Qué desgarro siempre con Jorge Semprún. Cuenta aquí uno de los episodios que vivió como preso en el campo de Buchenwald, hacia el final de la guerra, en 1944. Narra el horror con la frialdad de las cicatrices. No demoniza, no caricaturiza. No le hace falta. Cuenta cómo era la organización interna del campo, la de los propios internos, con sus jefes, sus clanes, sus aristocracias, a veces tan salvajes como los guardias nazis, con sus guerras por imponerse y sobrevivir, en las que él participó, claro, qué remedio. Cuenta que en Buchenwald había una biblioteca, que la lectura de Faulkner y la poesía de Rimbaud le salvaron a veces. Y cuenta también que Buchenwald se construyó junto al campo donde paseaban Goethe y Winckelmann, a las afueras de Weimar. Y no sabe uno qué pensar de la cultura. Jorge Semprún tiene ese irritante toque elitista del altoburgués francés esponjado de alta cultura. Pero tiene uno que admirarse de su inteligencia, de su manejo de la estructura literaria (tan cinematográfica), de su uso de la elipsis, de su combinación de memoria e imaginación. Y de su honestidad.