas y cuidar la forma, que yo considero el reflejo de su frustrada carrera de poeta reconvertida en prosista. Desglosa con acierto e ingenio los errores de las obras de otros mientras excusa su prosa repetitiva con ritmos y atmósferas. Umbral es sin duda un escritor de cuidada sintáxis, divertido ingenio y buen sentido del ritmo pero si bien él critica la falta de voz y profundidad de los genios antes comentados, él también adolece, como muchos poetas reconvertidos a prosistas de lograr el interés por leer sus historias.