He visto mucho por Instagram la dinámica del libro viajero, pero hasta este año no he tenido la oportunidad de llevarla a cabo. Para los que no sepáis de qué va, consiste en que un libro se pase entre varias personas enviándose por correo. Cada uno de los lectores marcará las frases o párrafos que más le llamen la atención de la lectura y pondrá posits a lo largo de la obra, escribiendo las impresiones que le producen cada uno de sus capítulos o los que más le gusten o en los que pase algo que le llame la atención. Y este año, yo voy a realizar esta idea junto a un club de lectura del que formo parte. Cada uno de nosotros vamos a enviar un ejemplar que va a pasar un mes con cada uno de los participantes hasta volver a manos de su destinatario original. Y yo inauguro con el libro de un autor que siempre he tenido muy claro que debía leer, y hasta ahora no había tenido la ocasión. Llevo años escuchando aquello de que Juan José Millás es uno de los pesos pesados de la literatura española actual, una de las mejores voces de las letras castellanas que aún siguen publicando, y esperemos que por muchos años. Así que, en cierta manera, me sentía obligada a leerlo. Y me alegro de haberlo hecho para comprobar si realmente es uno de nuestros grandes autores actuales, aunque no sé si lo he llevado a cabo con la mejor de sus obras.
El mismo día en el que cumple 18 años, Carlos recibe la noticia de que hace unas semanas ha muerto el padre al que nunca ha conocido, ya que los abandonó a él y a su madre cuando era muy pequeño. Heredero de su casa y de sus pertenencias, el joven poco a poco irá tomando control de las posesiones y de la vida del difunto. Para empezar, descubrirá que su progenitor fue un ávido lector, y que su última lectura antes de morir fueron los cuentos de los hermanos Grimm. Y que, además, escribió una extraña historia en la que confesaba ser el asesino de una niña en forma de mariposa. ¿Qué era verdad o mentira en ese relato? ¿Serán reales los viajes que hará Carlos a los cuentos de los Grimm, y que le servirán para conocer, literalmente, mejor a su padre? ¿Está la magia más cerca de lo que pensamos, escondida en los recovecos de nuestros hogares?
La mejor frase que creo que puede definir “Solo Humo” es que se trata de un cuento dentro de la vida cotidiana. Y no estoy completamente segura de que le haga justicia, porque es un libro extraño, no tanto en continente como en contenido. Esta lectura es un puñetazo a unas fronteras entre la realidad y la ficción que aparecen y desaparecen a capricho, que se expanden y se contraen para llevarnos a una disquisición sobre la literatura y lo que supone, a quiénes son los personajes que la pueblan y al papel del lector dentro de la misma por el simple hecho de ser. En un interesante, engañoso y extravagante ejercicio de metaliteratura, caprichoso y con tintes de espejismo, Juan José Millás nos invita a replantearnos el poder de las letras y su auténtica relevancia, defendiendo la idea de que las novelas tienen vida propia. Una vida que cobran gracias al poder que les insufla el lector al sumergirse en ellas, lo que les da una fuerza enorme y les convierte en señores de esa narración. Y para eso, el personaje principal, Carlos, deberá desdoblarse entre su yo de la realidad (un muchacho que con apenas 18 años entra en la adultez balanceado por la muerte de su padre) y un yo que se sumergirá en los cuentos de los hermanos Grimm, convirtiéndose en una especie de genio o pequeño dios dentro de estas historias; una presencia invisible que transita entre ellas y observa lo que acontece. Pero que, en un momento determinado, también puede manejarlas a voluntad. Y así, con este desdoblamiento, la novela se convierte en un cuento popular, en una historia costumbrista y en un ejemplo del coming-of-age.
Carlos entra en la adultez primero haciéndose dueño de los elementos que conformaban el puzle que todas las existencias humanas siempre son. En este caso, tomando los fragmentos que deja atrás un hombre que nunca conoció, pero al que le debe su ser. Al intentar suplir los huecos que la desaparición de la figura paterna dejó en sí mismo, el protagonista va descubriéndose a sí mismo y creciendo. Mientras trata de dilucidar qué hay de verdad o de mentira en el relato que su padre escribió antes de morir, comprueba cómo su realidad se tiñe de pinceladas, poco a poco más espesas, de fantasía; y empieza a hacer realidad muchas de las ensoñaciones de su progenitor para convertirlas en pilares de su propio mundo. También irá madurando y ganando experiencia, descubriendo su propia voz, manejando dudas y abriéndose al amor y la sexualidad. Y sobre todo, dejando atrás la inocencia de la niñez y adentrándose en el complejo y cruel mundo de los adultos. Y así, entre fantasía y realidad, el joven empezará a ajustar cuentas con un pasado que, pese a no existir, por eso mismo le ha pasado factura. Lentamente, nosotros, como lectores, veremos cómo los rencores, traumas y, sobre todo, el deseo de venganza, van convirtiéndose en algo cada vez más real dentro de su mente, en una suerte de retorcido, laberíntico y angustioso complejo de Edipo. Y es que, como es bien sabido, los cuentos de los Grimm son muchas cosas menos hermosas: historias llenas de buenos sentimientos, princesitas en apuros, héroes maravillosos y encantadora magia. Hay una gran carga psicológica en los cuentos de hadas; no son meras historias que existen para entretener, sino que tienen un fuerte fermento moral y educativo que nos permite entrever muchos aspectos psicológicos de gran interés en sus personajes o en el significado de los hechos que narran. Como por ejemplo el antagonismo entre padres e hijos, que es algo que, en cierta manera, forma parte del ADN humano: la necesidad de superar al que estuvo antes que tú, de justificarte y, a la vez, irónicamente, justificar tu propia existencia. En esta novela, Millás lo maneja con un argumento que se mueve a varias bandas; entre personajes que se desdoblan, otros que se reencarnan, sujetos que sirven de puente entre unos y otros, y criaturas que, como en las fábulas, aparecen inesperadamente para dar soluciones sencillas a problemas insospechados.
Esto hace que “Solo Humo” no solo sea una disquisición sobre el poder de la literatura y la complejidad que puede guardar una historia o el mero acto lector. También es una novela profundamente psicológica, con muchos huecos y espacios vacíos que caen sobre el lector por su propio peso, en la que todo puede parecer sencillo y tranquilo, pero en realidad esconde mucha carga emocional. Supone un salto hacia lo desconocido por parte de quien lee, hacia una propuesta que, pese a su aparente sencillez, tiene mucho que decir. Y mucho de esa narrativa no nos la va a dar el autor de una manera directa y lineal, sino que va a dejarla en nuestras manos. Y así, de la misma forma que Carlos se sumerge en las páginas de un viejo libro, el lector se convertirá en parte integrante de la narración al tener que rellenar muchos de estos vacíos y obligarse a decidir, en ciertos puntos, qué es lo que pasa en la historia y, sobre todo, qué es real y qué es ficción.
Y quizás, por esto, para mí la novela no ha terminado de cuajar del todo. Ya os decía antes que siento que no he empezado con Juan José Millás por el camino correcto. Durante toda la lectura, no he podido dejar de percibir que “Solo Humo” es esa clase de trabajo que un escritor compone después de muchos años y muchas publicaciones a sus espaldas, cuando ya tiene una horda de seguidores que conocen su bibliografía y los temas que más proliferan en ella. Cuando, en definitiva, tiene un mundo textual propio que no necesita ningún tipo de presentación. Y he ido a sumergirme en él cuando el camino está prácticamente recorrido, por lo que ha sido como empezar la casa por el tejado. Por eso siento que no he terminado de conectar con esta obra y que muchas cosas se han quedado para mí en el tintero.
Quiero pensar que es así, porque mi impresión con este libro es que le falta desarrollo. Mucho desarrollo. Me parece que parte de ina premisa muy interesante, potente y brillante por su sutileza, pero la trama me ha parecido que va a frenazos, que en muchos momentos es demasiado rápida y juega en exceso con el lector. Está claro que el autor busca un homenaje a los cuentos de hadas, no solo usándolos como parte integrante de la trama, sino también en la manera en que compone la narración, sobria y escueta, con los detalles suficientes para asentar el argumento. Pero para mí eso hace que ni las estupendas ideas ni los propios personajes terminen de estar plenamente desarrollados; y es que todos los caracteres que aparecen entre estas páginas me han dejado muy fría. No han tenido nada que me haya llamado la atención y me hubiera dado exactamente igual haberme encontrado o no con ellos en cualquier otra circunstancia. Y mira que la historia nos habla de temas tan atemporales como el amor, el deseo, las relaciones paternofiliales, el odio o la venganza. Pero todos me han parecido increíblemente planos para encontrar algo potable en ellos. Si me ha interesado “Solo Humo” ha sido por todo el engranaje metaliterario que había detrás y que, realmente, es lo que le da forma. Pero siento que no he podido disfrutarlo porque se me ha quedado en muy poquita cosa. Muchas veces me ha parecido que los planteamientos se sucedían de una manera bastante burda y sin sentido, o por lo menos me ha faltado que se potenciasen mucho más. De hecho, el final me ha parecido especialmente frustrante por la manera en que los acontecimientos se precipitan y Millás deja muchas cosas sin explicaciones, obligando al lector a hacerse su propia composición si no quiere quedarse en las tinieblas. No tengo ninguna duda de que es algo perfectamente planificado e intencionado por el autor. Pero a mí, que soy una lectora poco dada a estas sutilezas, lo que he leído por primera vez de él no solo me ha chocado, también ha hecho que cerrase el libro con la incómoda sensación de haberme perdido parte del juego; de haber estado fuera de la lectura y no haber podido, como Carlos, pasearme tranquilamente entre unos renglones que cobrasen vida. Por eso mismo, no he terminado de comprender este “Solo Humo”, y para mí se ha quedado en una buenísima idea desarrollada de una manera irregular y demasiado limitada. Sé que todos los autores, por más buenos que sean, siempre suelen tener alguna obra más mediocre. Pero me cuesta pensar que justo me haya iniciado con Millás con una de ellas. Desde luego, sería muy triste. Pero lo cierto es que cuando he cerrado el ejemplar, mis sensaciones han sido de que la idea es potente, pero su desarrollo se queda corto para mi gusto.
“Solo Humo” es un cuento sobre la realidad y el crecimiento que tiene sus propios ogros, sus castillos a conquistar, sus doncellas a enamorar y sus maldiciones que romper. Es la historia de un niño que se hace hombre macerado por el odio, el sentimiento de abandono y las ansias de venganza que eso genera. Pero también por el amor y el autodescubrimiento. Y por la manera en que aprende a vivir entre la realidad y los sueños; o mejor dicho, a hacer que sus sueños formen parte de la realidad. Todo esto apuntalado en las narrativas de su progenitor, que él acepta para conquistarlas y conseguir ese “y vivieron felices y comieron perdices” que siempre suele cerrar las fábulas y que tan esquivo es en la vida real. Es una historia que tenía todos los ingredientes para gustarme, pero que por desgracia me ha dejado absolutamente fría. No me ha desagradado del todo por lo interesante de su propuesta literaria, y solo por eso tiene tres estrellas; por lo tanto, no suspende. Pero siento que no he terminado de llegar a su núcleo emocional o de entender totalmente lo que nos quiere decir el autor. Todo lo que he expresado en esta reseña está muy cogido con pinzas, pues no he acabado de llegar a nada de lo que nos proponía este texto. Quizás no lo he captado porque no he sabido hacerlo. Quizás dentro de unos años vuelva a coger este libro y pueda saborearlo mejor. Quizás pueda descubrir todo lo bueno que tiene leyendo más a Juan José Millás. Demasiados “quizás” para que yo me sienta mínimamente satisfecha con esta lectura.