Aunque parezca difícil de creer para muchos, Biblioteca de Carfax ha demostrado que la representación femenina dentro del terror durante el siglo XIX y el siglo XX siempre ha sido alta, cuando no mayor que la masculina. En el mundo anglosajón la ghost story era una institución en sí misma, y no era inusual que autores "serios y reconocidos", los que aparecen en manuales y libros de historia de la literatura, coquetearan con este género tan popular y querido por el gran público, pero denostado por la crítica. De hecho, es que el dinero estaba ahí. En eso la industria editorial no ha cambiado mucho: un Nobel no ve ni la cuarta parte de dinero que un autor de bestseller, del mismo modo que un escritor de cenáculo y café literario, por muy reverenciado que fuera por sus pares, no ganaba lo que un autor de folletines o novela sensacionalista. Mary Shelley mantuvo a su familia con su labor como escritor profesional -más de lo que consiguió Edgar Allan Poe en vida, aunque la inglesa solo viviera diez años más que él-, al igual que hiciera Mary Elizabeth Braddon o Margaret Oliphant, caso este último bastante reseñable, pues toda su familia y posición dependía de que mantuviera su actividad literaria a toda máquina. Claro que, si tan populares fueron estas autoras en vida, ¿cómo es que sus nombres no han quedado, por qué parece que nadie las recuerda? Os responderé con otra pregunta.
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Pues eso. El tiempo es muy cruel, y quien fuera popular en vida no significa que vaya a ser recordado una vez muerto, o dicho de otro modo, porque popularidad no es sinónimo de influencia. A mi juicio, la palabra olvidado se utiliza a veces con cierta liberalidad, dado que no todas estas autoras han estado olvidadas ni escondidas precisamente, y no lo digo solo por clásicos literarios incontestables como Mary Shelley o Ann Radcliffe, sino porque muchas de estas autoras menos conocidas aparecían con asiduidad en recopilaciones y antologías de cuentos de fantasmas desde la segunda mitad del siglo XX. Pero admitamos este olvido, incluso sumémonos a las voces que elevan este olvido a sistemático, cuando no sistémico; preguntémonos ahora qué podría explicar este hecho tan presuntamente injusto. Yo tengo una hipótesis: la propia naturaleza del cuento de fantasmas decimonónico.
Siento que me repito de reseña en reseña, pero si es así es solo porque leo MUCHOS cuentos, pero sobre todo MUCHOS cuentos de fantasmas; tantos que, a veces, se me confunden o se me olvidan. Y ese es mi punto. El cuento de fantasmas, la ghost-story victoriana y eduardiana, ya fuera escrita en la pérfida Albión o cualquier isla del archipiélago o las emancipadas 13 colonias y su periferia, se construye a partir de una serie de convenciones y exhibe una serie de recursos que, a fuerza de repetirse, se han convertido en cliché, a saber, la historia que se cuenta en una reunión social, en un ambiente recogido, ya sea como anécdota personal o de segunda mano, la casa encantada con un luctuoso secreto, el fantasma como emisario antes que como ente hostil, el fantasma que aparece e interactúa con el protagonista pero que no se revela como tal hasta el final, etc. La ghost-story no era un género versátil, lo que hace que la obra del autor se juzgue no tanto por su calidad sino en base a las diferencias que presenta de este arquetipo. A Sheridan Le Fanu no se le recuerda tanto por sus cuentos de fantasmas, que son excelentes, como por su aportación al mito del vampiro en la forma de Carmilla o a los detectives paranormales como Martin Hesselius; M. R. James es un clásico, sí, pero precisamente por romper el modelo de la ghost story al imaginar unos fantasmas corpóreos, tan tangibles que remedan a alimañas; y a Mary E. Wilkins por su parásito vampírico: Luella Miller. Este relato es el que más veces ha sido recogido en antologías -vale que muchas de ellas de temática vampírica- debido no solo a su calidad, sino a la originalidad que presenta dentro de un conjunto tan homogéneo y canónico, indistinguible de otras producciones espectrales.
Acabado este simposio que nadie pidió, ¿qué nos ofrece esta antología de Mary Wilkins Freeman? Pues historias de fantasmas canónicas escritas por una dama americana, es decir, algo alejada de las contenidas expresiones terroríficas de sus colegas victorianas, mucho más apocadas y aparentemente ingenuas, pero no lo suficientemente sangrienta y salvaje como una más moderna Marjorie Bowen. Un conjunto que no ofende en absoluto, salvo por el terrible final de alguno de los relatos, totalmente desconectado de la trama principal, y que, precisamente por no ofender, difícilmente quedará en la memoria.
La antología reúne los siguientes relatos:
El viento en el rosal (**): Rebecca está dispuesta a obtener la custodia de su sobrina luego de quedar bajo la tutela de su madrastra, la señora Dent. Una vez llega para reunirse con ella, todo son excusas por parte de la señora Dent: la niña no aparece, y un viento extraño agita un rosal solitario.
Las sombras en la pared (***): tres hermanas cuchichean a escondidas de su hermano mayor: no debería de haber discutido así con su hermano Edward. Ahora ya es tarde para disculpas, Edward ha muerto en extrañas circunstancias, aunque todos sabían que sufría del estómago. Mientras las hermanas preparan las exequias del difunto hermano, la pequeña descubre que, en una habitación, ha aparecido una extraña impresión en la pared con forma humana.
Luela Miller (****): una anciana cuenta la historia de Luela, una mujer incapaz de valerse por si misma y que logró que todo el mundo se desviviera por servirla. Y cuando digo desvivir lo digo en el sentido más literal de la palabra. El mejor relato en el que se nos presenta un vampiro ambiguo, más parásito inconsciente que depredador sanguinario.
La habitación sudoeste (****): una pareja de hermanas se niegan a perder la casa en la que crecieron una vez muerta su última habitante. Para mantenerla, deciden alquilar las habitaciones, incluso la que perteneció a su difunta tía. Muy pronto caseras e inquilinos comprobarán que pernoctar en la habitación sudoeste trae consecuencias.
El solar vacío (****): una adinerada familia rural se muda a una propiedad sospechosamente barata en Boston. A las pocas semanas, la criada descubre que alguien más está utilizando el solar contiguo para tender la ropa. Este será el primero de los muchos fenómenos extraños que acosarán a la familia.
El fantasma perdido (***): la narradora relata a su amiga un suceso de su juventud que tenía como protagonista al fantasma de una niña pequeña.