La primera vez que vi y escuché a Enrique González Rojo no lo conocía de nada. Un viejito de esos con aura erudita. Estaba en la espantosa ciudad de México, padeciendo la intemperie y el no saber para dónde ir. Escuchar su poesía en ese día nublado en el techo de un centro cultural me hizo adorarlo, porque es un poeta, ser humano, viajecito adorable.
Ahora he leído un libro que recopila varia de su poesía. Ahí está, de entrada, ese poema que me maravilló cuando lo escuché de su propia voz: una elegía a la goma de borrar. Y ahí está, ese otro poema que me lo aprendí de memoria hace poco y lo dije frente a varias personas, Discurso de José Revueltas a los perros en el parque hundido, e hice que esas personas ladraran y aullaran al son de sus versos.
Por eso lo quiero tanto.
Se me descubren otros poemas, el que le da título al libro, una gozada. Ese árbol que nos demuestra que no es ser inmóvil. Más poemas traviesos como él, más poemas con personajes de la historia o de la literatura. Lo que hubiera pasado si Dante y Beatriz se encerraran en una habitación de motel. Más poemas donde, claro, no se escapa que sea un hombre de medio siglo, con sus asegunes en la representación de la sexualidad.
Es de esos pocos poetas que puede hacerte sonreír por las ocurrencias, por la libertad de su palabra. Habla de lo cotidiano para elevarlo a fantástico. Habla de lo fantástico para devolverle lo frágil. Es un mago, tal como lo recuerdo.