Thomas Pynchon tiene una notable influencia sobre la literatura contemporánea. Y no es para menos. Maestro de la palabra precisa, artesano de la frase intrincada y filósofo sin título, no hay página de Pynchon que pueda considerarse desaprovechada. No en lo técnico, dada su tendencia a tirar páginas y páginas en bellísimos equilibrismos no necesariamente conectados con la narrativa global de sus novelas.
Hasta aquí nada malo. De la belleza del artesano también se vive. Pero el problema llega cuando sus imitadores no entienden que los defectos del maestro sin sus virtudes no sirven para nada.
A Ignacy Karpowicz le gusta Pynchon. Se nota. Se nota, por ejemplo, en sus excursos, largos e intrincados. En su estilo paródico. En la mezcla entre pop, sexo y cultismo llevado al requiebro estilístico, retorciendo la síntaxis, en un ejercicio gimnástico envidiable. Pero se queda ahí. No parece gustarle de Pynchon con la que consigue hilvanar todos sus elementos. Tampoco sus reflexiones políticas, ambiguas, pero siempre del lado del obrero, el anarquista y el agente del caos. Por extensión, tampoco parece gustarle la coherencia temática del maestro americano: incluso cuando toma un desvío y le cuesta volver a lo narrado, es siempre para seguir hablando del mismo tema. Para explorar algo más profundo.
En Pynchon, incluso cuando se olvida de la trama, está explorando los límites del tema. Pero ese no es el caso de Karpowicz.
Cuando los dioses bajaron a Varsovia y alrededores
se gusta demasiado. Más de la mitad del libro es la introducción, apenas sí la insinuación del conflicto, para introducir el tema, el papel de los dioses y su humanización, sólo en una segunda mitad del libro que es un, literal, deus ex machina: todo se arregla, o se termina de joder, por intervención divina. Sin orden ni concierto. Sólo por la voluntad, serena e irónica, de un autor enamorado de su ingenio.
Eso no quita para que tenga momentos interesantes. Ideas de valor. Pero incluso esos se agotan cuando, cosas tan interesantes como los monólogos de conceptos abstractos antes de cada capítulo, parecen estar insertados de un modo arbitrario dentro de la trama general.
Como si cada elemento fuera por su lado, generando un caos compositivo que no es, sino, la virtud de su propio ingenio.
Ese es el problema. Que donde Pynchon tiene todo atado, quiere llegar hasta un punto, aunque sea difuso, extraño o difícil de entender, Karpowicz es la versión adolescente de esa intención. Sus requiebros son mínimos. Su poética se viene abajo en cada intento de alternar entre diferentes tonos. Todas las referencias son o bien manidas o bien no vienen a cuento. De Pynchon tiene, en esencia, sólo la intención: es apenas sí un fantasma del maestro.
Pero incluso un fantasma tiene su viveza.
El libro es fácil de leer. Algunos capítulos son genuinamente interesantes. Y como ya señalamos, los monólogos que introducen cada capítulo, por sí mismos, son, algunos de ellos, brillantes caricaturas cartoon del pensamiento filosófico occidental.
Ahora bien, nada de eso es suficiente para sostener un libro de más de seiscientas páginas. No cuando la introducción acaba ocupando más de cuatrocientas páginas, porque el conflicto no aparece, y de forma infinitamente menos dramática que debería, hasta que el libro ya debería estar intentando cerrar el conflicto abierto. Algo que tampoco encontraríamos nunca en Pynchon: el maestro, incluso con sus desvíos, siempre deja claro el conflicto desde el primer capítulo.
A fin de cuentas, el maestro es maestro por algo. Y quien quiera tomar a Pynchon como referencia, haría bien en, primero, ser al menos tan enciclopédico, obsesivo y terminalmente enfermizo en lo poético como lo es aquel al que imitan.