Un autor que ejerce “una fascinación sin par”: así describe José Cardoso Pires a uno de los grandes autores italianos –habrá incluso quien diga que es el mejor– nacidos en la segunda mitad del siglo XX: Antonio Tabucchi. Y debo reconocer que su novela más premiada “Sostiene Pereira” (que tiene en su haber, nada más, los premios Campiello, Viareggio-Répaci, Scano, Premio dei Lettori, Prix Européen Jean Monnet, el Aristeion de la Union Europea y el Arcebispo Juan de San Clemente) me ha hecho ojitos cada vez que la veo en el estante de alguna librería; mas, sino inicuo y nebuloso, siempre surge algo por lo que no adquiero esta obra.
Recientemente, llegó a mis manos otro libro de Tabucchi, “El ángel negro”, así que procedí raudo y veloz cual saeta al viento a leerlo. De seguro serviría para medirle el agua a los camotes literarios del nacido en Vecchiano, en 1943.
“El ángel negro” está compuesto por seis relatos sumamente inquietantes, sibilinos, herméticos, de un lírismo penetrante y puntilloso, seis visiones oníricas que muestran “un mismo gusto desasosegado pero exquisito, áspero pero elegante”.
Los cuentos son soberbios, estimulantes y atrayentes; por ello concuerdo con Justo Navarro, quien sostiene que “Tabucchi nos recuerda que la literatura es memoria, asunto de fantasmas y desdoblamientos, confusión entre el presente y el pasado, confusión de identidades”.
Un libro breve, que ha dejado una espinita clavada, para que, la próxima vez que se manifieste “Sostiene Pereira”, lo adquiera sin miramientos ni cortesías.