No había vuelto a Lope de Vega desde las lecturas obligadas del bachillerato (recuerdo lejanamente haber leído “Fuenteovejuna” a los catorce años y “El caballero de Olmedo”, un poco más tarde). A mis cincuenta y muchos he vuelto a Lope y, antes de releer las obras citadas, he comenzado con “El castigo sin venganza”, obra ya de senectud (escrita pocos años antes de su muerte).
Debo confesar que me ha resultado una lectura bastante dificultosa. He necesitado una tarde para cada uno de los actos. La he leído muy despaciosamente y he tenido que releerla continuamente pues esta obra en verso está llena de pasajes oscuros que en una primera lectura te dejan frío y un poco a cuadros y tras releerlos varias veces, desentrañas su sentido (al menos parcialmente). La obra está llena de citas eruditas (personajes bíblicos y de la Antigüedad grecolatina) y a quien no le sean familiares puede necesitar una edición anotada. La edición que he manejado, la clásica de Cátedra Letras Hispánicas, cumple, aunque peca de un exceso de erudición, es demasiado académica y filológica y abruman muchas de las notas a pie de página. Echo en falta que esta edición crítica diera una explicación (aunque fuera aventurada) a los pasajes oscuros.
La obra nos cuenta una historia trágica extraída de una novela italiana de Matteo Bandello, aunque con variantes respecto al original. Lope, como Shakespeare o Sófocles, no pretendía ser original. Utiliza un argumento conocido para montar su tragedia. Aquí el argumento (Atención spoiler) es el típico de hijastro enamorado de madrastra. Es similar a la historia de Fedra e Hipólito, aunque con los papeles invertidos. El enamorado aquí es el hijastro (Conde Federico) y la madrastra (Casandra) cae también en el incesto en un momento de ausencia del duque de Ferrara (su marido). El incesto aquí es sólo legal, no de sangre. Los dos enamorados adúlteros e incestuosos son jóvenes de similar edad y el marido es un duque disoluto y vicioso que se casa para sentar la cabeza ya en su madurez tardía.
No falta en esta tragedia, como es habitual en el teatro del siglo de Oro español, la figura del gracioso (Batín) que más que gracioso es observador e ingenioso.
La obra está llena de sutileza y de versos brillantes y sentenciosos: "quien gobierna, si quiere saber su estado, /cómo es temido o amado, /deje la lisonja tierna del crïado adulador,/ y disfrazado, de noche,/ en traje humilde o en coche,/ salga a saber su valor; /que algunos emperadores / se valieron de este engaño.”
Contiene también una reflexión tardía del viejo dramaturgo sobre la comedia: "es la comedia un espejo, / en que el necio, el sabio, el viejo, / el mozo, el fuerte, el gallardo, /el rey, el gobernador, la doncella,/ la casada, siendo al ejemplo escuchada / de la vida y del honor, /retrata nuestras costumbres,/ o livianas o severas, /mezclando burlas y veras, /donaires y pesadumbres."
En efecto: la idea de la comedia o de la literatura en general como espejo de costumbres es bastante clásica.