Me encontré con este libro gracias a Alejandro Torres, librero de Árbol de tinta. Él, sabiendo tal vez de mi gusto por la literatura urbana, el fútbol y la movida argentina, me sugirió este libro-dinamita: porque aquí cada palabra se escurre a la velocidad de una bala lanzada al vacío, dispuesta a lastimar al primero que pase. Lanús es un relato sencillo, contundente, de prosa ágil y sin pretensiones. Olguín bien sabe que su historia vale oro: que narrar un barrio a partir de una vida anodina y un retorno al hogar (como si de un Odiseo extraviado por la vida y una rutina de mierda se tratase) es siempre una pregunta por el sentido de la vida, por la inconstancia de nuestras acciones y la imposibilidad de la redención.
Y es que es evidente que, para Olguín, "Lanús" es una suerte de comedia negra: la muerte ríe mientras las vidas se agrietan, y los buses van llenos y la gente golpea puertas y mira a través de medianeras dispuesta a saltar. Hay algo que resulta excesivo, cómico, sacado de una novela negra que pretende romper con unos clichés a través de su hipérbole (Vanessa, la prostituta que lo da todo por nada; Vanesa, con una "s", chica trans y amiga de la infancia del protagonista; Mariela, mujer dura, desconfiada y penitente. Su vida arrastra el pesar de un destino trágico: saber que la muerte es el único destino al final del día. Ni hablar de todos los mafiosos del barrio.
Ojalá pueda cruzarme con algo más de Olguín. Su narrativa es fresca, ágil y risueña, como si se tratase de un jab a la cara dado por un amigo bien borracho, que no atina y cae de bruces a la tierra. Disfruté mucho de este libro, sobre todo en estas épocas difíciles en que la fuerza pública colombiana asesina a diestra y siniestra a la gente en la calle.