En medio del debate sostenido durante los años ochenta en Francia sobre el rol de la escuela pública en la sociedad actual, Rancière escribe una crítica en su libro El Maestro Ignorante contra la idea de una instrucción del pueblo, mientras cuestiona la posición pasiva y frágil en la que se situaban a los receptores de dicha educación. En esta ocasión, sus reflexiones sobre la relación saber-poder toman parte en otro escenario de análisis: el teatro y las artes performáticas. La tarea consistirá, dice, en señalar los presupuestos que ubican al espectador en cierta posición respecto a lo que sabe.
Dicha posición es presentada como una paradoja, la cual señala que “no hay teatro sin espectador”. Dicha enunciación es reconocida como la crítica clásica del Teatro, expuesta por Platón en el libro II de La República. Lo señala como un mal, pues considera que el acto de mirar se contrapone al de conocer, pues el espectador ignora el artificio del teatro y lo que sostiene la magia de la escena; como también al de actuar, pues este cede su movimiento a los actores y se inmoviliza para poder observarlos. Aquel que mira está arrojado a una experiencia engañosa e inmovilizadora. Así, se abren dos interpretaciones diferentes bajo esta luz: la primera, que el teatro debería abolirse para permitir que algunos sujetos supriman su letargo; la segunda, que la justicia está en las sociedades que prescinden de espectadores y sólo cuenta con miembros activos.
Las grandes reformas a este no habrían surgido sino hasta el siglo XX, resultado del replanteamiento de dichas relaciones analizadas por el pensador griego. En el teatro épico de Bertolt Brecht, el espectador toma la figura de indagador minucioso de las causas de los acontecimientos que se le presentan, se desviste de su posición pasiva y se le exige evaluar la discusión e incluso su posición de observador; es decir, se convierte en un personaje mudo dentro de la obra. Por otro lado, en el teatro de la crueldad de Antonin Artaud, toda distancia debe ser anulada, incluso la razonadora, y el escenario debe extenderse sin límites, devorar vorazmente el espacio y la pasividad del espectador. “Platón quería sustituir la comunidad democrática e ignorante del teatro por otra comunidad…”, dice Rancière y propone con esa palabra un vínculo estrecho entre la organización política y el teatro como formación comunitaria o asamblea. “El teatro sigue siendo el único lugar de confrontación del público consigo mismo en tanto que colectivo”, añade. La reforma al teatro fue un ejercicio poderosamente político ante los ojos de estos dos dramaturgos, quienes se ampararon bajo la sombra de la crítica platónica para escribir sus manifiestos.
De esta manera, se vislumbra un axioma inevitable: “Cuanto más se contempla, menos se es”; pero también una respuesta directa: “el buen teatro es aquel que utiliza la separación de la realidad para suprimirla”. Conviene, entonces, revisar los presupuestos que sostienen toda esta teoría del teatro, pues las equivalencias que se encuentran en juego allí podrían reformular las formas sensibles de la experiencia humana o repensar la organización de nuestra sociedad por medio de, en palabras de Rancière, la emancipación intelectual del espectador. Al entablar un paralelo con la escuela pública, el espectador, al igual que el alumno, está distanciado del saber. Esa brecha que lo divide del maestro no puede ser eliminada a menos que sea nombrada constantemente, pues el ignorante no sabe nunca aquello que desconoce. “Así, lo que siempre le faltará al alumno es el saber de la ignorancia, el conocimiento de la distancia exacta que separa el saber de la ignorancia”.
Parece generarse inmediatamente un eco del discurso del Amo de Lacan, en donde un sujeto que posee un conocimiento, reconocido como Amo, ejerce una relación de poder frente a aquel Otro que lo desconoce, mientras hace de él su esclavo. Esa relación es denominada aquí como la práctica del embrutecimiento, la cual es opuesta a la emancipación intelectual. Es justo allí, en sus reflexiones sobre las prácticas del embrutecimiento, de donde parte su tesis, pues el dramaturgo o el director teatral quiere tener pleno poder de lo que acontece dentro del espectador: lo que debe ver, sentir, hacer e interpretar; presupone una identidad entre la causa de su obra y el efecto en el espectador.
El espectador emancipado será entonces aquel que cuestione dicha identidad, que disminuya la distancia que se abre entre él y la guía de su maestro, dramaturgo o amo. Es, según el autor, “la emancipación cómo reapropiación de una relación consigo mismo, perdida en un proceso de separación”. Pero bajo esa perspectiva, la emancipación podría ocurrir no solamente en el teatro, sino en cualquier lugar en que haya un escenario comunitario, una asamblea, sin la necesidad de ser interactivo, sino promotor de heterogeneidad y vinculante de las inteligencias que lo componen. La atención especial prestada al teatro se debe principalmente por presuposiciones históricas de que es en ese arte en donde la comunidad se confronta a sí misma. “No hay forma privilegiada, así como no hay punto de partida privilegiado. Por todas partes hay puntos de partida, cruzamientos y nudos que nos permiten aprender algo nuevo si recusamos en primer lugar la distancia radical, en segundo lugar, la distribución de los roles y, en tercer lugar, las fronteras entre los territorios. Lo que tenemos que hacer es reconocer el saber que obra en el ignorante y la actividad propia del espectador.”, concluye. El espectador emancipado es propuesto, así, como un narrador de su propia historia, como también un traductor de las historias de las que es testigo. En ese trabajo de narración y traducción está el lugar de la comunidad emancipada. El teatro, o ese lugar en donde se invita al espectador, ha de ser el núcleo en donde se exprese la vitalidad misma de la comunidad, donde se teje incesantemente nuevas relaciones entre significados y experiencias para la expansión de los horizontes del lenguaje y, por tanto, de la sociedad. Es decir, en el lenguaje filosófico de Rancière, el teatro posibilita un escenario para el disenso.
Tangencialmente se genera otro eco a lo largo del texto desde la crítica hecha a Adorno y Horkheimer por sus posiciones frente a la industria cultural de los periodos de entreguerras y postguerra, a partir de lo que ellos denominaron como la mistificación de las masas. Habría que examinar con detenimiento la posible relación entre sus enunciados y su correlación con los de Rancière, los cuales, desde una primera vista, parecen ser compatibles y complementarios; pero que de seguro mantienen diferencias sustanciales al ser Rancière reconocido hoy en día como uno de los grandes críticos de la Escuela de Frankfurt. También se sugiere un espacio para reflexionar acerca de la sociedad que devendría de la emancipación de sus espectadores, pues seguramente el modelo político democrático sufriría una profunda modificación, sino una inevitable extinción. Es esto lo que está verdaderamente en cuestión dentro del texto; no solo los modelos políticos, sino también las diferentes instituciones y agentes que distribuyen el poder incesantemente de todos esos “narradores y traductores”.
Pareciera intuirse también una posición crítica frente a las prácticas de las artes performáticas, pues esa agudeza crítica que se elucubra en el centro del texto también es una guía para, al menos, distinguir y difundir aquello que merece tener una relevancia política y social dentro de la vasta oferta existente, sin ser el fin de este ejercicio el establecer cánones o multiplicar relaciones de poder ya establecidas dentro de una misma industria; sino, por el contrario, revertir esas relaciones unidireccionales y posibilitar el disenso.