Cinematográfica y contundente, como si de una película de Wenders se tratase, "El amante de la China del Norte" es una novela de imágenes fragmentarias, mas no desperdigadas. En ella, múltiples momentos en los que Duras recuerda la relación que tuvo con un chino de clase alta durante su residencia en Vietnam, le permiten trazar todo un diálogo a propósito del amor, de la pérdida, que irrumpe de lleno contra las convenciones sociales de su época y, de paso, permite al lector cuestionar su propia vivencia del amor.
De entrada, la novela se muestra como un diálogo fragmentario, en el que los personajes muestran una interioridad cohibida que, de cuando en cuando, surge como una exterioridad desbordada, reclamante y contradictoria. En medio de silencios y conversaciones cambiantes e intempestivas, Duras reconstruye el diálogo angustiado de dos personas que reconocen que su amor es imposible, destinado a un fracaso irremediable. De ser un diálogo entre dos corporalidades desbordadas, el amor irrumpe a la manera de una negación, del imposible fáctico, como si del remanente de ese cuarto pequeño que el chino tiene para llevar a sus amantes se tratase: allí, ambos cuerpos se rozan y conversan, se dicen que se aman y rechazan dicho sentimiento, mientras los besos y las caricias son arrulladas por música americana y la luz que se filtra por las ventanas. Allí, Duras y su amante conjugan eso que Godard retrató después en su "Elogio del amor": el amor es eso que transcurre a la par de la vida, hasta que llega el día en que sólo se puede vivir en función de ese sentimiento...de una afección que sirve de razón, de fundamento para una vida que siente que apenas empieza a vivirse, como si todo el pasado fuese tan sólo letargo, espera, un sonido incomprensible que aguardó al compás de la existencia.
Pero el amor entre Duras y su amante no es una imposibilidad fáctica tan sólo por los valores sociales que ambos ostentan y la extracción social a la que pertenecen; antes bien, dicha afección está teñida de un impedimento mayor: el hecho de que Duras es tan sólo una niña de catorce años. Al momento de abordar este punto, la genialidad de la escritora permite al lector cuestionar una relación que es, a todas luces, pedófila. Eso sí, quedarse en ello es reduccionista. La profundidad psicológica y el desfase entre gestos-palabras que ambos personajes manifiestan en el curso de la historia, permite ahondar en la condición misma de aquellos que reclaman un sentido para el tiempo que se pierde entre el ir y venir de una cotidianidad absurda, asesina, que pide cuerpos que la habiten para justificar la existencia de otros más audaces (que son pocos, que no solemos ser nosotros). Y es que, aunque sea reiterativo en esto, Duras esconde algo entre los silencios y los gestos de cada personaje: allí se siente la tensión entre aquello que puede vivirse y lo que no, entre la palabra que mata el sentimiento pero no se dice, así sea la más sensata, y esa que deambula entre cada beso y caricia, en el trasegar de la mano sobre el cuerpo del amante: palabra vana, aunque sincera, que no dice nada porque todo aquello que se debate yace en el silencio, en eso que no se dice, y también en el gesto que acompasa a la palabra, porque se puede reír mientras se llora, porque hay cosas que no pueden decirse o que, si se dicen, sólo pueden comprenderse en la acción misma que comprende el acto de hablar.
Todo ello, Duras lo logra a partir de pequeñas imágenes que transcurren en medio de la cotidianidad de los abrazos, de "pequeñas muertes" mutuas que terminan en sufridos episodios masturbatorios de un cuerpo que rinde culto al otro, porque el amor es algo que puede darse a pesar de la pasión. La escritura, sentida y fragmentaria, engloba un todo que reclama comprensión; pero que nunca será del todo comprendido. Comprender el amor es matar a los hombres y mujeres que lo habitan: Duras lo sabe. Aquí sólo somos voyeuristas.