Con este no ha podido ser. Mira que estaba motivado, que no paraba de recibir buenas referencias, que Ondina era uno de los relatos preferidos de José Luis Forte, y esas son palabras mayores en las que yo confío ciegamente. Pero nada, mi gozo en un pozo ¡Que malísimas son las expectativas!
En esta, como viene siendo habitual, magnífica edición de Valdemar se incluyen relatos de grandes exponentes del romanticismo alemán. Sorprendente, ¿verdad? Hay plumas celebérrimas, como Hoffmann y su cascanueces, o el Barón de la Motte Fouqué y la ya mentada ondina, aunque la mayor parte me eran totalmente desconocidas, como en el caso de Tieck, Chamisso o Brentano. En todos los cuentos y novelitas aparecen los tropos clásicos del romanticismo, primando lo fantástico y lo bucólico pastoral, con bosques vírgenes aún encantados por hadas y bajo la protección de divinidades paganas, pactos mefistofélicos y posesiones demoniacas, romances y pasiones desaforadas, y un aura de cuento de hadas infantil antiguo, es decir, muy alejado de lo que Disney y nuestras madres nos edulcoraron para no perturbar nuestras inocentes mentes.
Aún con todos estos elementos, que me encantan y adoro como prueba son la enorme cantidad de volúmenes de Valdemar Gótica que llevo trasegados a día de hoy, la lectura me ha resultado terriblemente fría cuando no directamente aburrida. Hay relatos que he leído con el piloto automático hasta el punto que no recuerdo ni de que iban. Por ejemplo, el cuento La estatua de mármol o El monte de las runas no creo haberlos entendido, así de soporífera me estaba resultando su lectura. No se si ha sido la forma de narrar, tan afectada, o la simpleza de las situaciones y los personajes, como es, por otro lado, habitual en el cuento tradicional, lo que más me ha desanimado. Incluso Ondina, que fue el motivo por el que empecé este libro, me ha parecido un cuento demasiado largo y repetitivo, ñoño y con personajes insoportables por básicos, casi idiotas en algunos momentos.
Por suerte, ha habido cuentos que he disfrutado mucho. He adorado el de Peter Schlemihl -primera y última vez que escribo su apellido-, en el que se nos relata el pacto satánico más chapuzas y absurdo de la historia. Lo normal es buscar al demonio para que te conceda deseos, no que éste vaya persiguiéndote para que aceptes el dichoso trato. En esta caso, el pobre Peter es acosado por un Satán zarrapastroso, capaz de sacar lo que sea de sus bolsillos mágicos a lo Doraemon, para quedarse, ojo al manojo, con su sombra. En efecto, el Satán de marras sólo quiere la sombra del incauto Peter, vaya usted a saber para qué. Una vez obtenida a cambio de un saco de dinero infinito, el pobre Peter se ve rico y dadivoso, pero al no tener sombra todo el mundo se aleja de el como si tuviera la peste. Desdichado, se lanza en una huida hacia delante para alejarse de la sociedad que tanto le odia y encuentra, oh sorpresa sorpresa, nada más y nada menos que las botas de siete leguas, con las que, por fin, puede recorrer fácilmente el globo y refugiarse en los placeres de la entomología y la botánica -hay gente para todo-. Es una historia tan aleatoria y delirante que es imposible no disfrutarla; pura diversión condensada. Además, como dato añadido, Peter tiene mucho de Chamisso, pues éste, tras una vida militar bastante ajetreada y dura, también pudo dedicar muchos de sus últimos años a recorrer el mundo en calidad de naturalista, su verdadera pasión, llegando incluso a dirigir el Jardín Botánico de Berlín. Y sin demonio de por medio, que no es poca cosa.
Otra muy divertida es la de El invalido loco del fuente Rattoneau, también con Satán tiene de protagonista ¿o no? He ahí el juego que nos propone este relato, en el que seguimos las desventuras de un soldado cuya excelente carrera militar se ha truncado por una herida en la cabeza. Durante su convalecencia, la personalidad del protagonista cambia por completo, convirtiéndolo en una persona excesivamente impetuosa, impredecible y errática, como si, en efecto, estuviera poseso. En el relato nunca llegamos a saber del todo si el soldado estaba poseído o victima de una enfermedad mental, lo que si que vemos, y gozamos, es lo que su enajenación momentánea provoca. Y es que este soldado, invalido pero aun soldado, es destinado como favor a un fuerte tranquilo en una ciudad lejos de la frontera, en la que es imposible cualquier ataque. Pues el buen militar, tras un desarreglo conyugal absurdo, decide atrincherarse en el fuerte, cargar el cañón de artillería, y declararle la guerra al mundo entero, tal es su locura, y conseguir mantener en jaque a toda la población, tal es su genio. Otro disparate de relato que se lee en nada y que es divertido de principio a fin, y podría serlo aún más si siguiéramos únicamente las aventuras del soldado en vez de ser testigos de las mismas por el relato de su mujer.
El último que más me ha gustado ha sido el del Cascanueces. No se si se trata de la historia original o es simplemente una reinvención que Hoffmann hace de un cuento tradicional previo, pero tiene ese aire de cuento de antes de irse a dormir que lo hace irresistible. La historia probablemente la conozca todo el mundo por algún especial navideño animado, pero, grosso modo, es una historia navideña que tiene por protagonistas a una chiquilla y su soldado de juguete, un cascanueces, que por el poder de la imaginación infantil se convierte en un príncipe, victima de una maldición que le ha rebajado a tal lúdica condición, que lucha contra el Rey de los Ratones, un ser monstruoso y vengativo que quiere destruir el reino de los juguetes y arrancar la cabeza del cascanueces a mordiscos (sic). Es un cuento precioso, capaz de despertar esa nostalgia navideña de cuando éramos pequeños y nos reuníamos toda la familia en casa para cenar, abrir los regalos y estrenarlos con nuestros primos. Si, quizá esta nota personal y un tanto ñoña no venga al caso, pero son las sensaciones que me ha transmitido este relato, y estoy seguro de que no seré al único.
Poco más que añadir. Una colección, para mi, irregular, pero estoy seguro que hará las delicias de todos los aficionados a los cuentos tradicionales o de hadas. Y si no sientes debilidad por este género, o, como a mi, los hermanos Grimm se te hacen bola, siempre puedes disfrutar de las ocurrencias y disparates de Chamisso y Tieck, pues sus relatos bien merecen una lectura.