La Tempestad como Evangelio Estético de la Ruina
El lienzo "La Tempestad" (c. 1508) de Giorgio da Castelfranco, alias Giorgione, es el cero absoluto de la interpretación pictórica. Esta obra maestra del Renacimiento veneciano, que reside en la Galería de la Academia de Venecia, no solo da título a la novela de Prada, sino que funciona como su espejo alegórico. La naturaleza enigmática del cuadro alimenta directamente el pathos de la ficción. En la época en que fue pintado, el arte exigía un tema (bíblico, mitológico, histórico) para justificar su existencia. Giorgione rompió este pacto y creo lo que muchos consideran el primer paisaje puro donde las figuras (la mujer desnuda amamantando, el soldado/pastor con la lanza) no explican el entorno, sino que son parte de él.
En una rápida investigación encontré que Giorgione fue el maestro del colorismo veneciano, su técnica, centrada en los efectos lumínicos y atmosféricos influyó decisivamente en sus sucesores, como Tiziano y Tintoretto, y sentó las bases para el romanticismo y el impresionismo siglos después.
Su interpretación es vasta, ha ido desde la huida a Egipto, a una alegoría de la Caridad, pasando por el mito de Deméter y Pluto, hasta la expulsión de Adán y Eva. Ahora, Juan Manuel de Prada utiliza este misterio iconográfico como cimiento temático de su novela, el protagonista, Alejandro Ballesteros, llega a Venecia para estudiar el cuadro y, si tiene suerte, darle un significado. Su búsqueda académica da un giro tras presenciar un crimen y ver expirar la vida de un hombre en sus brazos.
«Es difícil y obsceno soslayar la mirada de un hombre que se desangra hasta morir...»
A partir de aquí, de esta línea, todo lo que vas a encontrar es belleza literaria, porque el primer y más poderoso impacto de la obra reside en su prosa torrencial y erudita, una suerte de barroco contemporáneo que rehúye la sintaxis utilitaria y el léxico plano que a menudo colonizan la ficción actual, De Prada demuestra una inteligencia narrativa tal que los lectores nos vemos forzados a habitar el texto y no solo a consumirlo.
La elección de Venecia, arrasada por la nieve y las inundaciones, es una genialidad dramática. La ciudad se transforma en una caja de resonancia psicológica, un laberinto en descomposición que refleja la corrupción inherente a la búsqueda de la belleza. Alejandro Ballesteros, más que un profesor de arte, es un descendiente legítimo de los antihéroes dostoievskianos o de los estetas decadentes de Joris-Karl Huysmans. Su misión académica sobre el cuadro de Giorgione, cuyo significado es tan enigmático como la propia existencia, es el pretexto iniciático que lo arroja a la clandestinidad del delito. En apenas cuatro días, es testigo y parte de una tragedia donde la línea entre la falsificación de arte y la falsificación de la vida se borra.
Es la primera vez que leo una novela galardonada con el Premio Planeta ¡Y qué maravilla! Todo lo que me habían contado sobre lo necesario que es leer un premio de esta categoría se vio cumplido, este reconocimiento, lejos de domesticar se yergue como un tributo insumiso a la gran novela europea del siglo XIX y, al mismo tiempo, como un profundo ajuste de cuentas con la vacuidad del fin de milenio.
La tempestad se convirtió en un viaje a las profundidades de un hombre que busca la pureza estética y encuentra la podredumbre humana. La novela, con su inteligencia apabullante y su prosa de altísima costura, nos advierte que, si la literatura que nos rodea a menudo se comporta como un puente provisional construido para el tránsito rápido de una idea simple, "La tempestad" es, irrevocablemente, un imponente faro gótico erigido en la orilla de un mar embravecido. Su luz no promete un puerto seguro, sino que ilumina el abismo, revelando la silueta de los barcos que siempre naufragan en busca del tesoro que, como el cuadro de Giorgione, permanece inasible, bello y eternamente peligroso.