1001 Libros que hay que leer antes de morir: N.º 199 de 1001
Decía Piglia en Respiración artificial por boca de sus personajes que, a principios del siglo XX, en Argentina se desarrollan dos tendencias, dos formas de entender y abordar el oficio literario: la iniciada por Leopoldo Lugones, poeta nacional y custodio de la pureza del lenguaje castellano, o la iniciada por Roberto Arlt, pluma lumpen y obrera que reflejaba la babel suburbial sin pararse en elevadas sutilezas. En esa pugna, Ricardo Güiraldes no miró a derecha o izquierda, sino hacia atrás, que es igual que decir hacia el sur, al fundacional Martin Fierro, y le dijo a toda la Argentina: sujatame el fernet.
Don Segundo Sombra es un título mentiroso, como los que le gustaba a Umberto Eco. Del mismo modo que los Tres Mosqueteros cuenta la historia de un cuarto, D'Artagnan, esta novela trata sobre un joven huérfano, Fabio Cáceres, que, cansado de malvivir en la casa de sus tías maltratadoras y de ser el mono de feria del pueblo, un día ve al gaucho don Segundo Sombra en acción, es decir, sacando a pasear la chaira para aleccionar a un importuno sobre los peligros de la mala educación o la falta de prudencia. Y es que en momento en que el adolescente Cáceres ve el brillo del acera y el seco estoicismo del gaucho se dice así mismo: ahí está un tio, y con él voy a estar yo.
Esta es la historia, en líneas generales, de Fabio Cáceres, un rito iniciático por la pampa, el paso de un joven sin oficio ni beneficio a un hombre rústico y curtido por las dificultades. La novela sigue los años de educación esteparia del huerfano y las muchas vicisitudes que deberá enfrentar hasta igualar a su maestro, Don Segundo Sombra, y es con estas distintas vicisitudes que Güiraldes nos va instruyendo a nosotros, el lector, sobre qué es madurar.
Otra particularidad de la novela es el lenguaje en que se expresan sus personajes. Al igual que hicieran otros regionalistas como José María de Pereda o Juan Ramón Jiménez, Güiraldes recrea los acentos y singularidades expresivas de los gauchos. Esto significa que no se limita a poblar los diálogos de localismos, sino que busca transcribir el léxico de manera exacta; decisión estilística que muchos consideran dota de mayor realismo a la narración, pero que siempre he sentido una entelequia folclórica, pues el acento, si bien en líneas generales puede recrearse, consta de tantas particularidades locales e individuales que vuelven cualquier recreación excesivamente reduccionista. Por ejemplo, Juan Ramón Jiménez en Platero y yo plasma el acento andaluz tomando solo ciertas particularidades del mismo que en absoluto reflejan su riqueza real. Para esto, siempre he considerado más adecuada una buena descripción del modo de hablar antes que caer trampantojos que solo entorpecen innecesariamente la lectura. Y que conste que esto lo digo como andaluz.
Poco a poco voy leyendo las grandes novelas de la literatura argentina. Supongo que la siguiente parada lógica debería ser el Martín Fierro.