El diccionario define pánico como un intenso terror que sobrecoge a un individuo o colectivo en una situación de peligro, real o aparente. Sin embargo, la definición original del término, derivado del griego panikós, relativo al dios Pan, es mucho más amplia, y mucho más ambigua. El dios Pan era el dios de la naturaleza, los pastores y los rebaños, venerado y temido por los habitantes de las zonas rurales y ferales de la antigua Grecia; un dios que podía ser protector o traicionero, pues, al igual que los seres humanos, era de temperamento voluble y caprichoso, y nunca solía tomarse muy en serio su labor divina, prefiriendo, en cambio, las bacanales o los raptos de ninfas y otras divinidades femeninas. Se lo representaba como un hombre con atributos caprinos, a modo de fauno. Cuando el cristianismo se impuso y comenzó su purga pagana, el dios sátiro fue gradualmente sincretizado en la forma de Satanás, el demonio con cuernos de macho cabrío, patas y rabo a juego y enorme falo. El dios Pan, avatar de la naturaleza, ávido perseguidor de jovencitas y asiduo participante en ágapes dionisiacos paso a convertirse en la máxima representación del mal en el cristianismo. No es de extrañar, pues, que el diccionario solo recoja la acepción más negativa del término pánico, desdeñando su significado original, más relacionado con la naturaleza, voluble, cambiante y siempre misteriosa para el humano civilizado.
Para entender el terror de Arthur Machen hay que aprehender lo pánico. El escritor gales tiene una visión muy personal del horror, al igual que la tenía Algernon Blackwood, otro gran amante de su naturaleza que quiso plasmar en sus cuentos lo terrorífico de sus misteriosas manifestaciones. La aproximación de Machen es mucho más abstracta: muchas veces no hay una amenaza definida, otras no hay amenaza en absoluto. En sus relatos más logrados, lo terrorífico se abre paso en el momento en que el protagonista, o uno de sus conocidos, entra en contacto con un caso o un objeto que levanta ligeramente el frágil velo de la realidad. Porque, al igual que su aventajado discípulo de Providence, es el conocimiento prohibido, y no un fantasma o un ser sobrenatural, la fuente de todo terror. Así, una vez apartado el velo de lo real solo queda vislumbrar con horror lo sobrenatural.
Este esquema es el que siguen relatos como El gran dios Pan, en el que una fallida operación quirúrgica transforma a una inofensiva joven en una monstruosa depredadora capaz de llevar a la locura y consunción de todo hombre que se aproxime a ella; o en la luz interior, en el que un científico trata de introducir el alma de su esposa en una joya, permitiendo en el proceso que algo tome su lugar; o la mucho más visceral El polvo blanco, donde es una medicina apócrifa la que provoca el cambio del paciente. Todos estos relatos podrían englobarse dentro del horror cósmico, en tanto que la amenaza y lo terrorífico parte de la total incapacidad del ser humano de diferenciar lo real de lo sobrenatural. Estas tres piezas terroríficas son, con diferencia, el mejor ejemplo de cómo el autor gales trabajaba el horror.
Sin embargo, y es por lo que he llamado a Lovecraft alumno aventajado, el pulso narrativo de Arthur Machen impide llegar a un clímax terrorífico satisfactorio. Los protagonistas de sus relatos pocas veces son testigos de, sino simples comparsas que se hacen ecos de historias contadas por terceros, que a lo sumo logran, a modo de primicia, hacerse con la resolución del misterio a través de una declaración escrita esclarecedora. Que nunca seamos observadores directos hace que ese elemento terrorífico brille, pues el monstruo creado por la imaginación siempre será más terrible que el horror explícito, más aún en la ficción extraña, pero enlentece y alarga las tramas, rompe el ritmo e impide saborear el clímax apropiadamente.
El resto de cuentos se hacen eco de las tradiciones celtas y paganas, que nunca desaparecieron del todo en la región galesa, sino que se adormecieron e infiltraron en los bosques y paramos. Prueba de ello es la naturalidad con que los lugareños en estos cuentos asumen ciertos sucesos extraordinarios. Así, tenemos la aparición del llamado "pueblo pequeño" en cuentos como La pirámide resplandeciente o La novela del sello negro, una raza primitiva y feérica que habita en el subsuelo, y que de vez en cuando se dejan caer para secuestrar a algún despistado transeúnte. Este pueblo pequeño protagonizan varios cuentos de Robert E. Howard, aunque con un matiz mucho más racista: lo que para Machen es un pueblo terrible y misterioso de índole fantástico para el texano no son más que una raza degradada -el los llama "mongola", a tenor de la teoría de la regresión evolutiva, muy popular en los albores del siglo XX-, y por tanto malvada, que fueron expulsados de la superficie por los aesires y pictos. Ya sean entes fantásticas o razas subhumanas, su naturaleza perversa los convierten en los principales antagonistas en estas historias.
El resto de relatos son interesantes, pero no muy disfrutables. Uno de estos cuentos, Un chico listo, destaca por carecer totalmente de un elemento sobrenatural. Otros se hacen eco del folclore gales para, a modo de crónica, exponer ciertos sucesos fantásticos. Y, por último, destacaría N, que vuelve a traer a escena ese horror pánico. Este relato me recuerda mucho a un cuento bastante olvidado de Lovecraft, El, en el que también es un paisaje maravilloso en la ciudad el protagonista. Prefiero más el cuento de Lovecraft.
Los cuentos de Arthur Machen, a nivel filosófico, me encantan, no tanto el resultado ni la aproximación del autor. Creo que muchas de estas historias se hubieran beneficiado de otro tipo de narración, más directa y activa. Pero ni mucho menos voy a decir que Machen escribe mal, tampoco osaría corregir la obra de uno de los maestros absolutos del horror sobrenatural. Ya quisiera un servidor escribir así e inflamar la imaginación de tantos futuros escritores. Porque es destacable el valor histórico de estos cuentos, pues si quien los lee ha disfrutado de los cuentos de Lovecraft muy seguramente reconozca muchos lugares comunes en los de Machen. Confió en que esta reseña, pese a las críticas que en ella aparecen, no desaliente a los posibles lectores. Pues, aunque yo no lo haya disfrutado tanto, no quita que Arthur Machen sea una lectura obligada para cualquier aficionado al terror.