Esta semana ha sido una semana Kallifatides. Había leído hace tres años, creo, “Otra vida por vivir”. No me dijo mucho, sinceramente. Estos días lo he vuelto a leer. Algo más me ha gustado. Todo tuvo su aquel y ese aquel es Mercedes. Tras haberse leído y gustado otro de sus libros, me lo pasó a mí. Me encantó. Muy posiblemente porque no lo leí de izquierda a derecha, sino como se tienen que leer estos libros: de dentro hacia fuera, acompasando las pulsaciones. Me quise quedarme a vivir en ese libro que no era otro que “Madres e hijos”. No os diré que es la octava maravilla, pero sí un libro en el que cobijarse. Como todo buen libro, no sólo te interpela a ti, sino que, en verdad, habla de ti. Yo leía y me escuchaba.
A veces me pregunto que la chavalada no lee porque los profesores de Literatura nos empeñamos en hacerles leer de izquierda a derecha como si fuera la única forma. ¿Acaso no leen los árabes en sentido inverso? ¿O los orientales de arriba a abajo? Es más. ¿No existen dos lenguajes en Matemáticas? En clase se habla de equis e íes, cetas -me gusta más que zetas- y potencias, pero en el día a día se transforman en si me llevo una… ¿Alguien maneja raíces cuadradas en su día a día? Igual de claro lo tienen los de Química. Nadie va por la calle traduciendo Zn por cinc o entra en un “Compro oro” a vender Au. Ya lo de las valencias ni de coña. Pues eso, que deberíamos enseñar a leer textos como los de Kallifatides. A mí, me cuesta. Lo reconozco. De hecho, voy por el tercer Kallifatides cuyo título es “Una mujer a quien amar” que es el último publicado y lo estoy leyendo por segunda vez seguida. Conforme leía era como los corredores de marcha, que sin querer me bailaba la línea y me ponía a correr como si fuera maratoniano. Y claro, penalización al canto.
Muere una amiga suya y esto le sirve como todo acto ególatra para hablar de sí mismo. Estoy refiriéndome a “Una mujer a quien amar”. Como las reseñas, que más que descifrar un libro, sirven para desnudarse un poco uno mismo. ¡Despelote! Kallifatides siempre tiene entre sus obsesiones la lengua y el acto de no sentirse parte de ningún lugar. Kallifatides estudió Filosofía y perla sus libros con ciertas y brillantes reflexiones. Muy pequeñas. Como perlas, pero de una agudeza a veces sin igual. Y de todos sus libros, me siento muy convencido de un aporte en el que indica que para ser escritor hay que traicionar. Y en todos sus libros lo cumple. En este último a Olga, a Grecia, a Suecia, a sus idiomas, a su mujer, a su familia completa. Escribe que “uno no puede irse de su vida. Sin embargo, a eso es a lo que me he dedicado yo casi siempre”.
Me cuesta definir a estos escritores. Sólo quiero seguir leyéndome en ellos. Recuerda: de dentro hacia fuera.