El río Atrato corre pesado y brillante, lleno de secretos y memorias, atravesando la selva del Chocó y la vida de quienes habitan sus riberas. La autora teje un viaje que es a la vez geográfico, emocional e histórico, una madre adoptiva y su hijo atraviesan un territorio donde el agua es sustento y amenaza, donde cada curva del río lleva consigo la tensión de lo inevitable.
La narradora, blanca, asume un rol que no le fue dado por la biología pero sí por la vida, cuidar de un niño negro con ternura absoluta, con miedo, con humor y con paciencia infinita. Cada pregunta del niño, cada gesto, cada comentario inocente abre un espacio de reflexión sobre la maternidad, la pertenencia y el amor que no se mide por la sangre. “Una madre es una cáscara. Guarda la semilla, cubre, protege, se abre para que salga el fruto. La madre tiene al hijo adentro, el hijo tiene a la madre alrededor”. Esa poesía del cuidado se extiende más allá del vínculo materno, abraza a la comunidad, la selva, el río y la memoria de un territorio marcado por la violencia y el abandono.
El Chocó, en la novela, respira con sus habitantes. Sus pueblos, sus rituales, su música y su cotidianidad emergen con una intensidad sensorial que hace visibles lo que muchas veces ha permanecido oculto. Los nombres de los pueblos, los cantos, los alabaos, los colores de las casas y de la vegetación crean un ritmo propio, un tejido que enlaza la naturaleza, la memoria y los cuerpos. La violencia política no se explica, se percibe en la sombra, en el rumor de los hombres armados, en la fragilidad de la vida cotidiana. Y sin embargo, la solidaridad de la comunidad, los pequeños actos de cuidado, los rituales compartidos, iluminan esa oscuridad con un gesto de humanidad que no se pronuncia pero se siente.
El viaje es también un tránsito hacia el desapego y la aceptación, hacia la conciencia de que el amor no siempre retiene, sino que acompaña, protege y deja ir. La novela combina ternura y tragedia, belleza y crueldad, en una cadencia que se parece al río, profunda, serena, inquietante, imparable. Lorena Salazar logra una prosa que es musicalidad, luz y sombra, memoria y afecto, y me deja con la sensación de haber viajado junto a esos personajes, de haber sentido su miedo, su humor, su cuidado y su amor.