Escrito por el reconocido historiador chileno Gabriel Salazar, este ensayo se lee en ocasiones como un relato de ficción. Y es que el autor, quien, obviamente realizó un trabajo exhaustivo de investigación para este texto, cuenta la historia asumiendo las voces de quienes la viven.
Solo la primera parte se cuenta acerca de alguien, con un narrador, que se detiene en el pasar de una mujer: campesina, pobre y desesperada ante un embarazo que ha resultado múltiple. Este narrador habla de ella, de la reacción de las autoridades ante su situación, del abandono final de los niños, de la ausencia completa del padre.
Pero luego el ensayo asume la voz de sus protagonistas: los niños huachos, los hombres de bien y sus leyes y mandatos destinados a ponerles freno a los arrebatos de mala conducta de esta ola de huachos que se apodera de sus impecables calles. El niño pobre que cuenta lo terrible que fue pasar de los campos donde vivían jugando, bailando y cantando con su hermano, al hacinamiento de la ciudad, una vez que sus padres (siempre ausentes) tuvieron que dejarlo todo atrás a la búsqueda de trabajo. La situación de las mujeres, desde la mirada de los hijos, saliendo de la casa materna cuando conseguían un pedazo de terreno que transformaban en comercio, siempre acusadas de prostitución, hasta que lograban quitarles a los hijos (a los que mandaban a casas de gente de bien a servir como esclavos), mientras que ellas terminaban en la cárcel o en otras casa de gente de bien, también como sirvientas/esclavas. Aquí aparece la descripción de una miseria de la que solo había atisbado en los relatos de Nicomedes Guzmán, o de un Santiago todavía con sectores de campo, como los que describe don Manuel Rojas en sus diarios. El problema es que todo lo que contiene este ensayo fue real. Esta gente vivió lo que se cuenta acá y realmente, ¿cuánto ha cambiado todo?