Dramón trágico al uso de la época, finales del siglo XIX. En la Italia del reinado de Umberto de Saboya, Chelli disecciona con afilado bisturí en sus entresijos una sociedad de antidiluvianos usos burocráticos, con una economía incipiente que no tiene todavía muy claro dónde agarrarse y una insegura burguesía que trata de asomar la cabeza en una aristocracia venida a menos y mucho menos boyante de lo que sus apariencias indican.
Todo sucede en Roma, en un ambiente asfixiante propiciado por los protagonistas, una familia de comerciantes salidos de la nada y que prácticamente dilapidarán la fortuna del “patrono fundador” en una generación. Artimañas amorosas, alianzas interesadas, hijos desastrosos en casi todos los aspectos de su vida, y un ansia de dinero y poder que fluye por toda la historia corrompiendo cualquier atisbo de belleza o bondad.
La espiral trágica no cesa de subir hasta el desenlace final, no por previsible menos impactante. La caracterización de los protagonistas, la descripción del ambiente y el paisaje de fondo, el ritmo de la narración… todo va enganchando al lector para seguir con el transcurso de esa exposición de pasiones extremas que no tendrán reposo ni con ese final que pide a gritos una continuación que nunca tuvo.