Esta novela no se limita a contar una historia, te exige que la experimentes, que te sumerjas en los silencios, en las ausencias y en los abismos internos de sus personajes.
La historia acompaña a Mathilde y a Thibault en sus vidas diarias, vidas que en un principio podrían parecer insignificantes o comunes, pero que pronto se revelan llenas de una tensión silenciosa.
Mathilde, víctima de una crueldad sistemática en el trabajo, provoca una mezcla de empatía, desesperación e impotencia: ¿por qué aguanta tanto? ¿Por qué no se defiende o huye? Pero De Vigan, con su habilidad para construir personajes complejos, nos obliga a mirar más allá de las respuestas fáciles. Nos muestra cómo el abuso constante puede erosionar incluso la voluntad más fuerte, cómo el silencio y la indiferencia de quienes nos rodean pueden amplificar el dolor.
Thibault, por su parte, representa una soledad más sutil, más cotidiana, pero igualmente triste. Mientras Thibault recorre las calles de París visitando pacientes, su aislamiento se siente casi físico, enamorado sin reciprocidad, pero a la vez fuertemente necesitado de amor.
A medida que Mathilde y Thibault caminan paralelos, el deseo de que sus caminos se crucen se convierte en una necesidad casi desesperada. De Vigan juega magistralmente con esa expectativa, construyendo una tensión que, aunque sutil, se siente visceral. Y cuando el final llega, no lo hace como una resolución, sino como una invitación a seguir pensando, a seguir sintiendo. Y todo esto sucede mientras París, esa ciudad que suele asociarse con el amor y la belleza, se convierte en un lugar frío, indiferente, que parece tragarse a los personajes.
No es una lectura ligera ni alegre, pero si estás dispuesto a dejarte llevar por su ritmo y su profundidad, te va a dejar huella. Y quizás, después de leerla, veas a las personas que te cruzas por la calle de una forma un poco diferente.