¿Y si un personaje ficticio decidiera seguir viviendo después de que su autor haya muerto?
Esa es la premisa alucinante de El año de la muerte de Ricardo Reis, y si te parece una pregunta absurda, entonces no conoces a Saramago. O no has leído a Pessoa. O quizás estás a punto de descubrir que en la literatura portuguesa —la buena de verdad— los muertos nunca están del todo muertos, y los vivos… bueno, tampoco están del todo vivos.
En El año de la muerte de Ricardo Reis, Saramago no resucita a Pessoa, sino a uno de sus heterónimos. O mejor dicho, finge que ese heterónimo —el doctor Ricardo Reis, poeta neoclásico y conservador— ha vuelto a Portugal tras dieciséis años de exilio en Brasil, en 1936, justo después de la muerte de Pessoa. Porque Saramago hace una de esas cosas que sólo él puede hacer sin sonar ridículo: resucitar un personaje ficticio, darle un cuerpo real, soltarlo en Lisboa en pleno 1936 y dejarlo vagar entre hoteles, lluvias interminables y ecos de autores muertos mientras Europa se prepara —otra vez— para destruirse. Reis llega desde Brasil con un aire de bostezo existencial, como quien sabe que ha venido a asistir al final de algo, pero no tiene del todo claro si ese ‘algo’ es su propia vida, la literatura, o el sentido del mundo en general.
Lo que sigue no es exactamente una trama, sino un lento desfilar de pensamientos, paseos, diálogos con fantasmas y breves intrigas amorosas en una Lisboa donde la historia se cuela por las rendijas: el avance del fascismo, la Guerra Civil española al fondo, y una lluvia casi constante que parece jarrear más sobre las almas que sobre las calles. Ricardo Reis camina. Lee el periódico. Escribe unos versos. Se aloja en un hotel donde el tiempo se disuelve. Coquetea con una camarera que no está hecha para el amor romántico. Se obsesiona con una mujer enferma que representa el fracaso de cualquier intento de permanencia. Y sobre todo, conversa con Fernando Pessoa, que ha muerto hace poco pero que, como toda buena figura literaria, se niega a desaparecer del todo. Lo que importa aquí no es lo que pasa, sino cómo se cuenta. Porque El año de la muerte de Ricardo Reis no se lee, se habita. Se respira. Es una experiencia lenta, densa, como caminar entre escombros filosóficos con una linterna apagada. No hay giros argumentales, ni clímax, ni siquiera una dirección clara. Pero lo que hay es hipnótico.
Que Saramago eligiera a Ricardo Reis y no a Álvaro de Campos o Bernardo Soares ya dice mucho. Reis era el más contenido, el más estoico, el que hablaba como si no le pasara nunca nada, ni bueno ni malo. Era el que leía a Horacio mientras los otros se emborrachaban de angustia o melancolía. Así que sí, que sea él quien vuelve es casi un chiste filosófico. O una sentencia.
La prosa de Saramago aquí ya es plenamente Saramago: ese estilo inconfundible que parece que el narrador y los personajes estuvieran todos bebiendo de la misma copa de vino, interrumpiéndose con naturalidad, sin comas que avisen ni puntos que se impongan. A veces ni sabes si quien habla es el narrador, Reis, Pessoa o el propio Saramago, que pasa por ahí como quien deja caer un comentario al pasar. Hay frases que parecen tener tres voces dentro, y ninguna se impone. Solo flotan. Y es que aquí Saramago vuelve a hacer de las suyas: diálogos que entran sin llamar, puntuación que parece improvisada por un músico de jazz y frases que, si las subrayas todas, revientas el libro.
Y para unir todo eso, un narrador omnisciente pero travieso, que comenta, duda, se mete en lo que no le importa y, sobre todo, se divierte jugando con la voz narrativa como un gato que juega con su presa. No es una lectura que se deje domar fácilmente. Hay que entregarse a su ritmo, a su cadencia que parece no ir a ninguna parte pero que, al llegar, te hace preguntarte cuándo cambiaste tú sin darte cuenta.
Reis es un personaje fascinante por lo que no hace. Es el hombre que ha leído demasiado para seguir creyendo, pero no lo suficiente como para rebelarse. Es un fantasma vivo que no quiere pertenecer a nada: ni a la historia, ni al amor, ni al compromiso político, ni siquiera al dolor. El contraste entre su apatía y la Lisboa que tiembla bajo el avance del fascismo es brutal. Mientras el mundo se va al carajo, él sigue escribiendo odas en un cuaderno, convencido de que la distancia estética lo salvará del derrumbe. Spoiler: no.
La estructura se sostiene como una especie de deriva existencial: no es lineal, no es circular, es una caminata en espiral por una ciudad donde todo parece esperar algo que no llegará. Reis es un personaje que parece no tener ganas ni de existir, pero cuya pasividad esconde una batalla filosófica constante. Su mirada sobre el mundo es la de alguien que ha leído mucho, sentido poco y vivido a través de los márgenes. El amor —si se le puede llamar así— aparece en la figura de Lídia, una criada con una sabiduría pragmática que humilla la pedantería del protagonista sin necesidad de levantar la voz. También está Marcenda, la joven tullida y melancólica, hija de la alta burguesía, que parece salida de un mal sueño romántico. Pero más que personajes, son símbolos, espejos, preguntas sin respuesta.
Y claro, está él: Fernando Pessoa, el muerto que no termina de irse, su creador, que lo visita como quien visita a un hijo que ha salido torcido. A veces aparece para filosofar con Reis, otras para molestarlo como quien interrumpe una siesta, y a veces solo para recordarle que morir es también una forma de cansancio. Las conversaciones entre ellos dos son de lo mejor que ha escrito Saramago: lúcidas, irónicas, melancólicas, tan cargadas de dobles sentidos que uno no sabe si están hablando de literatura, de la muerte o de la imposibilidad de ser alguien coherente en un mundo que ya no se sostiene ni sobre sí mismo. Son como un viaje hacia la incomodidad. No sólo están hablando de literatura o de la muerte: están peleando contra lo que significa ser alguien, lo que significa existir, lo que significa no ser nadie. Pessoa le recuerda a Reis que él —Pessoa— está muerto, sí, pero también le recuerda que, como heterónimo, Reis nunca estuvo del todo vivo. Y eso duele más.
Pessoa muere atropellado por su hígado; Ricardo Reis, atropellado por la Historia. Uno de forma súbita, el otro poco a poco, sin ruido, como si fuera deshaciéndose en el aire que respira. Esta convivencia entre el muerto y el casi muerto es, en el fondo, el corazón del libro. Porque El año de la muerte de Ricardo Reis no es solo un título: es una sentencia. Desde la primera página sabemos que Reis va a morir. Y sin embargo, lo importante es cómo se disuelve su identidad antes de eso. Lo que muere no es solo un hombre: es una forma de estar en el mundo. Pessoa murió en 1935. Pero en la biografía ficticia de Ricardo Reis —esa que el propio Pessoa escribió— no se anotó ninguna fecha de muerte. Saramago lo leyó y debió de pensar: “Perfecto, entonces aún está disponible para otra novela”, una que es prima hermana de Todos los nombres y La caverna.
Porque aquí también está esa soledad metafísica tan propia de Saramago, esa melancolía no por lo que se ha perdido, sino por lo que nunca llegó a ser. Pero si en Ensayo sobre la ceguera hay desesperación colectiva, aquí hay un silencio individual, como si el protagonista llevara una sordina vital permanentemente colocada. Reis es, en muchos aspectos, lo contrario de los personajes saramaguianos más famosos: no lucha, no se rebela, ni siquiera se queja. Solo observa, duda, camina, se deja llevar. Y eso lo hace profundamente humano, y profundamente trágico.
Literariamente, hay algo de Pirandello en este juego de identidades desdobladas, de personajes que son y no son, de autores que hablan con sus criaturas. Y también hay un eco kafkiano en esa Lisboa tan burocrática, tan gris, tan impermeable al deseo. Lisboa no es fondo, es presencia. La ciudad se mueve lenta, lluviosa, gris y vigilada, como si también ella supiera que hay algo podrido en Europa. Pero lo que hace única a esta novela es ese tono saramaguiano de humor seco y ternura impasible, esa manera de decirte que el mundo se cae a pedazos pero, mira, hay tiempo para un café y un poema.
La novela plantea también una pregunta incómoda: ¿es posible vivir sin creer en nada? Reis lo intenta. Se aferra a su escepticismo como otros se aferran a una fe. Pero hasta el más indiferente acaba teniendo que tomar partido, aunque sea por omisión. Y esa omisión también es política, también es ética, también deja marcas. Aún no es el Saramago de los ciegos, ni el de las cavernas ni el de los evangelios subversivos. Pero ya se intuye al fondo una mueca de hastío, un escepticismo que va ganando territorio palabra a palabra. Esta novela es como la calma tensa antes del estallido. En un mundo donde el fascismo avanza y la historia arde, quedarse al margen es una forma de complicidad. Saramago lo insinúa sin sermonear, con esa sutileza suya que te deja pensando varios días después.
Quizá lo más desolador —y lo más bello— de esta novela es que nadie la lee del todo igual. Hay quien la encuentra insoportablemente lenta. Hay quien se rinde a la belleza de sus frases y no necesita más. Quien disfrutó con Sostiene Pereira va a reconocer aquí la misma niebla moral, el mismo temblor de conciencia, pero con un fantasma que te acompaña a tomar café. Y hay quien, como yo, sale de ella con la sensación de haber estado encerrado en una habitación con dos fantasmas discutiendo sobre la vida mientras Lisboa se inunda. Y te juro que es una experiencia que vale la pena.
Uno podría leer esta novela como un ejercicio literario brillante —que lo es—, pero quedarse ahí sería imperdonable. Porque La muerte de Ricardo Reis no trata sólo de un personaje que no existe. Trata de todos nosotros cuando nos deslizamos por la vida como si no fuera con nosotros, esperando que alguien —un muerto, un amor, una dictadura, una gripe— venga a darnos un sentido. Trata del miedo a vivir con convicción en un mundo donde cada decisión parece absurda. Trata de la literatura como refugio... y como cárcel. Y sí, Saramago lo sabía: a veces, lo más difícil no es morir. Es seguir existiendo mientras el mundo cambia de dueño y tú sigues leyendo a Horacio bajo la lluvia.
Saramago escribió muchas novelas memorables, pero esta es especial. Porque es la más triste, la más íntima, la más desesperadamente lúcida. Aquí no hay milagros ni plagas ni religiones que se tambalean: sólo un hombre que no quiere ser del todo real, hablando con otro que ya está muerto, en una ciudad en la que llueve sin parar, mientras el fascismo se cuela por las rendijas y el lector, si es valiente, se da cuenta de que lo que está leyendo no es solo una novela: es un espejo.
Y qué espejo más jodido.