Hay una forma bastante cruel de medir la vida de un profesor: por los exámenes que corrige, por los programas que cumple, por las veces que consigue que treinta adolescentes no se lo coman vivo antes de las diez de la mañana.
Frank McCourt, que ya venía de sobrevivir a Limerick, al hambre, a la culpa católica y a una familia que parecía diseñada por un dios con un pésimo sentido del humor, descubrió en las aulas de Nueva York otro tipo de intemperie: ponerse delante de un grupo de chicos que no han pedido estar allí y tratar de convencerlos, día tras día, de que una frase puede importar. A veces, su aula parece una versión laica del confesionario: se empieza hablando de gramática, literatura o redacciones, pero enseguida asoman la vergüenza, la culpa, el miedo a hacer el ridículo y esa necesidad bastante humana de que alguien escuche.
El profesor, tercera y última entrega de sus memorias, cambia de escenario, de ritmo y hasta de temperatura emocional. Después de Las cenizas de Ángela y Lo es, McCourt deja atrás la infancia miserable y el regreso torpe, ansioso y deslumbrado a América. Aquí lo vemos convertido en profesor de secundaria, entrando en clase con más miedo que autoridad, más dudas que método y una tendencia bastante peligrosa a contar historias cuando quizá debería estar siguiendo el temario. McCourt vuelve a hacer lo que mejor sabe: desnudarse sin quitarse la ropa, reírse de su propia torpeza antes de que otros lo hagan y convertir la vergüenza en material narrativo.
Lo divertido —y también lo hermoso— es que precisamente ahí encuentra su manera de enseñar. Lo que acaba haciéndolo memorable en un aula nace de algo más torpe, más humilde y probablemente más difícil que una técnica impecable: entender que antes de enseñar literatura, escritura o gramática hay que conseguir, simplemente, que alguien escuche.
El libro tiene una estructura más episódica que las dos entregas anteriores. Se mueve con menos presión narrativa que la infancia irlandesa y con menos tensión que aquel regreso a América de un inmigrante empeñado en hacerse un lugar. Aquí hay clases, anécdotas, errores, alumnos insolentes, pequeños fracasos, momentos de bochorno, intuiciones pedagógicas y esa sensación tan reconocible de ir improvisando la vida con cara de adulto responsable.
Hay clases que se le van de las manos, redacciones falsas que terminan enseñando más que muchos ejercicios oficiales, intentos de llevar a Yeats o Joyce ante adolescentes que no tienen ninguna obligación sentimental de emocionarse con Irlanda, y esa comedia bastante cruel de entrar cada mañana en un aula donde tu prestigio puede morir por una sola frase mal colocada.
McCourt mira hacia atrás y se ríe de sí mismo con una mezcla de ternura y mala leche muy suya. La enseñanza idealizada queda para las películas con banda sonora emocionante. En sus manos, el aula tiene poco de santuario y mucho de ring mal ventilado, con alumnos que no están precisamente esperando ser iluminados por el maestro carismático de turno. Sus alumnos son brillantes, perezosos, crueles, graciosos, contradictorios, y muchas veces tienen más instinto para detectar la impostura que cualquier inspector educativo. En fin: adolescentes.
En el fondo, entiende algo que muchos discursos solemnes sobre la educación prefieren maquillar: enseñar también consiste en sobrevivir al ridículo. Hay algo profundamente humano en ese profesor que se presenta ante sus alumnos cargando con sus inseguridades, su acento irlandés, su pasado de pobreza y su permanente sensación de no estar a la altura. Su autoridad se va formando casi a empujones, entre historias, paciencia, desconcierto y alguna que otra ocurrencia benditamente poco ortodoxa. Cuando descubre que sus alumnos reaccionan mejor a las mentiras, las excusas, las confesiones y las pequeñas narraciones de la vida cotidiana que a las lecciones convencionales, el libro encuentra su centro secreto: todos necesitamos contar algo para entender dónde estamos.
Como cierre de trilogía, El profesor juega en una escala distinta a Las cenizas de Ángela. Sería injusto pedirle el mismo impacto brutal. Aquella primera entrega tenía la fuerza de lo irreparable: la infancia como barro, fiebre, hambre y memoria. Lo es funcionaba como un puente más irregular pero muy valioso, el relato de un hombre intentando convertirse en alguien sin saber todavía quién demonios era. En esta tercera entrega, McCourt baja el volumen: el libro es más sereno, más fragmentario, menos desgarrador, pero también más luminoso en su modestia. Aquí aparece la vida adulta con su rutina, su culpa y ese tipo de soledad que se sienta contigo cada mañana en el metro rumbo al trabajo.
Es el libro de alguien que ha dejado de perseguir una versión solemne de sí mismo y empieza a aceptar que una vida también puede justificarse en los gestos pequeños: una clase que sale bien, un alumno que escribe una frase honesta, una conversación que no parecía importante y años después sigue ahí. En Lo es, McCourt todavía parecía debatirse entre sentirse un fraude y fingir que eso no dolía demasiado. En El profesor, el gesto cambia: abraza su impostura como quien ya no tiene edad para autoengaños y descubre que, a veces, enseñar consiste precisamente en entrar en clase con tus inseguridades bien visibles y seguir hablando.
La prosa de McCourt continúa teniendo esa cualidad oral tan difícil de fingir. Parece que no escribe: parece que recuerda en voz alta. Sus frases avanzan con el ritmo de alguien sentado frente a ti, quizá con una cerveza delante, levantando una ceja, riéndose de su propia torpeza y dejándote caer una verdad incómoda justo cuando parecía que solo estaba contando una anécdota divertida. Esa naturalidad es engañosa, porque detrás hay mucho oficio. McCourt sabe dosificar el humor, sabe cuándo bajar el volumen y sabe convertir un detalle aparentemente menor —una excusa inventada por un alumno, una redacción absurda, una clase que se desmadra— en una pequeña revelación sobre la vergüenza, la pertenencia, el miedo o la necesidad de ser visto. En McCourt, escribir parece una estrategia de supervivencia tardía: una manera de poner orden en lo que durante años fue culpa, ruido y desconcierto.
Una de las cosas que más agradezco del libro es su manera de mirar la enseñanza desde dentro, con cansancio, burocracia, inseguridad, clases fallidas y años enteros de tanteo. McCourt tarda en entender qué tipo de profesor puede ser, del mismo modo que tardó media vida en entender qué tipo de hombre era. De ese tanteo nace buena parte de la honestidad del libro. El retrato que queda es el de un hombre que aprende enseñando, que descubre su voz dentro del ruido del aula y que acaba entendiendo que sus cicatrices, lejos de estorbarle, son parte de lo que lleva consigo cuando entra en clase.
Ahí es donde El profesor termina de encajar con las dos entregas anteriores. El niño de Limerick, aquel chaval hambriento que miraba el mundo desde abajo, acaba frente a una pizarra, escuchando a otros jóvenes que tampoco saben aún qué hacer con su vida. La trilogía se cierra con una justicia íntima y sin necesidad de grandes gestos: McCourt convierte el material desordenado de su existencia en relato, y luego enseña a otros a hacer lo mismo. Después de tanta pobreza, tanta culpa y tanto desarraigo, eso tiene una belleza discreta, casi testaruda.
Dentro de la trilogía, El profesor ocupa un lugar menos rotundo que Las cenizas de Ángela, pero funciona muy bien como cierre. Es el libro de un hombre que ha sobrevivido lo suficiente como para poder mirar atrás sin quedar petrificado por el dolor. Y, sobre todo, es una celebración del poder de las historias contadas en el lugar menos glamuroso posible: un aula llena de adolescentes impacientes, papeles por corregir y un profesor irlandés intentando que alguien, aunque sea uno solo, descubra que escribir una frase propia puede ser una forma de empezar a existir.
Frank McCourt cerró sus memorias enseñando. Tiene sentido. Al final, toda su obra parece decirnos que contar una vida es una manera de impedir que se pierda del todo. Y si además consigue que alguien al otro lado levante la cabeza y escuche, aunque sea por un momento, entonces quizá la clase no ha salido tan mal.
DC