“¿Es este el conformismo con el que debo vivir, esta angustiosa comodidad de saber quién soy o, peor aún, saber quién no soy ni seré?”.
La voz de Santiago Irigoyen describe con minuciosidad el laberinto interno de la mente de un joven escritor, la suya, mientras camina por las calles de París intentando quebrar sin éxito un bloqueo y por fin concebir su primera obra. Pero todo cambia luego de recibir una carta, que catapulta al propio Santiago, ciego en su deseo, a un encuentro fortuito, inesperado, con alguien que provocará un cambio radical en su vida, y del que no tendrá vuelta atrás. Oblivion es el testimonio de la corrosión de una ambición desmedida, el retrato pérfido de una obsesión, una sagaz reflexión de un estigma social impuesto por nadie y, a la vez, aceptado por todos; más aún por aquellos que no se conforman con la finitud de la vida misma.
[ ¡Gracias, Daniel, por enviarme tu novela firmada! ¡Lo valoro mucho! Son gestos que me hacen muy feliz, porque es recibir un poco de la ilusión y del alma del otro. ]
Daniel siempre me deja en offside.
Su pluma está atravesada por un existencialismo condenado al vacío y a la adrenalina estroboscópica del amor romántico.
Solo me faltaba leer Oblivion para poder decir que conocí las tres novelas del autor, y las tres me dejaron igual de confundida, vacía y cuestionadora del todo.
Santiago Irigoyen, nieto de un ex presidente argentino, siempre sintió la llamada de las letras en el alma y, ya en su vida adulta, marcada por la presencia de su tío, quien debió vivir unos años en París, decide partir hacia el viejo continente en búsqueda de inspiración. En ese contexto, conoce que su tan querido tío -como un padre para él-, documentó en varios cuadernos su tiempo parisino y decide ofrecerlo como punto de partida para reescribir una historia que se había guardado bajo llave y en un sitio muy oscuro del corazón.
Al llegar a París, se hospeda en el mismo sitio donde su familiar había estado, con la rígida Suzette. Recorre la ciudad, busca trabajo, hace conocidos, conversa sobre filosofía, el sentido de la vida, la dualidad y el más allá. Cómo lo quiero a Daniel, su amigo, el provocador. Tiene una agudeza en sus observaciones, un sentido de contemplación muy instaurado y, lo más loco, una liviandad admirable en su paso por la vida y una seriedad casi doliente ante las limitaciones emocionales. Personaje más que interesante diría. Daniel ayuda a Santiago a que quite de la escena central sus miedos, saboteos y dudas y se lance con todo el vigor de su mente a escribir, pero que lo haga sin contaminaciones, con el foco punzante como un rayo láser.
Una noche en su trabajo, "una cueva de jazz" -como lo llama Santiago-, da un show Lucile, una artista maravillosa y muy prometedora que está en pleno despegue de su carrera. Con sus aires parisinos, blanca como una nube, con ojos color cielo y con el aura misteriosa de la cima de una montaña, Santiago queda atravesado e inician una historia de amor que, aún sin saberlo, inaugurará su segunda vida.
Una apreciación aleatoria: el inicio de este libro es de lo mejor que pude leer en el año. Una segunda apreciación aleatoria: me gusta mucho el debate filosófico sobre el más allá y la existencia de las cosas a partir de sus opuestos. Creo que el autor es un hombre despierto espiritualmente.
🇫🇷 "Sí, miedo. Definitivamente. Nada de malo había en reconocerlo. En todo caso, lo malo es dejarle la puerta abierta a este sentimiento, me dije. Porque el miedo no es tímido. Se abre camino, se ramifica, tiende a desparramarse. No para de susurrarte cosas. Y te hace pensar más de la cuenta (...)" (página 63).
🇫🇷 "La reflexión siempre debe suspenderse si el que reflexiona se encuentra muy lejos de su casa" (página 66).
🇫🇷 "Las certezas son tranquilizadoras, pero también limitantes" (página 175).
🇫🇷 "Pensé que no hay nada más frustrante que comenzar a desandar el momento posterior a haber conseguido lo que se quiere" (página 244).