Leí por primera vez a Cristina Rivera Garza en el año 2007. Compré La muerte me da y lo compré porque me fascinó la portada. Nunca me he arrepentido de ese acto de superficialidad porque me encontré una especie de novela negra sobre hombres castrados y el sello del asesino eran fragmentos de Alejandra Pizarnik; desde esa primera lectura me envolvió la prosa tan poética, delicada, como el vuelo de un colibrí, que narraba, sin embargo, abismos mentales, brutalidad criminal. Lectura a lectura Cristina Rivera Garza se fue convirtiendo en mi escritora mexicana favorita. No es fácil de leer, algunas cosas son fragmentadas y caóticas, mezcla sin advertencia narración, ensayo, poesía, etnografía y hasta informe científico.
Para mi Verde Shanghai es una relectura: nunca significa lo mismo. Hay libros que son mutaciones, pero este si, tal vez porque cambio yo, o porque cambia el libro. Eso quisiera decir, que el Yo nunca es fijo. Eso quisiera decir que el Yo es un castillo de cristal que se quiebra sobre el pavimento, al menos eso es lo que le pasa a Marina Espinoza cuando sufre un accidente automovilístico; pareciera que basta la imagen de las ventanas rotas para abrir una grieta hacía la posibilidad de ser otra persona, Xian. Xian encarna pensamientos, deseos, memorias, que tal vez sean las de Marina, pero nunca explícitas. En ese sentido Xian jugaría un papel psicoanalítico de Ello, pero esa es una explicación demasiado simple como para ser definitiva. El juego de la alteridad está en la línea sanguínea, en el árbol genealógico.
El título Verde Shanghai hace alusión a un café (establecimiento) que está ubicado en el barrio chino de la ciudad de México. La novela va de eso: migración e identidad (de China al desierto mexicano hace muchos años) y de la subsistencia, al menos inconsciente y arquetípica en la línea sanguínea de millones de mexicanos. El barrio chino representa esa multiculturalidad del mexicano, porque no sólo se migra desde México sino también a México y son muchas las culturas que han venido a enriquecer aún más la cultura mexicana.
Entonces la novela es caótica y fragmentada, como estamos en la cabeza de Marina, recordemos que todo el tiempo debemos tener la sensación de haber chocado, todo es confuso, difuminado; el golpe sirve para despertar, para ver entre otras cosas la monotonía de la existencia y buscar algo más, una parte más profunda, poética. No diría que Xian es un alterego, yo diría que es parte de la misma sustancia, de la misma carne que Marina, pero el golpe sirve para sacudirnos y reconstruir, como vidrios en el suelo, esos pedacitos de nuestra existencia. ¿Somos los pedacitos o somos el vidrio entero? Hay muchas preguntas sobre herencias genéticas, memorias y realidades alternativas que abre la brillante y siempre poética pluma de Cristina Rivera Garza. Cualquier cosa que yo diga es poco. Sólo espero que le den una oportunidad a esta (según las redes sociales) candidata al nobel de literatura 2026.