Is it possible to create art freely today and yet produce works that are more than merely decorative or commercial? asks Gabriel Josipovici in this wide-ranging book. The suspicion that art is both frivolous and deceptive has a relatively short history, he explains, and he turns to works created in "cultures of trust"-Homer, the Hebrew Bible, Dante, and Shakespeare-in order to understand Romantic suspicion.
Gabriel Josipovici was born in Nice in 1940 of Russo-Italian, Romano-Levantine parents. He lived in Egypt from 1945 to 1956, when he came to Britain. He read English at St Edmund Hall, Oxford, graduating with a First in 1961. From 1963 to 1998 he taught at the University of Sussex. He is the author of seventeen novels, three volumes of short stories, eight critical works, and numerous stage and radio plays, and is a regular contributor to the Times Literary Supplement. His plays have been performed throughout Britain and on radio in Britain, France and Germany, and his work has been translated into the major European languages and Arabic. In 2001 he published A Life, a biographical memoir of his mother, the translator and poet Sacha Rabinovitch (London Magazine editions). His most recent works are Two Novels: 'After' and 'Making Mistakes' (Carcanet), What Ever Happened to Modernism? (Yale University Press), Heart's Wings (Carcanet, 2010) and Infinity (Carcanet, 2012).
Me ha gustado muchísimo. Sobre todo los capítulos de Kafka y Beckett. Me esperaba algo más del de Proust, pero de todos modos, me gusta su tesis y los ejemplos que utiliza para apoyarla. Un libro fundamental para quienes amen leer y quieran escribir.
Este debe ser uno de los mejores ensayos que se han escrito sobre la confusión y el desasosiego que causa la página en blanco para cualquier aspirante a escritor o intelectual.
Pero como todo buen ensayo, a la manera de Montaigne, nunca resuelve el problema, nunca lo agota. Gira en torno a él con muchísimas preguntas directas e indirectas, como quien se aproxima desde distintos puntos de vista, abriendo y cerrando capas, mas nunca llega al corazón del dilema porque ese no es su objetivo ni es tampoco, como Josipovici lo dice, algo posible.
En la superficie, este libro es la genealogía apretada de dos grandes fuerzas o espíritus que se ciernen sobre el artista, su arte y la relación que tiene con el mundo que lo rodea: la sospecha (esto es, la búsqueda incesante de sentido y significado en todo lo que hay o hacemos) y la confianza (la aceptación de que no se puede llegar al fondo de las cosas, que el mundo acaece así y no hay más remedio que sólo actuar en él).
Josipovici, no obstante, muestra que estas fuerzas no son mutuamente excluyentes u opuestas, sino complementarias, y que ahí donde la sospecha no puede avanzar, ahí donde nace lo incomprensible de la vida y del mundo, la confianza ha de relevarla. Pero no como una manera de resignarse ante lo inaccesible, sino como un modo distinto de acceder a él. En otras palabras, ahí donde las ansias por saber cuál es el significado verdadero del mundo que nos rodea se agota o se pierde en entelequias inútiles, es preciso confiar en la incertidumbre y seguir, andar, practicar, vivir, "dejar que el uso te enseñe el significado" (p. 253).
En otro nivel, 'Confianza o sospecha' es un formidable viaje literario-intelectual a los orígenes mismos de la tradición literaria occidental, a las ideas y anhelos que la produjeron, y a los profundos cambios que fue experimentando a través de grandes creadores que supieron oír su melodía subterránea, esa armoniosa danza entre los espíritus de la confianza y la sospecha (la levedad y la gravedad, lo ingenuo y lo sentimental), y reinventarla a su modo.
Así, es una originalísima aproximación a la vida y obra de casi todos los pilares de la tradición literaria occidental (La Biblia y Los trágicos griegos, Homero, Dante, Shakespeare, Los romanticos (Schiller, Coleridge, Wordsworth, Samuel Johnson), Proust, Kafka y Beckett), siguiendo un mecanismo de análisis exquisito: auscultar cómo cada uno de estos escritores resolvieron el dilema de vivir en medio de un mundo que perdía su encanto o que, por un uso excesivo de la razón, ya no reconocían, y el dilema de no tener ningún piso sólido en el cual desarrollar sus necesidades creativas, ninguna guía predeterminada que le permitiera decir lo más leal posible todo lo que querían decir. Estos escritores y pensadores, canónicos para el mundo occidental, tuvieron que enfrentarse al sinsentido del mundo y a la orfandad de su oficio por medio del descubrimiento doloroso de que la única forma que tenían para hacerlo era escribiendo, siguiendo adelante. Que la única manera de poder al fin escribir del modo más leal posible a lo que sentían, era descubriendo, sobre la marcha, sobre el mismo trabajo, el modo de hacerlo. Que sólo trabajando, actuando, escribiendo como quien respira, de la manera más cotidiana posible, lograrían escuchar la música subterránea de la tradición y el sonido de su propia voz como creadores.
Josipovici da el ejemplo del protagonista de La divina comedia, quien sin haber explicado cómo llegó a la selva oscura, ve al fondo una montaña luminosa y decide avanzar. En el transcurso, desciende círculos de horrores inefables, mas nunca se apresura a llegar. Sabe que es parte del viaje. Confía. Lo mismo el protagonista de En busca del tiempo perdido, de Proust. Y lo mismo con Molloy y Moran, de Beckett.
Todos desde Platón, y en mayor medida desde la muerte de Shakespeare (el último gran ingenuo, como diría Schiller) atraviesan el viaje del descubrimiento doloroso de la propia voz y del propio estilo, para poder decir aquello que quieren decir y que no ya pueden decir con los estilos anteriores. Todos realizan el viaje a Ítaca, pero no todos, a diferencia del poema de Kavafis, siguen el mismo itinerario. Algunos visitan los emporios de Fenicia, algunos compran hermosas mercancías, pero algunos también se pasan de largo o no compran nácar ni coral o miran de lejos las ciudades egipcias.
Es decir (y esta es la idea que sostiene todo el libro y la que valoro con especial gratitud), todos estos grandes creadores realizan el viaje a Ítaca aceptando que ya no pueden controlar el viaje, que a diferencia de los viejos griegos (Sófocles, Esquilo, Homero) y de Shakespeare, ninguno al sentarse a escribir, al emprender el viaje, sabe ya exactamente con qué monstruos o maravillas se topará, y que lo único que le queda por hacer en ese viaje es asumir, con toda la fuerza de su ser, que la tradición artesanal del oficio de escribir se perdió para siempre, y que desde entonces, hasta hoy, ya "no hay camino", sino que ahora "se hace camino al andar".
Léanlo antes o después de ver La vía láctea, de Buñuel. La experiencia es maravillosa.