Leído el capítulo "La ciudad revolucionada". Analiza los fenómenos revolucionarios del siglo XX en Latinoamérica (particularmente Uruguay, México y Cuba) y la ola democratizadora que busca, al menos en las palabras, en el poder servir al pueblo. Siempre mirándola en relación con las clases intelectuales de cada país, como hace a lo largo de este libro.
Enumera todos los procesos que se presentan como democratizadores pero, a la vez, parecen ser recordados más en términos de caudillismos o "cesarismos democráticos". La imagen de la política queda defenestrada, se la percibe como corrupta.
Las demandas populares solían girar en torno a educación para (casi) todos, que encerraba detrás un deseo por mayores posibilidades económicas, pues se percibía a la educación como el camino a la riqueza o el poder. Los poderosos percibían esto y se oponían.
Mayor suerte tuvieron los nacionalistas, pues sus demandas de consolidación de identidades y espíritus nacionales podían ser útiles a los poderosos. El nacionalismo, además, puede vestirse de distintos signos políticos e ideológicos. Por ejemplo, puede significar tanto una bienvenida como un rechazo de conocimientos extranjeros renovadores, bienvenida por ser renovadores, rechazo por ser extranjeros.
Los partidos y clubes políticos reemplazan a otras formas anteriores de organización política de intelectuales, como cenáculos y logias. Los nuevos partidos son definidos por tres rasgos, según Rama: baluarte ideológico, democracia organizativa y solidaridad nacional. No reducen el caudillismo sino que lo acrecientan, refuerzan la ambición primera de conquista del poder (ampliándola en los campos económico mediante estatizaciones y educativo mediante la concentración de la enseñanza). Los proyectos están impregnados de una religiosidad laica y una cosmovisión clasista.
"La fórmula educación popular más nacionalismo puede traducirse sin más en la democracia latinoamericana".
"La diferencia entre las dictaduras 'ilustradas' y las 'bárbaras' consiste en la actitud de las minorías intelectuales a su respecto".
Emerge el público lector, aunque el número de letrados seguía siendo escaso, concentrados casi todos en unas pocas manzanas en el centro de cada ciudad. El público apareció primero en los teatros, donde no se necesita leer y menos escribir, lo que incentivó la comedia liviana y el drama criollo de sangre y facón. Los cultos, tanto conservadores como progresistas, se escandalizaron ante estas muchedumbres que invadían su espacio. El teatro se orientó por esta línea popular (su popularidad de la mano del fenómeno de la mezzomúsica: impregnación de la música culta por las fuentes populares, en salones mundanos, con baile e improvisación) hasta que hacia 1920 el teatro fue devorado por el cinematógrafo. Paralelamente el folletín llevaba ciertas obras literarias al público masivo.
"Para el público culto o semiculto comenzaron a funcionar las editoriales que serían en el XX el principal reducto de los intelectuales independientes al margen del estado, en comunicación directa con el público. [...] La muchedumbre de revistas, semanarios y colecciones populares de literatura (la novela levanta su vuelo) tendrán vidas intensas y por lo general efímeras, y en los 20 se presencia un 'boom' que púdicamente se ahorró esta denominación de mercadeo. Pareció posible que los intelectuales actuaran directamente sobre el público (y éste reactuara sobre ellos, imponiéndoles incluso una escritura y especiales formas) sin que esa comunicación fuera orientada y condicionada desde el poder, sean quienes fueran los que lo ocupaban. Las transformaciones que se produjeron en los intelectuales fueron muchas, de las que registro solo tres básicas:"
* Incorporación de doctrinas sociales. Especialmente fértil fue el anarquismo, que al principio imitaba los modos europeos como ocurrió antes con el liberalismo, pero pasado el 1900 se había nacionalizado y disputaba su espacio con el socialismo y luego con el comunismo. Estas corrientes encontraron aceptación entre los intelectuales de los estratos bajos de la sociedad, jóvenes con escasos recursos que alternaron estudios con trabajo manual e insatisfechos abandonaron frecuentemente las Universidades.
* Autodidactismo: La Universidad dejó de ser la única vía. Los intelectuales autodidactas tienden a ser escritores, pues ya no es posible ser maestro o profesor o muchas otras profesiones sin habilitación del Estado y por tanto atravesando su circuito educativo oficial. Los autodidactas pueden verse como prerrevolucionarios.
* Profesionalismo: "Tal autodidactismo no fue para nada irrealista, bohemio o soñador, sino muy atento a las demandas del medio que escudriñó en profesional". Los escritores tomaron contacto con el mercado literario, y se adaptaron a él o fueron aplastados por él, lejos del "profesionalismo que había sido idealizado a todo lo largo del XIX", trabajando para patrones en empresas o periódicos, con relativa independencia, entre rudas condiciones y con requisitos estrictos y arbitrarios para sus composiciones.
En cuanto a su participación en las revoluciones, los intelectuales de esta época también muchas veces se encontraron y trabajaron con los caudillos militares surgidos del estrato de la cultura popular, "sirviéndolos con sus armas letradas en estado de permanente pánico, o procurando llevar a cabo la educación del príncipe, con vistas al futuro gobierno civilista, pero siempre encargándose de la propaganda denigratoria de los adversarios".