«Cae la noche. En el pueblo se encienden las farolas y las ventanas de las casas se alternan con la oscuridad. El viento arrecia y con él llega un olor a fogatas y polvo. La luz de la luna extiende una máscara de muerte sobre los montes cercanos, como si ya no fueran montes, sino sonidos graves. Para él, este lugar es el fin del mundo. Él no está mal en el fin del mundo: ya ha hecho lo que ha podido y, a partir de ahora, espera.»
¿De qué tratan las novelas de Amos Oz?
Esta pregunta, que según decir del autor le han hecho en más de una ocasión, me la llegué a hacer yo misma cuando por primera vez me encontré con sus libros, cuya trama, en efecto, no suele ser fácil de definir, o identificar, no parece haber un punto de referencia o “tema” o idea concreta hacia la cual dirigirse, no obstante lo cual, las suyas son para mí narraciones maravillosas, de una introspección sorprendente y elaboración exquisita, que si acaso son difíciles de definir, lo son porque su tema es simplemente la vida, y tan absurdo resulta pedirle al escritor que explique de qué van sus novelas, como pedirle que nos explique de qué va la vida.
En la prosa de Oz encontramos algunas de las mejores recreaciones posibles de la existencia cotidiana y el normal devenir de los días, sus frases están llenas de imágenes vivas y escenas cautivantes, cuadros magníficos de los nimios, y por lo general desapercibidos detalles que conforman nuestra vida, los pequeños actos, la regularidad del paso de las horas, con sus ocasionales quebrantos e imprevistos, todo eso que se va acumulando, o pasa, al alejarse los días, los meses, los años, y que a final de cuentas es sólo nuestra vida misma, elevado todo a nivel de poesía gracias a su poder de introspección, de observación, a su sensibilidad y lucidez que lo miran todo, y que con un talento poco común es capaz después de plasmarlo en palabras.
En el caso concreto de No digas noche, el autor nos ofrece lo que a grandes rasgos podríamos llamar, a riesgo de sonar trillado, una historia de amor, el amor firme y sosegado entre Teo, un hombre maduro, práctico, austero, si no precisamente desencantado con la vida sí escéptico con todo y todos, por un lado, y una mujer ya no muy joven que, como ella misma dice, comenzó a vivir algo tarde, atrapada en un mísero núcleo familiar que jamás le proporcionó afecto y apenas protección, pero que aún así, habiéndose desecho del lastre, está ansiosa de vida y dispuesta a enfrentar lo que sea.
Bajo el hilo conductor de un chico muerto y el peregrino proyecto de fundar un centro de rehabilitación para drogadictos en ese pequeño pueblo de nueve mil habitantes perdido en medio del desierto, Amos Oz nos va mostrando los pormenores de ese amor y vida conjunta, los pensamientos, las ideas, el vago discurrir de la mente, que se enfrasca, se enreda, dilucida, se pierde, resuelve, planea, sueña, ama, odia, se cansa y se harta, y vuelta a empezar, tal y como nos pasa a todos a diario, nos demos plena cuenta o no, se nos note o no.
Más allá de los encuentros o desencuentros amorosos de la comedia romántica, y también más allá de los obstáculos y problemas que podrían truncar un amor con el pasar del tiempo, la de Noa y Teo es la relación concreta y sin aspavientos de la comunión o simple comunidad de la vida compartida, conjunta, que poco o nada tiene que ver ya con dramas o melodramas, si acaso alguna vez los hubo, y que se enfoca más bien en lidiar con el presente y futuro compartidos, la rutina, la convivencia diaria, en ocasiones también el hastío de la cercanía, los roces por las discrepancias, las diferencias de parecer inevitables, dentro de aquel pueblo desértico y abrasado por el sol, con sus gentes apacibles, chismosas, amables, solidarias, que hacen todos los días lo mismo y como en cámara lenta, aletargado cada uno por el calor del desierto que los rodea y que todo lo domina.
La trama, pues, es en ésta y otras novelas de Amos Oz lo que menos importa, lo interesante (y lo grandioso) radica en el mismo transcurrir de la narración, en la profundidad y lirismo de sus frases, la perspicacia con la que consigue recrear la vida interna de sus personajes, que de esa forma conectan con nosotros.
Esto es Literatura.