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104 pages, Paperback
First published January 1, 1931
«Mi querida amiga, en este punto debemos detenernos un momento para una breve consideración acerca de la disposición de ánimo del Carmelo; una disposición que a nosotros dos nos es sin duda poco familiar. Tal disposición está tan vinculada a la idea del sacrificio expiatorio, que la fe en la redención cristiana por la cruz, culmina precisamente aquí en el amor religioso al sufrimiento y la persecución [...] ¡Ay! En el fondo lo es también del cristianismo en general» (pp. 50-51).
«¿Es que el temor y el horror son necesaria y exclusivamente reprobables? ¿No subsiste la posibilidad de que sean — al menos en principio— algo más profundo que la valentía; algo más profundo que pertenezca muchísimo más a la realidad de las cosas, es decir, que esté en consonancia con los horrores del mundo y, por ende, sea mucho más propio de nuestra flaqueza que la valentía?».
¡Oh, Dios mío! ¿Puede ser cierto que Tú que elevas las virtudes naturales del hombre por encima de los límites de la naturaleza, te dignes también otorgar tal elevación a una de nuestras taras naturales? ¿Es tan inmensa tu bondad que desciendes para seguir a una pobre alma incapaz de vencer su debilidad, para concentrar tu amor precisamente en este punto?».
«He aconsejado a la pobre niña que persevere buscando la paz en la propia angustia de la que Dios de momento no parece tener intención de librarla». «Consuelo en la angustia», «Refugio en la angustia», «Abandono en la angustia», «Llevar la cruz de la angustia», «Permanecer fiel a la angustia» [...] «Tú quieres, ¡oh, Dios mío!, que te ofrezcamos un sacrificio sin esperanza, como no sea la de la impenetrabilidad de tus caminos». «Sacrificio sin esperanza», «sacrificio ya sólo para Dios», «sacrificio sin heroísmo».
¡Esperaba usted la victoria de una heroína y ha asistido al milagro de la debilidad! Pero ¿no reside en ello justamente, una esperanza infinita?
Usted sabe que tales actos de ofrenda de amor heroico en pro de otra persona, entran de lleno en la línea de conducta de la piedad carmelita.
Los miembros de esta orden, reputada de «oscurantista» por la severidad de sus penitencias, suelen poseer la alegría y la despreocupación propia de los niños.
Francia no se salvará por el celo de sus políticos, sino por la oración y el sacrificio de
almas que se ofrezcan en holocausto. ¡Ha sonado la gran hora del Carmelo!».