De pequeño tuve el infortunio de estudiar en un instituto bilingüe. Dios no me bendijo con el don de los idiomas, por lo que mi aprendizaje se vio entorpecido al recibir parte de los contenidos en un idioma que no dominaba, lo que provocó el descalabro de mis notas -de mi pereza adolescente mejor os hablo en otra reseña-, la ira de mis padres, y la consecuente además de inevitable asociación conductista entre suspensos e idioma impuesto, que a esas alturas ya me negaba a aprender. Pero, entiéndanme: ¿Qué crio iba a querer hablar un idioma tan desagradable al oído como el francés?
Debido a que tuve que soportar la pomposa lengua de Victor Hugo durante casi diez años de mi vida, un amigo de unos amigos de mis padres, francés, de Marsella para más señas, y al que mi tio bautizó como "el joven Picasso" por francés (?), tener setenta años y un jersey a rayas que le vio una vez, consideró adecuado iniciarme en clásicos literarios accesibles a una mente juvenil incapaz de conjugar el verbo "être" en futuro. Así conocí a Alain Fournier y su Gran Meaulnes y, ahora sí, Boris Vian y la Espuma de los días ¿Y qué os puedo decir de esta novela?
Pues que es una puta mierda.
PERO, PERO, PEEEEEEEEEEEEEEEERO, resulta que Vian como cuentista no es manco, y que su surrealismo gabacho no es tan desagradable en las distancias cortas, sobre todo combinado con sordideces varías. Y no negaré tampoco que el hecho de leerlo en español no es igual que sobrevivirlo en francesa lengua. En esta colección de relatos Vian se desata, se desinhibe y deja fluir su creatividad, imaginación y, sobre todo, mala uva en una catarsis que tiene mucho de jazz y muy poco de convencional. No todas sus piezas son redondas, pero son muy agradables de leer y algunas pocas te sacan una sonrisa por lo salvaje de sus ocurrencias.
Esta colección reúne los siguientes relatos:
El lobo-hombre (****): ¿Quién iba a decir que la luna llena sobre París transformaría en hombre a Dennis? Pues La Unión, pero solo porque antes lo contó Vian en este cuento. Si habéis escuchado la canción ya sabéis la historia: el mago de Siam muerde a Dennis, un apacible lobo, y lo transforma en hombre, contagiándolo en el proceso de nuestra animalidad y violencia salvaje.
Un corazón de oro (***): un asesino huye con el corazón de su última víctima en su bolsillo. Por desgracia para el, no llegará muy lejos.
Las murallas del sur (**): el Mayor, un sinvergüenza, pícaro y truhan, cometerá todas las ilegalidades necesarias con tal de realizar un viaje al sur. Puro y desatado surrealismo que te arrastra como un torrente. O te dejas llevar o te mueres extenuado tratando de alcanzar la orilla salvadora. Yo decidí no meterme en el agua.
El amor es ciego (****): una nube afrodisíaca ha caído sobre la ciudad y todos sus habitantes salen de sus casas como Dios los trajo al mundo para unirse en una orgia urbana y multitudinaria.
Martín me telefoneó (****): una descripción de una noche toledana de un músico de jazz que malvive tocando en garitos. Lo mejor, la corrosiva y ácida mirada con la que Vian retrata el oficio que le daba de comer.
Marsella comenzaba a despertar (***): una peculiar y surrealista historia de espías que acaba con un cuchillo correctamente afilado.
Los perros, el deseo y la muerte (****): un taxista, seducido por una femme fatale, se embarca en una serie de salidas nocturnas en las que atropella con su vehículo perros y, quizá, algo más que pesado que un perro.
Mala pata (***): un hombre arruinado, padre de varias criaturas, complacerá las necesidades pecuniarias de su señora y su prole embarcándose en el lucrativo, y peligroso, negocio del robo de automóviles.
Una triste historia (***): el protagonista sorprende a una suicida a punto de arrojarse desde un puente. Tras una conversación conseguirá que reconsidere sus acciones.
El pensador (**): desde pequeño, el protagonista ha alcanzado la fama de genio gracias a enunciar una serie de aforismos tan breves como brillantes.
Fiesta en casa de Leobille (**): el Mayor vuelve a la carga, en esta ocasión, irrumpiendo en una fiesta y poniéndola patas arriba con su talante pendenciero.
El mirón (****): las consecuencias de observar a tres muchachas en un momento inoportuno no podrían ser más terribles.
El peligro de los clásicos (***): en el entonces lejano año de 1982, el modelo de seducción ha cambiado y ahora son las mujeres las que han de tomar la iniciativa. Un científico, arrinconado por su alumna enamorada y sus depredadoras maneras, es obligado a revelar su trabajo: una inteligencia artificial perfecta a la que está alimentando con los dieciseis tomos del Larousse. Sin embargo, debido a un añadido sentimental a su dieta intelectual la máquina toma conciencia de sí misma y se disputará con el doctor el amor de la joven.