Deliciosamente irónico, perturbadoramente verídico.
Cuando hablamos de economía y mujeres es probable que se nos venga a la cabeza el problema de la aún enorme (y siempre absurda) brecha salarial entre géneros; o quizás pensemos sin dudarlo en la inexplicable ausencia de una remuneración adecuada o al menos de la cuantificación del indispensable trabajo de cuidado que realiza más del 50% de la población, mujeres en su inmensa mayoría.
Pero esas dos problemáticas son solo la punta de un perturbador iceberg social. Un monstruo de carácter ideológico al que llamamos economía; una ciencia a caballo entre las matemáticas y las artes adivinatorias que goza de un extraordinario prestigio social, en parte, precisamente, porque se vende como una ciencia exacta sin serlo completamente; en parte, por otro lado, porque se ha convertido en el lenguaje en el que están escritos los libros sagrados de la religión del mercado.
Pero la economía, con su increíble prestigio social tiene un profundo defecto (el lado sumergido del iceberg): excluyó desde su concepción misma a las mujeres y todo lo que ellas representan. Ha sido construída y puesta en práctica pensando en un único género: el género del Homo economicus.
En este libro, la feminista, periodista, analista económica y política, Katrine Marçal, nos lleva a un viaje de exploración de esa parte sumergida del iceberg de la economía. Usando datos y ejemplos tomados de la vida real, citas a los textos fundacionales de la economía, incluso parábolas y algunas citas literarias, pero aún mejor, una buena dosis de ironía capaz de amplificar el absurdo y poner en evidencia los defectos evidentes del pensamiento económico, Katrine va construyendo el perfil del Homo economicus.
Lo que aparece ante nuestros ojos a medida que avanza el libro es simplemente increíble.
Todo empieza, nos cuenta Katrine, con la casi total ausencia de una mención en las primeras teorías económica al trabajo de cuidado las mujeres; trabajo que permitió que esas ideas surgieran en primer lugar (de allí el título del libro). Se refiere la autora, por supuesto, al trabajo de madres y esposas que cuidaron de los hombres que, como Adam Smith, escribieron los primeros libros de economía. Mujeres sin las cuales ninguna de esas ideas habría visto la luz, o por lo menos no lo habría hecho de la mano de esos hombres. Y lo que aplica en este caso a la economía, agregó yo, se podría extender a la física, a la química, a la ingenierías, a la biología, etc.; casos en los que también podríamos preguntarnos quién le hacía la cena a Isaac Newton, Antoine Lavoisier, Sadi Carnot o Charles Darwin.
El agravante con la economía es que se precia de ser la ciencia sobre cómo funciona el mundo de los humanos ("la ética nos dice cómo queremos que el mundo funcione, mientras la economía nos dice cómo funciona realmente", nos recuerda con no poca ironía la autora). La economía nos dice cómo se producen las cosas y se les asigna un valor y como esas cosas y ese valor fluye entre nosotros. Esta ciencia tan importante comenzó despreciando el trabajo de las mujeres, el trabajo del sexo invisible, del sexo alterno al "único sexo" (este es el título del libro en su lengua original - sueco).
Pero no todo se reduce por supuesto a pensar en la contribución olvidada de la mamá de Adam Smith y el trabajo de cuidado de millones de mujeres que apuntalaron el mundo moderno sin ser debidamente reconocidas.
A continuación, Katrine ahonda en muchos otros aspectos de las ciencias económicas, aspectos en los que queda de relieve el hecho de que estamos ante una ciencia construída a imagen y semejanza de los hombres. O por lo menos una ciencia que asume que todos sus actores somos imágenes imperfectas de un tipo de individuo aparentemente asexuado, el Homo economicus, como lo llama Katrine. Un individuo idealizado que tiene casualmente y como apunta muy acertadamente su autora, todas las características que identificamos actualmente con los hombres: es racional, competitivo, objetivo - no se deja llevar por emociones - busca su propio beneficio, es solitario, independiente, se guía por el sentido común, no tiene hormonas, no llora, no limpia, no lava, no cuida, no tiene cuerpo (¡!) etc. Un "hombre" en toda regla.
Los capítulos se suceden uno tras otro con sugestivos títulos: "En el que nos presentan al hombre económico y vemos lo tremendamente seductor que es", "En el que añadimos a las mujeres a la mezcla y agitamos", "En el que advertimos que los hombres tampoco son como el hombre económico", "En el que descubrimos que el protagonista del gran relato contemporáneo tiene un único sexo". La mayoría comienzan con una historia, a veces una fábula o una parábola, que hace de introducción perfecta para la argumentación mejor fundamentada que sigue.
Ningún tema parece quedarse por fuera: el trabajo de cuidado, la desigualdad salarial, la religión del mercado, el útero femenino como una nave espacial para transportar los futuros consumidores, la mujer como máquina reproductora de la economía, la pobreza mundial - que es femenina en su inmensa mayoría, lo absurdo de un consumo ilimitado, de un crecimiento ilimitado, la economía de las mujeres migrantes, la historia del desastroso neoliberalismo, el cuerpo en la economía, las emociones en la economía, etc.
Un buen criterio para saber si un libro es bueno es midiendo el grado en el que puede cambiarte. Aunque es temprano para saberlo, siento que el libro me ha cambiado. Leyendo a Katrine me identifique, como hombre privilegiado del patriarcado que soy (algo que descubrí también leyendo a otras autoras), con muchas de las ideas de la economía ácidamente criticadas por la autora; me sentí abiertamente imitando el modelo del Homo economicus o mejor me di cuenta que yo mismo actúo y pienso muchas veces como la peor versión de es individuo idealizado de la economía.
Un aspecto particular en el que me ha hecho reflexionar este libro es en el tema de la dependencia. Siempre me he preciado de ser un individuo independiente y de cómo eso me hace "mejor" a muchos otros (hombres y mujeres). He despreciado abiertamente a personas que son por elección o por accidente muy dependientes de los demás llamándolos en momentos de rabia y a veces sin ella, "parásitos".
Leyendo a Katrine me doy cuenta claramente de mi error (tal vez no era necesario leer un libro, bastaba con escuchar a mi esposa, a mis hijos, a mis amigos): yo soy tan dependiente como todos ellos. Estoy aquí escribiendo una reseña, pude leer tranquilo este libro, tuve dinero libre suficiente para comprarlo, mientras decenas de personas trabajan para que yo no me ocupará de garantizar los recursos que necesito para hacerlo (agua, energía, cuidado). Entre todas ellas esta mi esposa - quién descubrió este libro en primer lugar y me lo presto - sin ella no lo habría leído en primer lugar - y que además me preparo la cena mientras escribía la reseña. Soy el Homo economicus de Katrine y no lo sabía.
¿Pero saberlo me hará mejor?. Tal vez no pero por algo se empieza. Quizás en lo que me queda de vida no logre dejar de ser el Homo economicus en el que me he convertido; pero saberlo y hablar de ello puede hacer mejor a otros que están comenzando (incluyendo mis hijos y estudiantes).
"¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?" es un buen libro de economía en código femenino. Una crítica bien informada a una ciencia muy respetada, que en momentos de una profunda crisis planetaria debería reformarse radicalmente escuchando las voces de las mujeres. Un libro lleno de ideas novedosas y diferentes (esto es lo que encuentro más atractivo de leer libros de feminismos) que de tomarse realmente en serio podrían cambiar el curso de la historia.
No hay excusa para leer ahora mismo este libro.