En un curioso prólogo, el propio autor lo dice: no es su mejor obra, pero sí es una obra efectiva, abocada al éxito, escrita en un momento en el que lo necesitaba.
Adolece, no obstante, de excesiva sencillez. Algunos elementos son metidos con calzador, resultan forzados y bastos. Pero no hay duda de que hay mucha razón en esa aproximación del prólogo. La obra sigue al pie de la letra el paradigma hollywoodiense: él mismo se envanece de ello. Tiene cierto ritmo, buen planteamiento y un clímax final (al clímax apuesta Poncela todo).
Pero basta, no hay más que rascar. Si lo pienso un poco incluso me enfada que se ofrezca al público material que requiera de ellos tan poco intelecto. A pesar del supuesto tratamiento novedoso, los chistes son burdos y evidentes, los personajes maniqueos y el humor lo busca a menudo en el viejo truco de reírse de los paletos, del habla barriobajera y la torpeza de los ladrones y de los criados. Uno de los chistes incluso me molestó por encima de todos, en el que dos personajes hacen llorar a una criada (por demás insoportable), con el único motivo de hacer reír al público. Hoy día podría considerarse incluso violencia de género, pero la verdadera violencia es contra el espectador (lector en mi caso). El final es un enredo patrio de muy señor mío. Todos corriendo de acá para allá, trivializándolo todo, soltando morcillas a diestro y siniestro... Y un final... A pesar de todo lo que he dicho sobre los conocimientos de Poncela, se lo salta todo a la torera. Por no destripar a nadie el final diré simplemente que se lo saca de la nada, que bien podía haber sido eso o cualquier otra cosa, y la verdad, a esas alturas, ya no había nada que lo levantara.
Creo sinceramente que en los 40-50 había mejores plumas en este país (represión mediante), y que incluso el siglo anterior deparó mejores historias. Esta obra no es más que pasto para el ganado. Si se quiere adocenar al personal e impedir que piense, llenen los teatros de obras como esta.