El comienzo del libro pintaba bien, pero poco a poco cae en tópicos demasiado exagerados para mi gusto. Por ejemplo, el protagonistas ha sido despedido hace tres meses sin ninguna explicación... No es mucho tiempo, pero por algún motivo ha sido suficiente para que toda su ropa se desgaste como si llevase más de un año estirándola para que dure un poco más. Y no solo eso, pese a que no hay ningún motivo para su despido, nadie quiere contratarlo, no porque sepan algo negativo, solo porque había que hacer drama. También por hacer drama el tipo ruin y mentiroso de la historia en menos de esos tres meses se ha hecho con un guardarropa envidiable y es apreciadísimo por su nuevo empleador... Un folletín; y a mí me repatean los folletines.
Como en todos los folletines, el héroe bueno solo encuentra cuestas arriba, mientras que el villano se pasea cuesta abajo. Eso es lo que me desagrada de los folletines.
Sucede que al bueno le dan una pista para localizar a una joven desaparecida, cuya aparición, sin el menor motivo que lo justifique, interesa muchisisisisisisísimo al periódico de la competencia del padre de la mentada joven. En cuando tiene el indicio, desconocido para todos cuanto buscan a la chica, al héroe le falta tiempo para insinuárselo todo al archivillano. ¡Hay que ser memo! Luego en el libro le echan la culpa de la indiscreción al mismo que le dio la pista al bueno, pero la realidad es que primero él habló de más.
Total, que hay una carrera por ver cual de los dos encuentra antes a la joven y cual de los dos engaña mejor al contrincante con la trampa que sea. Y aquí vuelve el carácter de folletín total a la historia.
La trampa del bueno, bastante sosa, fracasa debido a una serie de catastróficas coincidencias en el tiempo y el espacio. La trampa del malo es extrarrebuscada: primero se entera de qué barcos zarpan esa noche, luego tiene la potra de que los mandos de ese barco tienen inquina a un periodista de aventuras, entonces consigue entrevistarse con uno de esos mandos y convencerle nada menos que de secuestrar al presunto periodista bocón y además le queda tiempo para tender la trampa en la que va a caer el bueno, que no es el periodista bocón, pero los marineros no lo saben, trampa que implica engañar también a la mejor amiga de la joven desaparecida. Ya digo, super rebuscado, pero como en todo folletín al villano todo le sale bien y al bueno todo le sale mal.
Y más tarde, casi al final, hay un momento en que aparecen unos detectives dispuestos a deportar a la amiga de la desaparecida, que es medio china... En ese momento lo sensato, en mi opinión, hubiese sido callar, no descubrir nada a los agentes enviados por el villano, dejar que la lleven a la cárcel y desde allí contárselo todo al bueno, pero no, lo que hacen los buenos es contárselo todo a los agentes del malo. Muy listos no son, desde luego.
Y además el autor es proclive a poner largos discursos en los momentos más inconvenientes: que están a punto de llegar los detectives para deportar a la chinita, pues se sientan a charlar de sus cosas en lugar de escapar primero y dejar las explicaciones para después. Y así pasa lo que pasa, que al final tienen que ser los de los siete gorriones quienes lo arreglan todo... aunque sea de una forma que me chirría un poco, porque se suponía que empleaban métodos pacientes y que no actuaban sin cerciorarse de que la pista era sólida, pero el pobre marinero que se cruza con ellos no era una pista válida y sin embargo... Y cuando por fin aparece el sujeto que ellos buscan, tampoco es que actúen con mucha profesionalidad.
Con todo, los numeroso hilos de la trama están bien hilados y pocos son los cabos sueltos: solo queda sin saberse si el bueno cumple el encargo de su padre y no muestra ningún interés por el de su hermano, por lo demás, todo casa y todo encaja, aunque sea rebuscado.