Cervantes y Dostoievski conocieron la cárcel y El conde de Montecristo escapa de ella. Con tales antecedentes es fácil hablar de una vertiente carcelaria de la novela; m s relevante resulta subrayar que este g nero, en cualquiera de sus vertientes, hace las veces de laboratorio de la experiencia. Cuando leemos novelas, nos olvidamos de nosotros mismos y, por momentos, podemos experimentar otras vidas, sentirlas, examinarlas y en parte comprenderlas. Comprender es quiz la palabra clave de El canto del p jaro como actividad del espiritu, comprender significa entender, abrazar, contener y encontrar justificados o naturales los actos o sentimientos de otro. A esta justificación y naturalidad aspiran estas p ginas, plenas de fortaleza y esperanza, esas dos cosas con pelos y plumas.“Somos prisioneros del no hacer. El tiempo es nuestro verdugo”. Las palabras son de un preso, pero su sentido nos concierne a todos. Con esta novela, Bibiana Rivera Mansi nos invita a descubrir “la fuerza de las palabras” y a “no actuar como muertos cuando todav a estamos vivos”.
"¿Viviendo entre rejas se puede tener libertad? Mi vida aquí, ¿podrá bastar? ¿Y mi muerte?... tarde o temprano todos vamos a morir. La libertad es elección. La vida es elección. No morir antes de que tematen es una elección. A todos nos espera la muerte".
Mario cambió de una prisión a otra. Encontró la "libertad" en el encierro metafórico en el cual somos sus compañeros de celda. Condenados a muerte sin tener oportunidad de soñar, pues no vemos los barrotes y cadenas que nos apresan; juzgados constantemente, obligados a seguir reglas irisorias. Su prisión era tangible, ahora invisible y silenciosa, casi como una alucinación que nos inyecta veneno lento, muy lento y de a poco. Estamos condenados, encarcelados, encadenados. ¿Somos pájaros cegados cuyas voces silenciaron para así dejar de escuchar nuestra canción?
"El canto del pájaro ciego" es una novela que nos relata la experiencia de Mario Chávez tras ser encarcelado y sentenciado a muerte por un crímen por el que lo obligaron a admitir su culpabilidad. Durante veinte años, Mario se enfrenta al terror de no saber cuándo será su último día y se resguarda en los libros, la religión y la pintura, estudia leyes y se convierte en la persona que mueve el tablero de ajedrez que es la prisión. Sin embargo, su camino no es sencillo, es turbulento, oscuro, frío y solitario. Mario ha saboreado la traición a primera mano y se empapa de los crímenes que cometieron el resto de presos. Mario aprende a ser un camaleón, a ser amigo de todos y aliado de nadie, el tuerto en el mundo de ciegos. Y arrastra al lector a compartir su incertidumbre, tentándolo a acompañarlo hasta el final de su historia.
Al inicio no lo disfurté como terminé por hacerlo. Es una historia narrada en tercera persona, enfocada en Mario y que, eventualmente, tiene intervenciones del personaje. SIn embargo, conforme avanzó la historia, conformé comencé a adentrarme en la historia de Mario, a querer saber de qué se le acusaba y porqué, cuál sería su destino, no pude parar de leer y terminé completamente encantada con esta historia que te hace reflexionar sobre la libertad, la confianza y lo que nos mantiene vivos, motivados. A pesar de que el final no fue tan fatal como lo esperaba, cerré el libro con una sensación agridulce, terminé con un suspiro pesado, pues me recordó que Mario no es el único encerrado, sentenciado a arrastrar cadenas que no eligió. Mario nos recuerda que también somos prisioneros.