Jorge Guillén (Valladolid, 1893 - Málaga, 1984) es uno de los grandes poetas del 27 y quizá el más influido por la poesía pura de Juan Ramón Jiménez: Y se quitó la túnica, / y apareció desnuda toda… /¡Oh pasión de mi vida, poesía desnuda, mía para siempre!
"Cántico", su poemario más conocido, fue un libro reelaborado durante muchos años, desde los 75 poemas de la edición de 1928 y a los de 270 de la edición que se considera definitiva de 1950. Ha dicho Francisco Rico de esta obra: se concibió y culminó como un ejercicio extraordinariamente consciente de exaltación y estilización de la realidad y de entusiasmo ante el mundo.
Fue uno de los más importantes poetas de la generación del 27.
Cursó estudios universitarios en París, dónde se casó en primeras nupcias y posteriormente, en 1917, también dio clases en La Sorobona. También impartió cursos en Oxford. En 1924, con treinta años de edad, regresó a España, dónde inició su carrera literaria.
Siendo uno de los discípulos más directos de Juan Ramón Jímenez, elaboró una poética muy personal que se proponía eliminar lo anecdótico, sustantivizar los adjetivos, preferenciar los versos cortos, reducir el número de verbos, concentrar los temas poéticos y primar la precisión del lenguaje por encima del lirismo. A ese procedimiento se conoce como poesía pura Tras publicar varios poemas sueltos en revistas literarias, lanzó su primer poemario, Cántico en el años 1928. En años sucesivos continuó escribiendo poemas que ampliaron su volumen, pasando de los 75 poemas iniciales a los 335 de la versión de 1950. Entre su producción también destaca Aire nuestro y Homenaje: Reunión de vidas.
En 1938, a causa de la Guerra Cívil española, se exilió en Estados Unidos, dónde impartió clases en prestigiosas universidades americanas como por ejemplo Hardvard. En 1947, tras enviudar, se marchó a Italia. Ahí conoció a quien sería luego su segunda esposa. Años después se trasladaría a vivir a Málaga. En 1983 fue nombrado hijo predilecto de Andalucía. En el año 1976 recibió el Premio Cervantes y en el 1977 el Premio Internacional Alfonso Reyes.
Es muy difícil escribir como lo hace Jorge Guillén sin caer en el optimismo barato, en la repetición, la bobería y en las tazas con mensajes insípidos y resabidos. Sin embargo, es consciente de la guerra, del exilio y de la muerte de algunos amigos. ¡Y precisamente por eso tiene aún más valor su apuesta! Una apuesta por el mundo («El mundo está bien hecho») y por todos los elementos que se encuentran en él, al servicio del ser y viceversa.
El hombre depende de las cosas mudas; nombrar revela las esencias y ahí está la fe en una comunicación verdadera con un mundo superior; no por las ideas, sino mediante el contacto físico con las cosas. El objetivo del poeta es la afirmación ante la vida basada en la experiencia, buscando una correspondencia con su entorno.
Lo primero que llama la atención de este libro es, como dijo Gil de Biedma, «la cantidad de cosas que hay dentro». Pero la enumeración (hay muchos sustantivos y pocos verbos, ¡incluso hay un poema de 20 versos sin ningún verbo!) no implica una pasiva actitud contemplativa, sino un canto de júbilo, de entregada minuciosidad y elevado goce sensorial. Para ello, el sentido privilegiado es la vista: deternse, ahondar, buscar «Más allá» a través de una ventana que mira hacia el revelador encuentro.
Es precisión y pureza, Guillén poda con exactitud la excesiva hojarasca romántica para llegar a la verdad, prefiriendo el instante a la sumisión del recuerdo, el presente, el «siempre ahora», la «eternidad en vilo». El equilibrio se presenta como la maravilla esencial, el ser junto a la realidad: ser y nada más.
En fin, que no me ha gustado nada. ¿Te imaginas? Jajajajajaja no, no, que me ha encantado. No puedo poner versos porque no cabrían todos, y no son poemas sueltos, sino un todo afín. Tras 500 y pico páginas de poesía puedo decir que lo que más me gusta de este libro es que da muchas ganas de vivir y te hace darte cuenta de que ya lo estás haciendo.
me parece un error decir que la posición estética de guillén carece de dimensión política —y que, por eso, haya pasado más desapercibido en la crítica de este siglo—. acogerse a la existencia de un mundo perfecto donde se disfruta de la esencia de las cosas sin más trascendencia también es una forma de rebelarse desde el júbilo. fuera de lo ya evidentemente más que estudiado, es curiosa la dualidad que presenta guillén frente a su amigo salinas abordando el tema amoroso; el primero desde la intelectualización centrándose en lo que ya es y el segundo desde la personalización y la búsqueda de la amada. igualmente, entiendo el uso de la naturaleza que de ella hacen guillén y prados como caras de una misma moneda; desde lo diurno y lo limpio o desde la trascendencia y lo oculto. todavía me fascina que se logre tal grado de depuración formal y que el poema siga fluyendo y sintiéndose orgánico para el lector, cosa que me falla por ejemplo en la poesía pura de JRJ. además, creo que no he visto antes tan buenas descripciones en torno a la luz y los colores, porque no solo iluminan los objetos, sino que los desvelan, integrándose como vehículos de conocimiento y permitiendo al lector experimentar físicamente la escena. la recuperación de la mística con el foco en la realidad y no en dios o en el amante —esto último típico posmoderno— es un claro reflejo del contexto de modernidad en que se escribió, pero eso daría para un estudio aparte.
Casi me puede la impaciencia. Me ha costado entrar, pero una vez aprendidas las normas de su poesía ha sido una experiencia buenísima. Aunque es una propuesta radical y hay que acostumbrarse al estilo y a las ideas de Guillén vale la pena. Al inicio no sabía por dónde iba y me molestaba un poco el uso extremo del énfasis, por decirlo de alguna forma. Durante la lectura me iba preguntando si no sería mejor no abusar tanto de los versos exclamativos: no chilles, Jorge, por favor. Pero no, era cosa mía, porque Cántico remonta, y de qué manera. También mis ojos se han acostumbrado a su poesía luminosa.
Tal vez no sea el poeta del 27 que mejor ha envejecido pero es un poeta tremendo, particularísimo. En Guillén las imágenes dejan paso a una abstracción con mucho peso: curvas y circunferencias se poetizan, como un pitagórico renacido en la España del siglo XX, y la luz ocupa muchos versos y es genial como la canta con asombro. Desde el cariño, me gustaría imaginarme al autor de Cántico con la boca abierta de puro pasmo mientras observa la luz del mediodía que pinta de sombras el pavimento. Hay entusiasmo en ver el mundo y por ver el mundo, porque para él “el mundo está bien hecho” (tenía que citar la máxima, era inevitable). El libro se abre con el siguiente verso de Garcilaso: "Que el puro resplandor serena el viento". Y canta Guillén a continuación:
(El alma vuelve al cuerpo, Se dirige a los ojos Y choca.) - ¡Luz! Me invade Todo mi ser. ¡Asombro!
Leer Cántico ha sido como abrir una ventana a un mundo lleno de luz y armonía. Jorge Guillén tiene la capacidad de transformar los detalles más cotidianos en símbolos de belleza absoluta. Sus poemas celebran la vida en su forma más pura y serena, y esa actitud vitalista se contagia a cada página. Es un libro que me enseñó a valorar la plenitud del momento presente, como si cada verso me recordara que el mundo, tal como es, ya contiene toda la perfección que necesitamos. Una obra luminosa que me dejó con el corazón lleno de gratitud.
Cántico – Jorge Guillén Una obra que irradia luz y vitalidad. Guillén celebra la existencia y el equilibrio del universo con una poesía que es pura armonía. Cada verso está cargado de energía positiva y una percepción única de la belleza en lo cotidiano. Es imposible leer Cántico sin sentir una profunda alegría por la vida. ☀️📚