Caperucita Roja por Kazuo Ishiguro
Si Ishiguro hubiese escrito Caperucita Roja, sería una novela narrada en primera persona por la madre de Caperucita mucho tiempo después del incidente con el lobo. Madre e hija estarían distanciadas y todo giraría en torno al impacto del episodio del lobo en la vida de la madre, si bien ella solo haría alusiones veladas al asunto y jamás enfrentaría directamente sus sentimientos al respecto —principalmente: culpa por haber mandado sola a Caperucita a casa de la abuelita—, de manera que el lector no acabaría de tener claro qué/cuánto sabe la madre sobre lo ocurrido entre Caperucita y el lobo. Sin embargo, en sus conversaciones con otros personajes la madre no dejaría de percibir indirectas a su papel en el caso —aunque en realidad sus interlocutores solo le estuviesen hablando del precio de la miel— y trataría de justificarse en la narración para ofrecer una imagen positiva de sí misma, sin conseguirlo del todo.
El lobo sería nazi (o un agente de algún tipo de régimen totalitario).
Caperucita Roja por Henry James
Si Henry James hubiese escrito Caperucita Roja, la protagonista habría sido una americana que inicia una relación sentimental con el lobo, un vividor europeo, francés o italiano. El narrador no dejaría de insistir en las elevadísimas cualidades morales de Caperucita pero sin dar muestra alguna de las mismas, más allá de una cierta tendencia al idealismo. El lobo, por su parte, estaría profusamente caracterizado como alguien interesado y concupisciente. El narrador daría vueltas y más vueltas en torno a los entendidos, sobrentendidos y malentendidos de su relación eludiendo plantear el conflicto subyacente de manera directa: Caperucita cree en la fidelidad conyugal y el lobo no. La abuela de Caperucita sería una mujer chismosa y vulgar que ayudaría al lobo en sus propósitos de conquista. Sobre la narración planearía el misterio de por qué Caperucita, tan virtuosa ella, se deja embaucar por el lobo, cuando el resto de los personajes calan al lobo a la primera. Al final Caperucita abriría los ojos a la verdadera naturaleza del lobo y se tomaría algún tipo de venganza discreta como, por ejemplo, darle a entender que ya no le quiere.
Caperucita Roja por Edith Nesbit
Si Edith Nesbit hubiese escrito Caperucita Roja, la narradora sería la propia Caperucita. Al inicio del relato nos advertiría que va a tratar de contar la historia de manera tan clara como le permitan sus facultades, a pesar de que todavía no está segura de cómo interpretar lo sucedido. El lobo sería un joven misterioso pero agradable que se cruza con Caperucita y que dice estar de camino a casa de una vieja amiga (¿la abuela de Caperucita?) a la que no ha visto en años. La abuela sería una anciana muy serena que, sin embargo, Caperucita encontraría ese día presa de los nervios, convencida de que un joven que acaba de ver por la ventana es idéntico a un pretendiente que ella tuvo en sus años mozos, muerto justo 50 años atrás. Sin el menor aspaviento retórico, con ánimo racionalista, Caperucita contaría cómo por la noche va empeorando el estado de su abuela hasta llegar a un punto en que empieza a repetir insistentemente que el joven, de algún modo, ha conseguido entrar en la casa. Caperucita decide recorrer todas las habitaciones con su abuela para comprobar que no hay nadie y conseguir que se calme. Terminan el recorrido sin percibir nada sospechoso, Caperucita deja a su abuela sentada en el salón mientras va a la cocina a buscar algo de comer y, al volver al salón, cree ver una silueta masculina erguida en la penumbra delante de su abuela, pero al acercarse descubre que en realidad su abuela está sola, muerta. A su lado, sobre la mesa, una vieja carta amarillenta en la que un pretendiente rechazado anuncia su suicidio y se despide: "Te esperaré, mi amor".
Caperucita Roja por Marjorie Bowen
Si Marjorie Bowen hubiese escrito Caperucita Roja el protagonista sería el lobo, un caballero de vida disoluta. El cuento estaría ambientado en un pueblo perdido de la campiña inglesa, en un día frío, oscuro y neblinoso. El lobo se enamoraría de Caperucita a primera vista. Durante la conversación, Caperucita dejaría caer que vive sola con su abuela y señalaría la localización de su casa, por la zona de Witch Peak. Algo más tarde el lobo decidiría ir a casa de Caperucita. Allí se encontraría a la abuela sola y le sorprendería descubrir que no es una anciana decrépita sino una señora madura de buen ver que lo recibe con algo más que hospitalidad. Después de beber juntos un rato, la abuela se retiraría un momento a su habitación, pero tardaría tanto en volver que el lobo iría en su busca. La habitación de la abuela estaría en penumbra, el lobo vería el bulto de la abuela en la cama y decidiría meterse con ella para combatir el frío. En ese momento entraría Caperucita en la habitación con una vela, se acercaría a la cama, el lobo se frotaría las manos (metafóricamente) pensando que Caperucita también viene a refugiarse del frío pero a la luz de la vela el lobo vería que lo que tiene a su lado en la cama es el cadáver de una anciana horrible. Saldría huyendo de allí y el primer campesino que se cruzaste en su camino le explicaría que por allí hay una casa en la que se dice que vivía una bruja.
Caperucita Roja por Deborah Eisenberg
Si Deborah Eisenberg hubiese escrito Caperucita Roja, la protagonista sería un muchacha del Midwest de los EEUU que viaja al Eastern para visitar a su abuela materna antes de comenzar su primer curso en un prestigioso college de la Ivy League donde su abuela solía dar clase antes de retirarse.
El lobo sería un alumno mayor del mismo college que Caperucita conoce durante el viaje y con quien cree tener un momento especial de conexión tácita que le hace albergar esperanzas sentimentales.
La narración estaría trufada de flashbacks desordenados e impresionistas para explicar al lector que Caperucita proviene de un entorno que no satisface sus inquietudes intelectuales, que sueña con realizarse plenamente como persona en la universidad para adquirir un brillo similar al de su abuela (la mujer más sofisticada que conoce) y no acabar como su madre (sepultada en la mediocridad provinciana), aunque eso signifique cortar los lazos con su infancia y con sus amigos del pueblo, a los que recuerda con cariño culpable.
El encuentro con su abuela sería el punto álgido de su ilusión pero poco a poco, durante la conversación posterior, Caperucita empezaría a percibir pequeñas discordancias entre sus expectativas y la realidad.
En el climax del cuento, la abuela, después de oír el relato del encuentro entre Caperucita y el lobo, aconsejaría a Caperucita que no se deje embaucar por el primer seductor de medio pelo que se cruce en su camino si no quiere acabar como la pánfila de su madre. Consejo que afectaría enormemente a Caperucita.
Sin embargo, a pesar de la insistencia con que la narración nos habría ido explicando cómo se siente la protagonista con respecto a todo, el cuento terminaría con un gesto de Caperucita suficientemente ambiguo como para que resulte imposible tener claro si en ese momento se siente más cerca de su madre, de su abuela, del lobo o de ninguno de los tres.
Caperucita Roja por Quim Monzó
Si Quim Monzó hubiese escrito Caperucita Roja, Caperucita sería una estudiante universitaria ambiciosa y arribista; el lobo, uno de sus profesores, un hombre bastante mayor, un viejo. Los dos se encontrarían una noche en un bar casualmente, el lobo le tiraría los tejos a Caperucita y Caperucita alimentaría el flirteo pensando únicamente en su interés curricular.
Esa noche no pasarían a mayores pero en adelante el lobo no dejaría de hacer avances en cualquier contexto para intentar estrechar su relación. Caperucita jugaría a dar un paso adelante y dos pasos atrás, sin comprometerse, hasta llegar a un punto en que seguir eludiendo la cama del lobo podría poner en riesgo sus objetivos.
Así las cosas, poco antes de un examen especialmente difícil de la asignatura del lobo, Caperucita decide visitar a su abuela para pedirle consejo y, oh sorpresa, en la casa de su abuela se encuentra al lobo. La abuela lo presenta como un amigo especial, dejando clara una intimidad sexual entre ellos. Caperucita le explica a su abuela que ella y el lobo ya se conocen y se muestra muy cordial durante toda la velada sin dejar traslucir que entre ella y el lobo pueda haber nada más que una mera relación de profesor-alumna. El lobo opta por hacer lo mismo. En un aparte, Caperucita le comenta a su abuela lo feliz que le hace saber que ha encontrado a alguien especial. Y en ese momento (el único en toda la historia) Caperucita no miente: no puede dejar de sonreír porque sabe que ante ella se acaba de abrir un brillante camino de éxito y castidad.
Caperucita Roja por James Salter
Si James Salter hubiese escrito Caperucita Roja, el protagonista sería el lobo, un hombre maduro pero juvenil felizmente casado con una marchante de arte muy bella y sofisticada en su juventud que ha ido engordando con la edad. Caperucita sería una jovencita de lustrosa melena, cuerpo firme y piel suave que entra a trabajar en la galería de la esposa del lobo.
En la inauguración de una exposición muy exitosa, el lobo y Caperucita tendrían ocasión de quedarse a solas en un despacho, se darían cuenta casi con sorpresa de su atracción mutua y darían comienzo a una relación de amantes furtivos. Durante una larga temporada tendrían encuentros a escondidas sin plantearse cambiar la situación.
Pero una noche, en una fiesta de la galería, Caperucita recibe una llamada de su abuela: después de cenar la anciana se ha empezado a encontrar enferma y no sabe si puede ser algo grave. Muy preocupada, Caperucita se lo cuenta a la esposa del lobo y enseguida se decide que el lobo llevará a Caperucita a la casa de la abuela. Cuando llegan, la abuela les dice que se encuentra mucho mejor, le quita importancia al episodio y se retira a su dormitorio. El lobo y Caperucita deciden esperar un poco, se toman unas copas, Caperucita se desabrocha la blusa porque tiene calor, el lobo lo toma como una invitación y acaban teniendo sexo (más placentero que nunca para el lobo) en la habitación de invitados. Al terminar, Caperucita va al baño, pasa por el dormitorio de la abuela y descubre que esta acaba de fallecer. Entre el personal sanitario que acude a la casa, un joven médico se muestra especialmente amable con Caperucita.
A partir de ese día, Caperucita ya no quiere seguir viendo al lobo y deja el trabajo. El lobo no acaba de entender por qué, sufre. Un año después, el lobo se encuentra a Caperucita y al médico juntos por la calle. Ella presenta al médico como su marido. El médico apenas puede reconocer al lobo, solo ve a un hombre derrotado que ha perdido todo rastro de juventud.
Caperucita Roja por Samanta Schweblin
Si Samanta Schweblin hubiese escrito Caperucita Roja, la narradora sería la propia Caperucita, ya de adulta. Hacia el principio, Caperucita haría referencia a "lo que pasó con la abuela" y, por un cierto tono de familiaridad gélida con la desgracia, los lectores sospecharíamos que nada bueno le debió de pasar a la abuela y que toda la existencia de Caperucita está marcada por ese hecho de un modo que tendremos que dilucidar a partir su relato.
Caperucita nos contaría que un día, de pequeña, fue a visitar a su abuela a la urbanización privada de la periferia donde la anciana había decidido retirarse. Su madre, que se llevaba mal con la abuela por motivos no demasiado claros, había dejado a Caperucita en la entrada de la urbanización y le había dicho que pasaría a recogerla más tarde, cuando terminase las compras en el centro comercial de la zona.
De camino a la casa de la abuela, en una de las solitarias calles de la urbanización, Caperucita se habría topado cara a cara con un perro callejero enorme. Más que miedo (aunque también miedo), Caperucita habría sentido curiosidad, como si intuyese que el perro callejero enorme tenía algo importante que decirle. Pero el perro callejero enorme se había dado la vuelta sin decir nada hasta perderse de vista en una de las parcelas.
Ya en la casa, Caperucita encuentra a su abuela más torpe de lo habitual: se despista, divaga, deja las frases a medias, olvida lo que estaba haciendo, se le cae un plato. Caperucita siente lástima, no entiende por qué su abuela vive sola en un sitio tan apartado, y aborda el tema de la relación entre la abuela y la madre. Qué pasó entre ellas. La abuela hace dos o tres alusiones oscuras, difícilmente inteligibles, pero que dejan entrever que se arrepiente de algo. Menciona un muñequito con forma de conejo que le gustaba a la madre.
Y entonces ocurre: la abuela tiene un accidente doméstico. Se cae de una silla mientras busca en lo alto de un armario una caja llena de recuerdos.
La abuela le pide a Caperucita que avise a un vecino, Caperucita sale a la calle corriendo y justo en la entrada de la parcela ecuentra al perro callejero enorme mirando fijamente hacia la casa como si supiese que está tocada por la adversidad. Caperucita pasa al lado del animal temerosa, corre a la casa del vecino y llama al timbre. El vecino tarda pero finalmente abre, se hace cargo de la situación, acompaña a Caperucita —el perro callejero enorme ya no está— y entra en la casa de la abuela.
Caperucita se queda fuera, tiene miedo de entrar. Mientras espera allí indecisa, el perro callejero enorme sale de la casa de la abuela. Lleva algo entre las fauces, no se alcanza a ver qué es. Mira a Caperucita, baja la cabeza como si la saludase y desaparece en la oscuridad llevándose lo que sea que lleve entre las fauces. Por el mismo sitio por donde desaparece el perro, aparece de pronto la madre de Caperucita, lleva en las manos un muñequito con forma de conejo, en la cara un gesto de sorpresa y triunfo. Esa noche la abuela muere en el hospital.
Caperucita Roja por Jon Bilbao
Si Jon Bilbao hubiese escrito Caperucita Roja, la protagonista sería la abuela de Caperucita y la historia empezaría meses antes de la visita de su nieta, coincidiendo con la llegada de un nuevo vecino a la casa de al lado: el lobo, un hombre soltero, diez años más joven que la abuela, que desde el primer momento desplegaría un atractivo inquietante, entre la coquetería y la depredación, con un cierto regusto a peligro.
La abuela, muerta de curiosidad, se entregaría al espionaje. Un espionaje gozoso y revitalizador, apenas culpable, que en ocasiones la haría correr el riesgo de ser descubierta.
Un día la abuela vería al lobo con una amante, una mujer madura, no mucho más joven que la propia abuela. Otro día escucharía una conversación subida de tono entre el lobo y otra amante que revelería el gusto del lobo por prácticas sexuales sadomasoquistas. Tiempo después la abuela descubriría que el lobo tiene una serpiente como mascota y que la alimenta con ratoncitos vivos. Una tarde el lobo se presentaría en casa de la abuela con una excusa poco creíble, forzando la confianza, tendrían una conversación cordial y a partir de ese momento las visitas se harían cada vez más frecuentes, ya sin excusas. La abuela empezaría a ir con más frecuencia a la peluquería y se compraría ropa nueva, después de años de usar siempre la misma. A veces, en esas conversaciones el lobo preguntaría a la abuela por Caperucita: hay fotos de la adolescente por toda la casa.
Una noche la abuela notaría un movimiento sigiloso bajo un radiador; al acercarse, descubriría con horror que se trata de la serpiente del lobo. Aquí seguiría una escena espeluznante en la que, tras muchos esfuerzos, la abuela conseguiría matar a la serpiente. Al día siguiente el lobo se presentaría en casa de la abuela preguntando por su mascota, la abuela no se atrevería a revelar la verdad pero el lobo parecería intuir que la anciana le está mintiendo. La conversación derivaría extrañamente hacia algo así como una insinuación sexual, un tanto violenta, por parte del lobo y entonces la abuela lo echaría de casa. El lobo se iría sonriendo.
Y entonces llega el día de la visita de Caperucita Roja. Antes de entrar en la casa de su abuela, Caperucita se encuentra con el lobo en la calle y hablan un rato; la abuela los ve desde una ventana, sale dispuesta a cortar la conversación pero cuando llega el lobo y Caperucita ya se están despidiendo. Después de comer, mientras Caperucita y la abuela están viendo una película, llaman a la puerta. El lobo. Todo se vuelve muy tenso a partir de aquí. La conversación del lobo tiene un tono amable pero está trufada de comentarios inconvenientes y bromas desafortunadas; habla de su serpiente. La abuela se ausenta de la sala un momento y a la vuelta descubre al lobo muy pegado a Caperucita enseñándole algo en el móvil. La adolescente sonríe exagerando su horror. Sin mediar palabra, la abuela le pega un bofetón al lobo. El lobo agarra a la abuela por la muñeca, la tira al suelo y le da una patada en el estómago. Caperucita, gritando con todas sus fuerzas, empuja al lobo para alejarlo de su abuela. El lobo se recoloca la ropa y se va. Mientras Caperucita ayuda a su abuela a levantarse y la atiende, la abuela toma una decisión en silencio: al día siguiente dejará en el buzón del lobo la cabeza de la serpiente.