El comienzo de la novela es muy bueno. Ese pequeño primer capítulo da luces sobre todo lo demás: el imaginario del pan, los riesgos laborales, la austeridad afectiva y material, las relaciones de la familia. Toda esta escena, a través de un lenguaje crudo, servirá para articular el trauma que el protagonista mantendrá obsesivamente en sus pensamientos. Luego la novela se vuelve algo repetitiva, entramando descripciones extensas del trabajo y su universo, con las dinámicas familiares.
La novela transparenta en todo momento sus propósitos discursivos: hablar del trabajo precarizado y cómo este mutila, mata y succiona la vida, directa o indirectamente. Esa relación entre lo suave y lo orgánico (la masa, los cuerpos, la carne) con lo duro (el trabajo, la maquinaria, las turbinas) le da profundidad al relato y lo moviliza. La creación de mundo es muy buena.
Ahora bien, en la mitad me pareció que la trama se estancó. Las acciones fueron reemplazadas por cierto fetiche descriptivo, el cual, aunque hipnótico, le restó ritmo a la novela. También, la fuerza testimonial, construida a partir de las vivencias de los personajes, a veces era reemplazada por una retórica discursiva que "explicaba en vez de mostrar". Definitivamente sentí que nunca recuperó la intensidad del principio. Solo hacia el final, cuando las dinámicas familiares comienzan a decantar, el relato vuelve a tomar vigor. En general me gustó, pero quería más.