Quién me conoce sabe que no dispongo de muchos libros referentes a religiones. Soy católico, amo a Dios, a María, a Cristo, y éste libro fue el que me ayudó a apagar la sed de venganza.
Recuerdo que mi pareja de ese entonces, sufrió algo inaudito, ignominia en su máxima. Fue por eso, que decidí encontrar a quienes la ultrajaron, con el fin de asesinarlos. Dilapidaba tiempo pensando en cómo los iba a matar, me retorcía solo en pensar la venganza que iba a acometer, cada gota de sangre ajena iba a significar un torrente vertiginoso de placer para mí.
Este libro me lo dio ella. Me lo entregó, pidiéndome que lo leyera, mientras me veía apacible con sus ojos achinados. Lo leí, y por vez primera, sentí el deseo insoslayable de llorar, irrumpí contra la violencia que existía en mí, y empecé a llorar. Me había dado cuenta de que no tenía por qué manchar mis manos de sangre. Cuando Cristo murió, murió por todos.
El libro como habla de un Cristo partido, vapuleado, te explica que la cara de ese Cristo está rota porque no tiene una cara fija, la cara de él es la cara de todos,
de los buenos
de los malos
de los violentos
de los asesinos
de los violadores
de lo pútrido y de los benevolentes.
Debo leerlo de nuevo.